Fulgor de Cărtărescu

El genial autor rumano triunfa a ambos lados del Atlántico gracias a las traducciones de la brillante Marian Ochoa de Eribe

Fulgor de Cărtărescu
15.01.2018 00:00 h.
7 min

No es fácil que un poeta en otra lengua llegue a la nuestra (o a la que sea), pero la prosa, con el soborno de más contantes y sonantes beneficios en el mercado (si es que eso ocurre), tiene más expeditos los caminos y pasa con más facilidad las aduanas y se mueve mejor entre países, idiomas, pueblos. Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) es poeta y también narrador rumano. En este segundo aspecto, en España goza de un prestigio creciente gracias a su editorial aquí, Impedimenta, y a la brillante traductora, Marian Ochoa de Eribe, que hace posible que se lo lea en muy afinado, preciso y bello español, y que en esta lengua sea apreciado a ambos lados del Atlántico.

Los libros del autor rumano publicados en España son El ruletista (2010), Lulu (2012), Nostalgia (2012), Las bellas extranjeras (2013), El Levante (2015), El ojo castaño de nuestro amor (2016) y ahora, recientemente, Solenoide (2017), un volumen de 800 páginas que tiene mucho de larga alucinación, de bodas de lo onírico y la vigilia, en un ménage à trois también con la memoria, que lo hacen ser un poco el Joyce de Finnegans Wake pero sin tanto retorcimiento del lenguaje, un Kafka pero de una ciudad más deprimente que la Praga del autor checo en lengua alemana, un algo Borges sin el consuelo llorón de las milongas y el beneficio de no ver, salvo en manchas amarillas, tanta fealdad. La editorial de Pilar Adón y Enrique Redel tendrá gran culpa de que más pronto que tarde Cărtărescu reciba un premio aún más importante de los que ya tiene: se habla de él como firme candidato para el Nobel (el primero que obtendría un rumano), y no parece descabellado que obtenga el Premio FIL de Literaturas Romances que La Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México) concede cada año a un autor de una lengua neolatina. Este año pasado ha sido el francés Emmanuel Carrère y ya lo fue otro rumano, Norman Manea. Aunque Cărtărescu tuvo una agenda apretada en la capital de Jalisco que le ha dado aún más visibilidad y papeletas para el galardón, tal vez la más importante feria del libro del mundo en lengua española quiera hacer carambola en 2018 premiando a un autor luso (a Portugal se dedicará la feria).

Vi allí varias veces a Cărtărescu el pasado noviembre. Primero en el Salón de la Poesía, en el que también participó su compatriota la magnífica Ana Blandiana, y donde Mircea recitó en rumano sus poemas y luego la mexicana Jeannette L. Clariond leyó las traducciones. Hubo momentos brillantes, aunque ninguno con la capacidad de deslumbramiento del poema dedicado a Natalie Wood que hizo las delicias del público más que el tequila que circulaba libremente. A la mañana siguiente lo publicó, recuerdo que con bastante éxito, el suplemento Filias del diario Milenio dentro de su amplia cobertura informativa de la feria. Luego volví a cruzármelo en alguno de los 1.500 actos de esos nueve días --de novena literaria los califica una amiga--, y Redel me lo presentó y estuvimos charlando. En inglés, y es una pena que dos personas que hablan ramas evolucionadas del gran tronco de Virgilio o Catulo tengan que servirse de la lengua que también metamorfoseada de dialectos anglos y sajones fue a asentarse sobre la lengua céltica y el tímido latín, que pronto se apagó, en Britannia.

Literatura rumana

El rumano no es solo la jerigonza que el inculto atribuye a los ladrones de cobre o a los cascados acordeonistas, ni siquiera la germanía de las pobres muchachas obligadas a prostituirse en garitos de polígonos industriales o de carretera. Es un idioma de cultura notabilísima, vehículo de expresión de grandes escritores que a veces se acercaban al francés, como Ionesco, Cioran o el referido Eliade. Acostumbrados a ver textos en catalán, portugués o italiano, asombra que esa lengua, que por su distribución geográfica linda ya con el imperio abstruso del cirílico, sea tan inteligible en la página. Cuando Ceaucescu, el sangriento dictador comunista (perdón por el triple oxímoron), fue derrocado en 1989, algunos textos en rumano llegaron a las pantallas y a los periódicos. En aquel aquelarre, un lector español podía entender de la misa la media.

Tal vez por eso, por la otra mitad del servicio religioso, a los rumanos (que con orgullo portan en su gentilicio el nombre de Roma) no les resulta muy difícil aprender otras lenguas romances. En España tuvimos un exiliado, el hondo intelectual Vintila Horia, y hoy una excelente poeta y novelista, Ioana Gruia, que en El expediente Albertina (Premio Tiflos 2016) dibujaba un Bucarest siniestro y frustrante, hermano, a pesar de la esterilidad de aquel régimen, del de Solenoide.

Hablé antes de la traductora. Lectora de lengua española en la Universidad Ovidius de Constanta (Rumanía) entre 1993 y 1997, Marian Ochoa de Eribe (Bilbao, 1964) es doctora en Literatura Comparada por la Universidad de Deusto. En la misma editorial ha publicado la traducción de Mujeres, de Mihail Sebastian (2008), y Novela del adolescente miope, de Mircea Eliade (2009), pero ahora parece dedicarse casi a tiempo completo a hacer que a Cărtărescu reencarne en español. Los lectores le debemos estar agradecidos.

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