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La Europa que no fue posible / DANIEL ROSELL

La Europa que no fue posible

La historia del Romanisches Café condensa la apasionante vida del Berlín de entreguerras, capital del mundo libre y escenario de una Europa fracasada

23.03.2018 00:00 h.
18 min

Es un domingo lluvioso, una tarde para encerrarse en casa. De pronto, alza la mirada y comprueba que su colección de Die Weltbühne sigue ahí. El primer tomo es de 1918, con pocas páginas todavía. En 1924 cobra un grosor considerable, y el último es de 1933. En ese año la revista deja de existir. Era la que se leía y comentaba en el Romanisches Café, cuando salía, los martes. Y en ella se concentraba toda la creatividad y libertad del Berlín de entreguerras, con las colaboraciones de romanistas asiduos, de la talla de Kurt Tucholsky, Alfred Polgar, Bertolt Brecht, Egon Erwin Kisch, Ernst Toller, Alfred Döblin, Else Lasker-Schüler, Gabriele Tergit o Heinrich Mann. Toma un tomo al azar y se traslada a Berlín, pongamos que estamos en 1926…

Quien mira hacia la balda superior de la estantería, el propietario de ese tesoro, es Francisco Uzcanga Meinecke, profesor en diversas universidades alemanas y que dirige los departamentos de Español y Estudios Culturales en el Centro de Idiomas y Filología de la Universidad de Ulm. Y es el autor de El café sobre el volcán, una crónica del Berlín de entreguerras (1922-1933), editado por Libros del K.O, un ensayo que fascina al lector, pero también provoca un escalofrío que nadie ha podido explicar todavía: esa fascinación por lo irracional por parte de una sociedad que había sufrido, pero que también había podido superar los estragos de la gigantesca inflación que se produjo en Alemania tras la Primera Guerra Mundial

Uzcanga cuenta que compró toda esa colección de Die Weltbühne (Escenario del mundo, centrada en arte, política y cultura), que dirigía Kurt Tucholsky, tras ser fundada por Siegfried Jacobsohn, por cincuenta euros a un anticuario, pero que vale una fortuna. Ahí se concentra la vida cultural de una ciudad que tenía en los cafés los centros vitales de la intelectualidad, de escritores, periodistas, autores teatrales, cantantes, actores y actrices --el cine comenzaba a ser un gran espéctaculo de masas, con críticas en los principales diarios de periodistas-escritores como Joseph Roth-- que intercambiaban secretos y, claro está, se hacían ver.

'Nadadores' y 'no nadadores'

A la izquierda, según el argot del café, justo tras la entrada, los nadadores, unas pocas mesas. A la derecha, los no nadadores, más numerosos, con muchas mesas. En la primera estancia, se sientan los autores conocidos, los consagrados, los que buscan cómo explicar lo que ocurre en una de las ciudades globales del momento, cómo entretener, cómo combatir lo que ha comenzado a surgir. Son los intelectuales “del asfalto”, muchos judíos, hombres y mujeres --son años de libertad, donde la mujer se incorpora a muchas profesiones, y se visten y se peinan a lo bobi, como los hombres-- que proceden del resto de Alemania, pero, principalmente del este europeo, y de la zona de influencia de lengua alemana en lo que había sido el Imperio Austro-húngaro, de Viena, de Moravia, de Polonia y de lo que hoy es Ucrania. También lo frecuentaban los periodistas extranjeros, y aparecen en las páginas de El café sobre el volcán Josep Pla, Eugeni Xammar y Chaves Nogales.

Josep Pla, Eugeni Xammar y Chaves Nogales frecuentaron el Romanisches Café

Los que querían bronca, los que consideraban que la Primera Guerra Mundial había acabado con una gran humillación para el “pueblo alemán”, los soldados desubicados, los que no lograban hacerse un hueco en ese Berlín de la República de Weimar, les llamaban así: los intelectuales del “asfalto”, los que perdían el tiempo en los cafés, los “judíos” que sólo se preocupaban de ellos mismos. 

Son los que asesinan el domingo 24 de junio de 1922 a Walther Rathenau. Lo recogía el Berliner Tageblatt con todo detalle en su edición del 25 de junio. Caía el ministro de Asuntos Exteriores de la República de Weimar, provocando una enorme conmoción en el país. Stefan Zweig, amigo íntimo del ministro --cuando viajaba a Berlín desde Salzsburgo, se dejaba ver en el Romanisches Café--, recogería ese hecho para él determinante en su libro de memorias El mundo de ayer: “Con este episodio empezó el desastre de Alemania, el desastre de Europa”.     

