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¿Qué quiere decir, hoy, echar raíces? / DANIEL ROSELL

¿Qué quiere decir, hoy, echar raíces?

Simone Weil escribió un texto que invita a preguntarnos por el desarraigo contemporáneo y el nomadismo, físico y simbólico, al que diversas generaciones han sido condenadas

29.06.2019 00:00 h.
13 min

Estamos inmersos en una nueva forma de nomadismo. Ya no nos desplazamos en carromatos, ni hacemos hogueras en medio de la noche, pero, de alguna manera, se ha ido instaurando una orfandad en diversas generaciones. Muchos de los estudiantes más brillantes, cuando acaban la carrera, tienen que abandonar el país para buscar mejor suerte en lugares que sí ponen en valor el trabajo cualificado. Pero el drama contemporáneo de las grandes ciudades españolas es, en realidad, el abuso de los precios de alquiler. Uno va viviendo, sigilosamente, para que la espada de Damocles no le caiga encima. La supuesta libertad de mercado ha ido mermando la libertad de los vecinos. Ya no nos quieren en los barrios. Sobramos, somos, como algunas inmobiliarias nos llaman literalmente, bichos que hay que exterminar.

Toca defenderse. Y hay plataformas de afectados que lo hacen con toda la inteligencia y todo el coraje. Pero el nomadismo, tan simbólico como literal, se ha metido como un insecto en nuestra mente. Ese es el verdadero bicho, el miedo que nos han inoculado. Es un nomadismo sin promesa de aventura, sin exotismo alguno. Es la carencia, hecha cuerpo, de un lugar estable para vivir. Aunque uno sortee la previsible sentencia, ya han transformado nuestra forma de mirar la ciudad. Es nuestra panadería, de momento. Es nuestro médico de cabecera, de momento. Es nuestro mecánico, de momento. Es nuestro bar en el que ver los partidos el domingo, de momento. Sabemos que es mejor no echar raíces. Por si pronto nos pasa como al del tercero, al del piso de enfrente, al de la calle de abajo. Cada escena de desahucio, con sus muebles apoyados en el rellano, con sus bolsas llenas de ropa, es una nueva pintura rupestre.

Pero, ¿qué quiere decir, hoy, echar raíces? ¿La fragilidad de nuestros vínculos es el resultado, únicamente, de un tema económico? Parece que no. Fuimos muy hábiles disfrazándonos de clase media para demostrarles a nuestros padres y a nuestros abuelos que ya habíamos subido la escalera. Y ahora, así, tan desnudos, no somos ni una cosa ni la otra. También tenemos la responsabilidad de haber cortado el cordón umbilical. La raíz ha quedado más oculta que nunca. Pero permanece, obstinada. Tal vez lo hemos olvidado demasiado deprisa.

La pensadora Simone Weil.
La pensadora Simone Weil

Simone Weil es una de las pensadoras que mejor golpean en el estómago de la autocomplacencia. Después de participar en la columna Durruti, y de ejercer como periodista en Barcelona durante la Guerra Civil, huirá de París cuando los nazis están tomando el poder en Francia. De Estados Unidos, donde se reencuentra con sus padres y su hermano, viaja a Londres para unirse como parte de la resistencia. Es 1942, y pronto enfermará gravemente de tuberculosis. Morirá en menos de un año. Pero antes deja uno de los textos más inclasificables, y más singulares, del pensamiento contemporáneo. No le ha puesto título. Será Albert Camus quien lo publique, poco después, bajo el nombre de L’enracinement (Echar raíces).

La pensadora Simone Weil.“Echar raíces quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana”, nos dice Weil. Ahora caminamos por el barrio, por la avenida, y, mientras miramos las persianas bajadas, no podemos dejar de preguntaros, más de medio siglo después, cómo hemos ido modificando el silencio en mudez. Echar raíces no significa, claro, clausurar la identidad en una única bandera, ni apelar a un pretérito puro ni a una patria adámica. Echar raíces significa precisamente convertirnos en bichos, como algunos nos llaman, sí, pero para movernos como las arañas que somos, para tejer otra forma de relacionarnos con el mundo. Significa volver a ser radicales porque radical es aquel que atiende a sus raíces. Unas raíces sin propaganda ni laxantes. Sin decorar los gritos ni las sombras. Escuchando cada dolor y cada celebración. 

El texto de Simone Weil, que finalmente fallecerá con treinta y cuatro años, es, en realidad, un manuscrito inacabado. En teoría es un esbozo del programa que tendrá que seguir la Francia Libre una vez finalizada la guerra. Eso es lo que le encargaron los miembros de la resistencia en Londres. Y, sin embargo, cada párrafo trasciende los problemas prácticos de los que, en principio, debía ocuparse. “Un ser humano tiene una raíz en virtud de su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro”, escribe la autora. Y por lo tanto abre y disecciona la pregunta por la identidad desde un lugar incómodo e indomesticable.

Dice Weil que suele haber desarraigo cuando ha tenido lugar una conquista. Pero, aparte de la conquista, añade, “hay dos venenos que propagan esta enfermedad. Uno es el dinero. El dinero destruye las raíces por doquier, reemplazando los demás móviles por deseo de ganancia… El segundo factor de desarraigo es la instrucción”. No podemos echar raíces, pues, por la veneración del dinero, en un mercado que se reivindica como libre, pero tampoco por una determinada manera de entender la formación, una cultura de la educación que trata a sus alumnos como stock intercambiable.

