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'Primavera Sound' / DANIEL ROSELL

Primavera Sound, años de luces y sombras

El festival de Barcelona es uno de los eventos musicales más importantes de Europa. Dieciocho años después de su nacimiento es el momento para analizar su legado

25.05.2019 00:00 h.
13 min

Si hay algún producto cultural que ilustre el desarrollo –o la deriva– que ha experimentado el mundo musical en esta última década, este es el Festival Primavera Sound. El festival barcelonés nació con el nuevo siglo y algo de esa euforia pareció colarse en sus primeras ediciones. El mundo de la escena musical alternativa en nuestro país era un solar. Todo estaba por hacer y todo era posible. 2001, una odisea en el espacio indie, podría titularse el documental que narrara aquellos años seminales. Con la edición de 2019 llega a la mayoría de edad convertido en el festival más concurrido de Barcelona y en uno de los más populares del continente. Un joven mayor de edad con alto poder adquisitivo, pero también algunos achaques de cincuentón. La prensa y la sociedad, otrora convencidos de su virtuosismo y conveniencia, empiezan a plantearse su posición –beneficiosa o parasitaria–  para la cultura y economía de la ciudad, así como su fuerte impacto sobre las escenas locales. Tal vez sea este un buen momento para detenerse y mirar atrás sin ira. 

Las primeras ediciones se realizaron en el Poble Espanyol. Los culpables fueron cuatro pioneros –bajo el abrigo de Murmurtown Producciones– que intuyeron las posibilidades de la combinación de la marca Barcelona con el pop-rock independiente. El retoño ganó peso rápido, subió tallas, y sedujo unánimemente tanto a la crítica caviar –la entonces totémica revista Rockdelux se convirtió en su principal evangelista, propagadora de la buena nueva– , como a una creciente oleada de melómanos locales y turistas inquietos. Los Planetas y Sr.Chinarro empiezan a subir de caché. En los relatos míticos sobre aquel tiempo pareciera que la experiencia musical todavía primara sobre el postureo, la piel sobre el píxel, pero quién sabe. La cuestión es que ya en 2002 desembarcó el primer patrocinador –una marca de cerveza: lo preceptivo en el circuito de festivales; es de agradecer que nunca una de esas marcas haya colonizado también el nombre del festival, como ha pasado con casi todos festivales europeos– y el presupuesto se dispara. 

Imagen de una de las ediciones del Primavera Sound.

Imagen de una de las ediciones del Primavera Sound.

Pero que los árboles –el recelo ante el inicio de los excesos mercantilistas; “es el mercado, amigo”–, no nos nublen la perspectiva del bosque musical. Toda edición es un ejercicio de name-droping salvaje y buenos conciertos. Uno recuerda la lluvia durante los White Stripes, otro la carpa en la que Stephin Merritt se metió con sus Future Bible Heroes o la multitudinaria actuación de unos Belle and Sebastian que no paraban de tocar en España cada año al llegar el calor. La siguiente edición fue la del despegue definitivo: Wilco  –un Jeff Tweedy recién salido de su rehabilitación de los analgésicos, muy tranquilo tocando las canciones de un A ghost is born todavía inédito–, Pixies: miles y miles de personas bailando con los pies llenos de polvo, The Divine Comedy en formato pequeño de cámara pero recuperando su esencia, o PJ Harvey, solvente pero no presentando su mejor disco, fueron los cabezas de cartel de altura. 

A partir de ahí, las ambiciones y las inversiones crecen exponencialmente: se impone un cambio de domicilio. En el 2005 se mudan del Poble Sec al Parc del Fòrum, un espacio hasta entonces muy connotado por el fracaso del proyecto maximalista del Fórum de las Culturas. El festival ha pasado de tener 8.000 a más de 200.000 espectadores, y el músculo económico se nota en los carteles. Daba igual que conocieras o no a los músicos que habían programado, el mero hecho de aparecer allí era un síntoma de calidad e interés. Uno salía de los cuatro días de caminatas, trasnoches y conciertos con un montón de agujetas, cierta resaca emocional y no menos de diez grupos favoritos nuevos. 

Imagen del Primavera Sound de 2015

El público del Primavera Sound en su edición de 2015.

Algo, claro, también se perdió en el camino. El Primavera se convierte cada vez en una experiencia menos musical y más performática. Mitad Woodstock pijo –si lo pensamos bien Woodstock también era pijo–, mitad pasarela de modelaje. Fotitos y status. Una fiesta mayor privada subvencionada con parte de dinero público. Ganamos en metros cuadrados y número de bandas, pero perdimos cercanía y humanidad. El retoño, hiperproteico y sobrevitaminado, debuta en el Fòrum de Barcelona con un cartel de aúpa y así seguirán desde entonces. The Czars, New Order, Dominique A, unos Sonic Youth que ya repetían…

