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Populismos / DANIEL ROSELL

Populismos y otras catástrofes

El populismo es, fundamentalmente, un relato. A comienzos del siglo XXI, el pueblo y el público se están diluyendo por la acción de los nuevos medios de comunicación

19 min

Los cuatro Estados más grandes del planeta después de China (Estados Unidos, Rusia, India y Brasil) tienen en el momento actual gobernantes populistas. Con matices diferentes, el ente confederal de la Unión Europea cuenta con dirigentes populistas en países como Austria, Italia, Hungría, Polonia, en coalición en otros Estados y con partidos populistas en ascenso en el resto; la UE acaba de sufrir una escisión, el Brexit, fuertemente marcada por el discurso populista. Y uno de los dos países fundadores, Francia, está atravesando una revuelta directamente populista, los chalecos amarillos.

¿Populismo o populismos? ¿Es lo mismo un dirigente que dice interpretar la voluntad del pueblo que un grupo que afirma querer derrocar el sistema para imponer la voluntad del pueblo? En principio, contamos con dos grandes grupos de populismos claramente diferenciados: el que gobierna en nombre del pueblo, normalmente con un líder carismático por encima de los partidos, y el que desea ocupar el gobierno pasando por encima de los partidos, las élites políticas anteriores e, incluso, el sistema parlamentario al completo. 

Así encontramos una primera proposición definitoria: al populismo le molesta ser considerado un partido o una facción porque se considera la voz del pueblo. ¿Puede tener voz el pueblo? El ente, igualmente complejo, que habla por él ha sido desde la Edad Moderna eso llamado opinión pública. O sin adjetivo y en mayúscula: la Opinión

Protesta de los chalecos amarillos en París : EFE

Protesta de los chalecos amarillos en París / EFE.

La constitución de un espacio de opinión pública requirió dos elementos para articularse y funcionar: un público que lee y escucha una serie de razonamientos argumentados; y la capacidad de ese público para juzgar adecuadamente esas opiniones y proponer acciones concretas de actuación. Es decir, en principio, un reducido grupo de élites pensantes. Desde hace siglos, la opinión pública ha progresado y se ha extendido, contando con la presencia de estos pensadores que deseaban influir sobre unos gestores prácticos de la acción requerida por ese pensamiento. 

Nos encontraríamos con dos tipos de espacios que no siempre funcionan en paralelo y que pueden estar enfrentados. Sus disputas ocuparon salones, mentideros, academias, clubs, tertulias, reuniones de cafés, pasquines, panfletos, libelos. Y fueron continuadas en libros impresos, enciclopedias, instituciones universitarias, prensa de partido o de masas, medios de comunicación audiovisuales y, finalmente, redes digitales. Y, desde el principio, la confusión de pueblo y público en estos espacios de opinión publica fue evidente. 

Pueblo y público, política y pueblo

El espacio de opinión pública que tiende a confundirse y a apropiarse las funciones del pueblo es quien determina la acción política en la modernidad. Y este espacio crece continuamente hasta su explosión actual. Es necesario comprender esta división que se produce entre público y pueblo. Todos los movimientos de vanguardia, desde Manet, abandonaron los espacios jerárquicos para reclamarse del público. Todos los movimientos revolucionarios reclamaron romper la barrera del público –y lo público– para llegar al pueblo

Todos los movimientos totalitarios intentaron convertir al pueblo en público. Estas dos construcciones caminan en paralelo durante tres siglos y se alimentan hasta fundirse –en un totum revolutum– en la sociedad del espectáculo de los años 60, con la invención de los famosos como estrellas. La política se espectacularizó, los partidos de masas se diluyeron y los sindicatos se hundieron en términos de afiliación.

El pueblo y el público se convirtieron en un conjunto indistinguible antes de que llegara la revolución de internet que cambió estos parámetros. Pero hay que huir de la fácil deslegitimización de atribuir un carácter gregario a las masas para comprender que el natural sentido comunitario es un sentimiento que une a las colectividades en una tarea común tanto como puede ser un instrumento de control de multitudes.

