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El Calvario vasco / EFE

Fraudes en la historia y fraudes en la poesía

Eliseo Gil y su equipo de arqueólogos están a punto de ir a juicio por tratar de falsear la historia del cristianismo y del euskera

15.09.2019 00:00 h.
9 min

Eliseo Gil y su equipo de arqueólogos están a punto de ir a juicio, y el fiscal pide para ellos cinco años en la cárcel por tratar de falsear la historia del cristianismo y del euskera. El curioso fraude ha consistido en atribuir al asentamiento romano de Iruña-Veleia una importancia que no tiene, mediante la maliciosa inserción de 200 “ostracas” --piezas de cerámica-- con falsas y anacrónicas inscripciones y grafitti en latín y en otras lenguas, como egipcio y euskera, con el fin de obtener subvenciones millonarias. Hay en la superchería de Iruña también un substrato “patriótico”, vasquista, que nos recuerda otras cometidas en otras latitudes; suele estar presente en estos timos de la historia un interés de legitimación nacionalista.

Algunos no carecen de cierta belleza conceptual, como éste de Iruña, o como ciertas exhumaciones literarias de obras supuestamente antiguas milagrosamente halladas en desvanes, sótanos y castillos medievales, cuya publicación revalorizó la tradición literaria de diferentes lenguas, que comentaré brevemente. Otros son más zafios; como los “descubrimientos” de Bilbeny, Cucurull y otros ases del Institut de Nova Història que atribuyen el Quijote, el Lazarillo y los óleos de Leonardo a artífices catalanes.

O como las ruinas del Born, “yacimiento” al que Joan B. Culla y otros “historiadores” ultranacionalistas atribuyeron también una excepcional importancia, aun sabiendo que son del siglo XVIII, carecen de valor científico, histórico o de cualquier tipo, y consisten en los restos de una letrina y los esqueletos de… dos ratas: “dos pobres ratas” supuestamente asesinadas por un cañonazo de las tropas de Felipe V, que encontró allí Culla (alias “don Berrinches” por su acidez y sus arrebatos de ira), en la que es, sin duda, su mayor contribución a la investigación histórica. (Don Berrinches no es precisamente Vicens Vives, ni Elliott, ni Kamen, pero al que hace lo que puede no hay que pedirle más.)

No se sabe si sus míticas ratas tuvieron tiempo a escribir en la pared de la letrina, con su propia sangre: “Philippus V em va occir”. Pero dada la escasa credibilidad de quienes sostienen, como él hizo (en El País: “Contra Cataluña, sí”) que la Guerra Civil española fue una guerra de España contra Cataluña (mixtificación interesada propagada por el nacionalismo, que Marc Carrillo, nada sospechoso de franquista, había definido como “obscenidad histórica y miseria moral”, pero en la que insiste don Berrinches); y puesto que aventura barbaridades como que “Cataluña es un país soberano desde un poco antes del año mil, una soberanía clarísima con la particularidad de que no tenía un monarca propio” (entrevista radiofónica: ¡esto sí que es “Nova historia”!)…

…Dada esa tendencia de don Berrinches al disparate sectario, y dado su carácter, no tendría nada que extraño que “las dos pobres ratas” que le conmovieron las hubiese estrangulado él con sus propias manitas, en un arrebato de rabia patriótica, para luego, a escondidas, depositarlas en el yacimiento, entre dos pedruscos, y al día siguiente fingir que las descubría.

--¡Uy, pobres ratas muertas! Mi corazón sangra. Maleïts espanyols colonitzadors!

Y ello como contribución adelantada al célebre aquelarre España contra Catalunya, conocido como “el simposio de la vergüenza”, que se celebró en el Born cuando lo dirigía Quim Torra, actual presidente de la Generalitat.

Pero se me hace tarde y hablar de fanáticos como Bilbeny, Cucurull y Culla con ser entretenido, envilece y me desvía del tema que eran los fraudes históricos dotados de cierta belleza, todos ellos en el campo de la impostura literaria.

El más célebre e influyente de los cuales son los poemas del bardo celta del siglo III Ossian, y descubiertos por James Macpherson (1736-1796), que tenía la buena fortuna de encontrar manuscritos medievales inéditos sobre Ossian o directamente escritos por este bardo. Ossian, el “Homero del Norte”, como lo definió Chateaubriand, cantaba en gaélico las hazañas de su padre, el heroico guerrero Fingal, mujeres convertidas en ciervas por un hechizo, sobre druidas y pócimas, sobre amores fatales… todo fruto del estro lírico de Macpherson. 

También son muy conocidos, por lo menos en el ámbito checo, los cantos “medievales” bohemios de El juicio de Libuše y otros manuscritos supuestamente  “descubiertos” en 1817 por Vaclav Hanka, algunos en la torre de la iglesia de Dvůr Králové nad Labem. Concretamente, supongo, “los encontró” en el chapitel de la torre, pues me dijeron años atrás que ahí es donde en aquel país suelen guardarse los archivos de algunas parroquias. A principios del siglo XIX estaban los eslavos metidos en su lucha nacionalista y culturalmente acomplejados por carecer de un cantar épico medieval comparable a los Nibelungos germánicos, hasta que Hanka empezó a encontrar esos poemas sobre la reina Libuse, tan impresionantes y polémicos en su día como los versos de Ossián.

Si las sospechas y el debate sobre la autenticidad de esos versos fue inmediata --los científicos germanos la negaban, los checos la sostenían--, setenta años después quedó acreditada sin lugar a dudas su falsedad, pero para entonces habían contribuido sustancialmente a alimentar el orgullo de muchos checos por su tradición literaria y provocar la aparición de una generación de escritores en lengua checa. Al paso de treinta años más, pro decisión de las potencias vencedoras en la primera guerra mundial, los eslavos del este y del oeste se habían escindido del imperio austrohúngaro, de manera que el propósito último de la impostura se había cumplido.

Apócrifos en la balada tradicional vasca de José Antonio Cid da cuenta de la existencia de los Barzaz Breiz, remotísimos cantos populares bretones “recogidos” (en realidad escritos) por Hersart de la Villemarqué en 1838; y de la falsa epopeya búlgara Las bodas de Orfeo “descubierta” por Stefan Verkovich (1827-1893), que tergiversó algunos poemas populares para demostrar que los himnos órficos (siglo XX d.C) no los escribieron los griegos del Asia Menor, sino vates eslavos.

Está el Poema histórico normando de J. Travers (1866), el que quizá hablaremos aquí otro día.

Y están las poesías líricas de Dalmacia, Bosnia, Croacia y Herzegovina, recogidas en perseverantes peregrinaciones por aldeas remotas de los Cárpatos, por el abnegado erudito “Hyacinthe Maglanovich”. ¡Nada menos que Mickiewicz las tradujo al polaco, y Pushkin, al ruso! Los dos grandes poetas lo hicieron con la máxima unción y veneración, ignorando que eran obra de Prosper Merimée, que tenía el capricho de dar un colosal, un deportivo, un desinteresado bromazo a costa del exotismo de estar por casa y del “color local” que puso de moda el movimiento romántico… al que él colaboró significativamente con la novela Carmen, inmortal gracias a la ópera de Bizet, y especialmente gracias a la habanera "L’amour est un / oiseau rebelle…” que Bizet robó, nota por nota, a Sebastián Iradier. Pero ésta es otra historia…

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