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El edificio berlinés que albergó el famoso Romanisches Café / CG

Aquel café ya no existe. Los turistas hoy buscan las reminiscencias del Berlín dividido por la Guerra fría, el occidente capitalista que mimó Estados Unidos, frente al oriente comunista que quedó bajo el manto de la Unión Soviética. Pero el Romanisches Café lo vio todo, lo percibió todo, también supo en directo cómo se las gastaban los miembros de las SS, que querían dar “su merecido” a aquellos intelectuales “desviados”. 

Y ese clima, previo a la investidura de Hitler como canciller, el 30 de enero de 1933, lo captó también el periodista español Manuel Chaves Nogales, enviado por el diario Ahora, tras su visita al Romanisches Café en su artículo La fauna berlinesa: “Aún se ven unos tipos arbitristas y unos sujetos con aires de sonámbulos a los que identifica ese color cetrino y ese aspecto feble del intelectual de oficio. Pero por poco tiempo. Por la Tauentzien avanzan, cada vez más arrogantes, los hombres de Hitler con sus altas botas ferradas y sus camisas pardas. Y la gente que daba el tono a Berlín va encogiéndose y disimulándose más y más. Pronto no quedará ninguno”. 

Es la cultura, no la economía

Lo que ofrece Uzcanga, recordando cada nombre, cada obra, cada artículo en la prensa berlinesa, es que las causas económicas se deberían dejar de lado para entender por qué no fue posible una Europa que avanzaba, que había podido superar la Primera Guerra Mundial, aunque el crack de 1929, cuando Alemania iba saliendo del pozo por los pagos de la guerra que se firmaron en el Tratado de Versalles, causara un golpe inesperado. 

Bundesarchiv Bild 102 00089, Berlin, Parade zum 50. Geburtstag Hitlers

Desfile nazi en el Berlín de entreguerras / CG

El poso cultural era y es principal. Uzcanga lo recuerda, y lo constata cuando menciona en la bibliografía El misterioso caso alemán, una aproximación para comprender Alemania a través de sus letras, de la filóloga y ensayista Rosa Sala Rose.

Alemania se fue constituyendo como Estado sin contar con grandes ciudades, con la figura paterna omnipresente y el pietismo de la religión protestante, con un sentido de la autoridad, con la necesidad de ser guiados. Berlín rompía esa regla, era en aquellos años una ciudad comparable a la Nueva York de hoy. Y el miedo y el desconocimiento de lo que podía representar la modernidad --la gran novela para sentirlo, para oler los cafés y el humo del tabaco es Berlin Alexanderplatz, de Alfred Döblin-- acabó generando una bola que nadie supo parar. 

Las causas económicas se deberían dejar de lado para entender por qué no fue posible una Europa que avanzaba

No lo hicieron los partidos que podían haberlo parado --aunque, tal vez, sólo de forma coyuntural-- con la incapacidad para establecer una coalición entre socialdemócratas y comunistas, o con las intrigas entre los políticos reaccionarios y conservadores como Franz Von Papen y Kurt von Schleicher, que quisieron utilizar a Hitler y acabaron siendo utilizados por él. Los nazis, que habían ganado las elecciones de noviembre de 1932, con casi 12 millones de votos, el 33,1%, pero sin mayoría suficiente para gobernar, y perdiendo votos respecto a las elecciones previas del mes de julio, llevaban al poder a Hitler, como canciller tras la decisión del presidente Paul von Hindenburg de encargarle la formación del gobierno.

Uzcanga nos lleva a pensar en esa Alemania, en esas poblaciones pequeñas del norte del país, y ahonda en las cuestiones de orden cultural. Y es que la dicotomía entre las grandes ciudades, como Berlín, y las zonas rurales es constante en los países y en el tiempo. 

Los parados no avalaron a Hitler

El partido nazi, el NSDAP, encontró más apoyo en las zonas rurales del centro y el norte de Alemania, fundamentalmente protestantes. La mayoría de votos, explica el autor de El café sobre el volcán, los obtuvo el nazismo en poblaciones de menos de cinco mil habitantes, receptivas a los lemas que se repetían de “sangre y tierra”, la defensa de la esencia patria y el cultivo de las tradiciones. Por ello, se optaba por el color pardo, las camisas pardas fabricadas por… Hugo Boss. Se trataba del color tierra, del color de la patria. ¿Y quién fomentaba esos valores en esas zonas? De forma especial los maestros, los médicos y los pastores evangélicos que comulgaban con el ideario nazi, con la voluntad de alejarse lo más posible de la creatividad de los “intelectuales del asfalto”, apiñados en lugares como el Romanisches Café. 

Y es que la crisis económica no puede ser el elemento central que explique lo que sucedió en Alemania. La mayoría de los trabajadores y empleados siguieron votando a los socialdemócratas y comunistas. Y también los parados, pese a que se considere lo contrario. Sólo uno de cada seis votó a Hitler. Además, a finales de 1932, la economía alemana ya daba claros signos de recuperación.