Quilapayún

Cartel chileno que reivindica el poder popular.

Pueblo y público, a comienzos del siglo XXI se están diluyendo por la acción de los nuevos medios de comunicación, de egos en red. La comunicación virtual rompe el mecanismo unidireccional del mensaje para sustituirlo no por una estructura horizontal, eso es una declaración populista e ilusa, sino por una estructura de celdas y acciones propias de un enjambre – término que tomamos prestado de Han–. Y veremos la sorpresa de los medios de comunicación –los que se arrogan la capacidad de gestionar al público– ante estos movimientos a los que intentan adaptarse y ofrecer elementos de comprensión a posteriori. Es la distopía de Matrix, donde los usuarios de la red con sus cuerpos conectados a la red que se nutre de la energía personal, viven mentalmente en su burbuja fantasiosa. 

La imposible definición

El populismo es fundamentalmente un relato. Su pervivencia está unida a la legitimidad de los regímenes democráticos. El populismo sólo dejará de existir cuando no se reclame al pueblo como sujeto político. Pero el pueblo, desde la Edad Moderna encuentra un competidor en el público. El grupo hegemónico de una sociedad no se expresa en un espacio vacío e ideal, no se dirige directamente al cuerpo social al completo sino a los que poseen la capacidad de contrastar y el poder de expresar sus opiniones.

Al hacer públicas sus opiniones se dirige al público. El pueblo existe cuando los grupos hegemónicos de una sociedad o aquellos que pretenden serlo hablan del pueblo y en nombre del pueblo para estructurar a su favor una opinión pública o para canalizar una maniobra violenta de cambio del poder fuera de las estructuras políticas oficiales de esa sociedad.

Es decir, es populista hablar de pueblo. Y todo el que suponga que este ente existe, lo es y modula su pensamiento y su acción política en razón de esta suposición. La función de un trabajo histórico es determinar –como creación humana que es– cuándo, cómo, de qué manera y porqué se ha creado, utilizado y determinado lo que era pueblo con el fin de mantener o cambiar una situación determinada.

Explicaremos como es necesaria la existencia del Estado para que surja y la presencia de un determinado espacio de opinión pública para que se articule como discurso factible. Sus eclosiones son propias siempre de momentos de crisis social. El primer problema que tenemos deviene de que el término aparece a veces como incitador de una determinada acción contra el poder constituido y, a veces, como explicación de la explosión de la misma.

la revolucion china, populismos

Seguidores de Mao durante un acto político / EFE

El pueblo es una invención, pero una invención que funciona. Cuando existe realmente, no se habla de él, y cuando se habla de él es que alguien lo utiliza con un fin determinado. Cuando los grupos recolectores y cazadores disfrutaban de relaciones horizontales, no hablaban de pueblo; lo eran. Cuando estos grupos encontraron a otros se llamaban a sí mismos la humanidad (contra otros pueblos).Y cuando establecieron relaciones verticales y jerárquicas en las primeras ciudades sintieron la añoranza de un pueblo que fue (y según los populistas puede volver a ser).

Por lo tanto, el pueblo siempre es un recuerdo nostálgico de una situación que ha desaparecido, que pertenece a un paraíso original o se encuentra reprimido por intereses de la casta. Este ansia de pueblo puede implicar una paranoia contra los otros, una neurosis por ausencia, un complotismo inevitable de los que impiden al pueblo ser pueblo o dividen al pueblo en facciones enfrentadas, o lo aplastan y lo adormecen. 

El populismo parte de una insatisfacción psicológica primordial: ¿cómo se estudia algo que no existe pero que está en boca de todos? Paradójicamente, los que más van a sufrir con la transformación de la sociedad, son los que sirven de representación popular a los que promueven la destrucción de la vieja sociedad. La clave está en el retorno imposible que las revueltas milenaristas promovieron, que los nacionalismos mitificaron y que los sueños fundamentalistas o las burbujas mediáticas ahora promueven.

