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La barra del antiguo Bocaccio / BARCELONAFÍLIA

El triste final de Bocaccio

Con la edad, el desprecio hacia la 'gauche divine' se convirtió en envidia, pues aquel tugurio había sido el lugar de reunión de los 'happy few'

15.07.2019 00:00 h.
5 min

Bocaccio abrió sus puertas en el número 505 de la calle Muntaner en el año del Señor de 1967. Salvador Dalí acudió a su inauguración, pero a mí me fue imposible, ya que solo tenía once años. Yo no lo conocí hasta su decadente etapa final, cuando su creador, Oriol Regàs, ya se lo había quitado de encima y aquello se había convertido en un abrevadero para dipsómanos recalcitrantes de última hora a los que se envenenaba con alcohol de garrafón. La buena época, la de las efusiones etílico-cosmopolitas de la gauche divine, me la perdí, como todos los de mi generación. Tal vez por eso los chicos de Zeleste nos divertíamos despotricando contra los señoritos afrancesados de Bocaccio, que nos parecían unos rancios y unos pelmazos. Por lo menos, en grupo. A medida que los fui conociendo uno a uno, comprobé que solían ser personas agradables e interesantes que, simplemente, habían hecho lo que habían podido en la Barcelona franquista para entretenerse un poco y hacerse la ilusión de que no vivían en una ciudad de provincias de una dictadura. Uno de los más entrañables era su creador, Oriol Regàs, por el que llegué a sentir un afecto sincero, aunque lo pillé en sus últimos años: pese a haber vivido toda su vida del ocio nocturno, era un tipo al que no le gustaba salir ni beber en exceso y cuyo carácter era de natural melancólico, tirando a depresivo. Un gran chico.

Me tuve que conformar con visitar Bocaccio en sus últimos años (1982-1985), ya en plena decadencia y porque a esas horas no había muchas más posibilidades. A Bocaccio se llegaba cocido y se salía indispuesto. No sé si lo descubrí con Gonzalo Herralde y Enrique Vila-Matas o, tras las veladas de los Bailes Selectos en el Salón Cibeles, con Carlos Pazos y Manel Valls, que salían del local con los bolsillos llenos de billetes y se los gastaban en Bocaccio invitando a los amigos. El elitismo de los buenos viejos tiempos brillaba por su ausencia y allí entraba cualquiera. Quedaban algunos old timers de la buena época y a veces te podías cruzar con Jaime Gil de Biedma hablando con un punk en la barra para ver si se lo llevaba al huerto, pero, en general, abundaban los beodos inveterados que ya no eran capaces de reparar en el garrafón que les estaban endiñando a precio de licor del bueno.

Acababas allí por rutina y porque no siempre te veías con ánimos para plantarte en los Talleres Tejeda de la plaza Letamendi, donde se reunía lo mejorcito de cada casa y un número indeterminado de delincuentes. En Bocaccio, por lo menos, no tenías que pensar en tu seguridad --más allá de la resaca, que era de campeonato-- y a veces te cruzabas con gente simpática. Oriol había emigrado a la zona alta de Barcelona, donde había creado Up & Down y necesitabas corbata para pasar de las copas del Down a las cenas del Up. En el último Bocaccio, el concepto dress code era desconocido y, si no vomitabas ni armabas bulla, nadie tenía nada que objetar a tu presencia.

Con la edad, el desprecio hacia la gauche divine se convirtió en envidia, pues aquel tugurio en el que te envilecías y envenenabas había sido en tiempos el lugar de reunión de los happy few, que diría Scott Fitzgerald. A los chicos de Zeleste nos tocó el paisaje (y el paisanaje) de después de la batalla, que dejaba mucho que desear. Ninguno de nosotros lamentó el cierre del local en 1985. Alguien había pasado noches estupendas en Bocaccio, pero no habíamos sido nosotros.

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