Y ahí entra en juego la inteligencia y el coraje para volver a echar raíces. “Los seres desarraigados tienen sólo dos comportamientos posibles: o caen en una inercia del alma casi equivalente a la muerte, o se lanzan a una actividad tendente siempre a desarraigar, a menudo con los métodos más violentos”, apunta la autora. Es Simone Weil quien durante el manuscrito, de poco más de doscientas páginas, dibuja un posible plan para el re-arraigo obrero. Podemos hablar de propiedad, de tener una máquina, una casa y una tierra, subraya, pero no como objeto de especulación.

La palabra, a veces tan contaminada por el uso y el abuso de la mercadotecnia, va a ser una de las claves para combatir ese desarraigo, el de la Francia de los años cuarenta, y el de la España de los años veinte de un siglo después. Y es que, como bien recuerda Weil, logos significa palabra pero, también, relación. Hay que buscar esa palabra lúcida y encarnada que más que prometernos conexión nos ponga, sin excusas, en relación. Una relación entre habitantes que habitan sus calles, sus plazas, sus teatros. Sin la amenaza de la expulsión, sin el miedo del súbdito.

Para volver a echar raíces hace falta vivir el presente como el resultado de una tensión entre el pasado y el futuro. Sin las trampas de la nostalgia ni tampoco desde las falsas esperanzas, pero tomando conciencia de que no somos una isla. El tiempo no es una habitación cerrada. El presente es un arco preparado para lanzar su flecha. Y la gentrificación no es un accidente meteorológico. Es un caballo de Troya. Por eso mismo no podemos esperar un salvador, un héroe, que venga a rescatarnos de nuestra amnesia colectiva. El Estado nos quiere desarraigados para cubrir con sus mantas y sus manteles cualquier elemento que pueda poner en duda el relato hegemónico. Lo arácnido que hay en nosotros, sin embargo, sabe escuchar las estrategias del anonimato. No confrontamos lo sólido con lo líquido, como hace Zygmunt Bauman. Eso ya no es suficiente para nuestro nomadismo contemporáneo.

Zygmunt Bauman
El filósofo Zygmunt Bauman

“El pueblo, la ciudad, la comarca, la región y todas las unidades geográficas inferiores a la nación han dejado de contar prácticamente… El desarrollo del Estado agota al país. Pues devora su substancia moral, vive y engorda a costa de ella hasta que el alimento se acaba”, llega a decir Simone Weil. Para la pensadora hay cuatro obstáculos que nos separan de una comunidad, de nuevo, arraigada. Ya hemos dicho que una es la idolatría del dinero, pero también, según la filósofa francesa, “nuestra falsa concepción de la grandeza, la degradación del sentimiento de justicia; y la ausencia en nosotros de inspiración religiosa”. Y es que la escritora, siempre ocupada y preocupada con los más desfavorecidos, mantiene una concepción profundamente heterodoxa del cristianismo. La religiosidad para Weil poco tiene que ver con el fetichismo. Tampoco con la tolerancia mal entendida. Forma parte de esa necesidad de la relación y la atención con el que tenemos al lado, desde la complejidad de cada vida vivida, con el amor al matiz más delicado.

La España vacía, Sergio del MolinoSimone Weil no sólo habla del desarraigo obrero. También lo hace del desarraigo campesino. Parece que, siendo siempre actual como lo es, esté participando del debate que algunos han querido bautizar como el de la España vacía, o vaciada. Un debate, evidentemente, estructurado y jerarquizado desde la ciudad. “Un sistema social está profundamente enfermo cuando un campesino trabaja la tierra con la idea de que es campesino porque no es lo bastante inteligente para llegar a ser maestro”, señala. Y añade: “Los obreros tienen una tendencia a creer que, cuando se habla del pueblo, se trata únicamente de ellos”. Y esas palabras grandilocuentes, las de pueblo o las de patria, son dispositivos que, con la excusa de ofrecer un destino común, sea el de la piedra original o el de la tabula rasa, van deshaciendo las hebras que aún quedan bajo tierra.

“Una organización que sea un ambiente vivo, cálido, lleno de intimidad, de fraternidad y de ternura: he aquí la tierra abonada en que los desgraciados franceses, desarraigados por el desastre, pueden vivir. Esto hay que hacerlo ahora. Después de la victoria, al desencadenarse irresistiblemente los apetitos individuales de bienestar o de poder, será absolutamente imposible iniciar nada”, escribe Simone Weil. Los franceses aún tardarán en deshacerse de la ocupación. Pero es ahí, en los senderos de la derrota, donde se forja la inspiración. Nosotros podríamos haber hecho lo mismo en el epicentro de la crisis, cuando nos decían que ése no era el momento, que llegarían tiempos mejores. En cada nuevo vínculo que inauguramos, sea el de la amistad o el de la pasión, estamos comportándonos como auténticos radicales. Si dejamos de ver al amante como una conquista, y escuchamos la vibración de cada correspondencia, volveremos a ser capaces de avivar el fuego de las ancestrales hogueras. El fuego que espera, callado, cada una de nuestras antorchas compartidas. 
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