¿Pudo haber sido diferente? Los frustrados, periodistas y autores teatrales que no encontraban un lugar en el mundo, como Goebbels, acabaron arrasando a una sociedad culta, que había sufrido la inflación y la crisis económica, que se abría paso apostando por la creatividad y la libertad. La muestra es lo que ocurrió con el libro de Erich Maria Remarque, Sin novedad en el frente, que la Universal de Hollywood acababa de llevar a la gran pantalla. Se trataba de un alegato contra la guerra, contra las desgracias que había provocado la Primera Guerra Mundial, que comenzaba a ser un éxito de ventas. Stefan Zweig escribía a su amigo Romain Rolland --habla de él constantemente en El mundo de ayer-- explicándole su sensación: “Este libro sencillo y veraz ha sido más eficaz que toda la propaganda pacifista de los últimos diez años”. 

Goebbels leyó el libro a toda velocidad y lo detestó. Y a través del diario que montó para agitar a las masas, Der Angriff, clamaba que la novela de Remarque suponía “glorificar al subhombre” y era “un insulto al pueblo alemán”. 

¿Soluciones? Las posteriores iban a ser sangrientas, pero Goebbels comenzó con agitaciones imaginativas. Y en la tarde del segundo día de la proyección de la película, el 5 de diciembre de 1930, organizó cómo boicotear la velada, con gritos en plena sesión, insultos, bombas de humo y… cajitas de cartón de las que salían cientos de ratoncitos blancos que sembraron el caos. Tras el sabotaje de una conferencia de Thomas Mann, llegaba esa acción, que provocó, finalmente, que se prohibiera la película. Las palabras de Goebbels, escritas en Der Angriff, muestran el talante y la voluntad de unos oportunistas que acabarían con el mundo de aquel Berlín: “Remarque está liquidado. Podemos certificar que por primera vez hemos logrado que la democracia de asfalto doblegue las rodillas en Berlín”.

La mayoría de los trabajadores y empleados siguieron votando a los socialdemócratas y comunistas. Y también los parados, pese a que se considere lo contrario. Sólo uno de cada seis votó a Hitler

Aunque no se puede olvidar que una parte de esa Alemania culta dio apoyo a los postulados nazis, y Uzcanga lo menciona --Herbert Ihering, el crítico descubridor de Bertolt Brecht y colaborador de Die Weltbühne; el editor Paul Steegemann; los escritores Ernst Jünger y Gottfried Benn; el músico Wilhelm Furtwängler o el actor Gustaf Gründgens (sobre su figura basó Klaus Mann su extraordinaria novela Mephisto)-- la mayoría de los que pasaron por el Romanisches Café huyeron a toda velocidad. Unos a Estados Unidos, como George Grosz, Valeska Gert, Thomas y Heinrich Mann, Alfred Döblin, Albert Einstein, Marlene Dietrich, Billy Wilder o Remarque; otros a Inglaterra, como Elias Canetti, Gabriele Tergit o Sylvia von Harden, y otros como Else Lasker-Schüler, a Palestina, donde está enterrada en el Monte de los Olivos. 

Beber y beber hasta la muerte

El café sobre el volcánEl mundo se fue, la vitalidad se truncó, la Europa culta y la aportación de todos aquellos judíos del este, que buscan ganarse la vida, acabaron en cámaras de gas. Lo apuntó un siglo antes Heinrich Heine, en su obra de teatro Almansor, en la que uno de los personajes dice: “Allí donde se queman libros se acabará quemando a personas”. Y eso sucedió. 

Otros se quitaron la vida, como Ernst Toller, autor teatral, revolucionario, siempre pendiente de sus amigos. El 22 de mayo de 1939, ya en Estados Unidos, pocas semanas después de que las tropas de Franco tomaran Madrid, con la idea de que el fascismo conquistaría el mundo, se ahorcó con una soga que siempre llevaba en su maleta de viaje en su habitación del hotel Mayflower de Nueva York. 

Joseph Roth, que no había dejado de advertir del peligro nazi a su amigo y benefactor Stefan Zweig --siempre contemporizador--, al conocer la muerte de Toller, en su despacho en el Café Le Tournon, comenzó a beber y beber hasta sufrir un colapso mortal. Y el propio Zweig acabaría suicidándose en Petrópolis, en su exilio en Brasil, junto a su mujer Charlotte Altmann

La tarde avanza. Es un domingo lluvioso. Las imágenes se suceden. El humo es intenso en el Romanisches Café. En la sala de nadadores alguien declama un poema... Se cierran las tapas de un volumen al azar de Die Weltbühne. Aquella Europa ya no fue nunca más ella misma. Pero lo que pudo ser está en El café sobre el volcán.

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