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José Luis Turrillas, Joaquín Luqui, Fernando Sáez y Javier Osés, equipo directivo de 'Disco Expres'

La escalera que aprieta

'Disco Exprés' nació en Pamplona en 1968 y se la escribía prácticamente solo el inefable Joaquín Luqui

16.09.2019 00:00 h.
6 min

Creo que fue Miguel Gallardo quien bautizó la redacción barcelonesa de la revista Disco Exprés como “la escalera que aprieta”. Ya no recuerdo ni en qué barrio estaba, pero nunca olvidaré el estado deplorable en el que llegaba a la redacción en las pocas ocasiones que me veía obligado a visitarla. Aunque me he pasado la vida habitando en edificios sin ascensor, les aseguro que nada se puede comparar con la escalera que conducía a Disco Exprés, publicación underground que, curiosamente, estaba situada en el piso más alto de la finca. Yo no sé quién diseñó esa escalera, pero el tipo tenía muy mala entraña. Creo recordar que la altura de los peldaños cambiaba de rellano en rellano, que había unas curvas cerradísimas y que, cuando por fin llegabas a tu destino, entrabas tosiendo, echando el bofe y con la impresión de que el ataque al corazón era inminente: no se le podía hacer eso a una pandilla de jovenzuelos con resaca, francamente. Menos mal que allí te recibía ese admirable estoico que era (y es) José María Albanell --actualmente retirado en un pueblo del Ampurdán--, situado al frente de la publicación por el nuevo propietario, su amigo Gay Mercader: en el entorno caótico del periodismo alternativo, créanme si les digo que Albanell cumplía una función sedante y lenitiva muy de agradecer, y además era (es) muy buen tío.

Disco Exprés nació en Pamplona en 1968 y se la escribía prácticamente solo el inefable Joaquín Luqui. Pronto se apuntaron mis admirados Diego Manrique y Jesús Ordovás y la cosa ganó en enjundia y selección, dado que a Luqui, como es del dominio público, le gustaba todo en general, no sé si porque carecía de criterio o porque era de un eclecticismo admirable que algunos cenizos nos empeñábamos en no entender. Yo accedí a ese templo del underground a finales de 1977, cuando la redacción se había trasladado a “la escalera que aprieta” y el que nos pagaba (a veces) era Gay Mercader. Se ganaba poco, pero se podía escribir lo que a uno le saliera de las narices. Como en el Star. Y entre esas dos revistas, aunque parezca increíble, se ganaba uno un dinerillo: teniendo en cuenta que en muchos bares no pagabas porque eras del Disco Exprés, del Star o, en mi caso, del Disco Exprés y del Star, y que los conciertos te salían gratis, no vivíamos tan mal como aparentábamos. De cuando en cuando, alguien le colaba al pobre Gay un comentario displicente o directamente insultante sobre Tequila, pues el jefe era en esa época el manager de un grupo que nos daba mucha grima a todos. No se corría ningún peligro, ya que, si Albanell no detectaba el sarcasmo de turno, Gay le pegaba el chorreo a él.

Yo sólo me llevé uno por persona interpuesta. Estaba en casa de José María Martí Font una mañana cuando le llamó Gay para abroncarnos por haberle dicho a un periodista del Tele Exprés (¿o era El Correo Catalán, o el Diario de Barcelona? Es igual, los tres están muertos; ah, la confidencia tuvo lugar en Zeleste y los tres estábamos borrachos) que llevábamos tiempo sin cobrar y que él, Gay Mercader, era un jeta. La noticia había salido esa misma mañana en el diario en cuestión. Martí Font salió del brete como pudo y, curiosamente, a partir de ahí, mi relación con el jefe se cimentó notablemente, hasta el punto de que ahora lo considero un viejo y querido amigo que se paga de vez en cuando unas comilonas memorables. Lo normal es que nos hubiese despedido --entre otros motivos porque el culpable de no pagar era un turbio socio que tenía por aquel entonces y que también le jorobó la existencia a Pepón Coromina--, pero la cosa acabó bien y, además, cobramos.

El largo entierro de Disco Exprés duró los dos años que yo estuve colaborando. El intento de convertirlo en el Rolling Stone no fue bien comprendido, pero por aquel Disco Exprés pasaron Quim Monzó, Gallardo y Mediavilla, un servidor de ustedes y hasta Jiménez Losantos. Como Star --con la que compartíamos colaboradores y mascota, el Flowers--, fue una buena escuela de periodismo marginal que chapó a finales de 1979. Lástima de “la escalera que aprieta”.

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