Muchos de los espectadores del Primavera van envejeciendo con el festival. Con los años las rodillas se van resintiendo y uno va alejándose de grandes nombres multitudinarios que uno acaba viendo por las pantallas –la ironía de cualquier multievento de estas características: pagar cientos de euros por ver a tu héroe con mal sonido y de lejos, el precio de la nostalgia es muy caro– para refugiarse en escenarios pequeños donde, sí, se vuelve a lo que nunca ha dejado de ser el festival: un lugar donde descubrir músicos. También con el tiempo uno aprende a deprimirse si se ha perdido algo pretendidamente relevante –e incluso días enteros del festival: la entrada de día es un gran invento– y disfruta más de un Auditori del Fòrum comodísimo y que, últimamente, en lugar de cobijar a popes, se ha vuelto mucho más arriesgado. Hay que destacar que a nivel artístico algunos de los mejores conciertos del festival sucedan en el Auditori, aquellos de Portishead con invasión de escenario o la doble actuación de Sufjan Stevens.

El festival, en definitiva, ha exacerbado sus tics, se ha vuelto una especie de adolescente opulento y caprichoso, no exento de talento, gentrificado hasta las cachas. Hasta tienen a su poli bueno –Alex Guijarro–  y a su poli malo –Gabi Ruiz–, con los que tiran zanahorias o coces a una prensa que los idolatra y denuncia, a la que desprecian y necesitan –y al revés–. 

Cartel del Festival en 2019.En su haber, es innegable que  no sólo  ha contribuido a abrir camino a ciertas bandas –y ninguneado o maltratado a otras–. También ha sido pionero, junto al Monkey Week, en la creación del Primavera Pro, un espacio exclusivamente para profesionales de la gestión de la música en el sentido más amplio del término, y las juguetonas maneras en que ha presentado su cartel –hay que decir line-up, sorry, que el festival ya hace mucho que se piensa para el guiri; aunque benditos guiris, porque sin ellos no habría público para traer a Björk o a Radiohead–, ya sea mediante cortometrajes, películas, aplicaciones para móvil, streamings o cualquier ocurrencia que confirme que el festival, más que una sucesión de conciertos, es un evento esperado por miles de personas. 

Y para que muchos miles de personas acaben viniendo, ese cartel debe estar a la última. Como el de esta edición de 2019. Como buenos poperos que son, en la organización del festival prima lo que bulle entre la juventud  –trap o reguetón, aunque ahora ya ha llegado a todas partes, hasta a la publicidad de los partidos políticos– porque quieren fidelizar un público para los próximos lustros. El problema es el elevado coste de la entrada que hace que los jóvenes locales todavía no se aficionen al asunto.    

Que treintañeros o cuarentones se den de baja aludiendo razones de gusto artístico demuestra que el festival sigue estando al tanto de lo que se cuece entre la muchachada pero también la miopía de esos veteranos: grupos de guitarras siguen habiendo a docenas y artistas  –independientes o no–  de fuste los hay también a espuertas: sólo hace falta bajar un poco la vista hacia la parte media del cartel. Si, como mínimo, Mac De Marco, Terry Riley, Stephen Malkmus, Julien Baker, Guided By Voices o Courtney Barnett no merecen una visita al recinto el jueves del festival, Tame Impala, Kate Tempest, Kurt Vile, Low, Snail Mail, Lucy Dacus o Julia Holter el viernes o James Blake, Jarvis Cocker, Neneh Cherry o Build to Spill el sábado es que la hipocresía  –o el no querer reconocer que nos hacemos mayores y nos cansamos y recuperamos peor– se nos come. 

En su debe, algunos periodistas como Nando Cruz ha realizado un trabajo muy serio denunciando la política de sueldos míseros y horarios esclavos de algunos de los trabajadores del festival. Otros, como Víctor Lenore hablan del festival de la burbuja indie, del festival más hipster de Europa que intenta hacerse guay por todos los medios, sean estos éticos o no. La verdad es que su presunta oda al eclecticismo musical –Caetano Veloso o Morente fueron cabeza de cartel en diferentes ocasiones– casa mal con los pocos artistas de entorno no angloparlante que programa. Así como el canto a la revolución que entonan alguno de sus artistas, que no queda demasiado bien en un entorno hipercapitalista. Fue sintomático el año del 15-M Jarvis Cocker, líder de Pulp, llamó a la arenga revolucionaria desde su escenario vallado para los espectadores VIP antes de cantar el himno Common People.

Pero entonces, qué hacer con los sensibles de espíritu, que no quieren contribuir a la burbuja de la máquina primaveral pero a la vez no quieren perderse lo último en música alternativa. A tal efecto consultamos como experto total a Ferran Baucells –integrante de la banda de folkrock Ran Ran Ran e indie de luxe y nos da una posible solución. Él ha participado en dos ocasiones como artista y en muchas otras como espectador en el Primavera. Nos recomienda como alternativa visitar el Microclima Sound, el minifestival alternativo que con espíritu juguetón y reivindicativo, de aldea gala, lleva auspiciando la tienda de discos Ultra-Local en su pequeño establecimiento desde hace más de cinco años.

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