A vuelta con las revueltas

Las rebeliones de determinados grupos contra las acciones del poder hegemónico en un estado son consustanciales a la existencia del mismo. Son el resultado de los cambios de una dinámica social donde grupos determinados se sustituyen en la gestión del aparato de poder y represión. Se articulan en una gradación: desde la queja o la suplica a la rebelión de las personas o grupos afectados por los cambios. Cuando estas insurrecciones pasan de las palabras a los hechos, se produce el levantamiento, pero las llamamos con términos distintos. ¿Qué diferencia una revuelta de una revolución?  El triunfo, simplemente, de esta última. 

Desfile nazi en Núremberg, populismos

Desfile del Partido Nazi en Núremberg.

Tanto revuelta como revolución son dos términos que se aplican a una supuesta acción del pueblo. Del mismo modo que secta es una religión –en sentido de corporación que pretende regular la trascendencia– que no ha triunfado. Por lo tanto, una revuelta es la revolución –como cambio de unas determinadas condiciones sociales– que no logra el objetivo de instaurar a una nueva élite política en el poder. Ambas comparten el objetivo y los resultados. Incluso hay muchas revueltas que tienen un efecto mucho más profundo que las revoluciones, cuyo destino natural, ya lo veremos, es ser traicionadas como revueltas y convertirse en una ilusión o en una conmemoración de las nuevas élites triunfantes. 

Una revolución, por tanto, es una revuelta en que se han dado las condiciones sociales para que unas nuevas élites tomen el poder en nombre del pueblo contra las instituciones precedentes. Las revueltas son parte de una situación normal en una estructura estatal desde el momento en que aplica políticas fiscales y se convierten en endémicas en una estructura imperial. Los que quedan fuera del circuito de cambio pueden levantarse, se levantan, y fracasan habitualmente siguiendo una represión inmisericorde. Las revoluciones, en general, conservan el poder en nombre del pueblo mediante una violencia que no conocieron los Estados que se oponían a las revueltas cíclicamente. 

Lenin

Lenin, líder de la revolución bolcheviquem dirigiéndose a las masas.

En Francia, la revolución duró siete años y fracasó estrepitosamente, dando paso a un régimen imperial. Sin embargo, se convirtió en el modelo de todas las revoluciones en nombre del pueblo de los siguientes dos siglos. En las colonias americanas de Inglaterra, una revuelta fiscal llevó a sus líderes a darse cuenta de que estaban protagonizando una revolución que se convirtió en un nuevo sistema de gobierno que ha durado tres siglos. En Rusia había habido revueltas constantes contra la dinastía de los Romanov durante tres siglos y sólo una los derrocó finalmente.

A ese golpe de Estado se le mitificó como revolución durante setenta años, estructuró una clase política cuya legitimidad venía del pueblo y terminó disolviéndose en un caos del que surgió el régimen populista actual. En China, después de dos mil años de revueltas frustradas, el imperio se convirtió en Estado fallido –por las intervenciones exteriores– y estuvo cincuenta años en crisis hasta encontrar una revolución que lo reconstituyó en medio de una violencia sin precedentes.

Este régimen convirtió al pueblo en espectáculo de sí mismo llevando a su cumbre esta representación en la ópera más cruel que se ha escenificado en la historia: la revolución cultural.  Las revoluciones que parten de un ataque a la tiranía –es decir, el poder constituido en el momento de su revuelta– y terminan instaurando unas élites reducidas que gobiernan en nombre del pueblo, convirtiendo la revolución en conmemoración constante donde las elecciones y los referéndums son plebiscitos de aclamación del poder nuevo revolucionario. 

Un imaginario que funciona como realidad 

Los sujetos colectivos no existen como entidad responsable de sus actos. Lo cual no quiere decir que no funcionen. Son imaginarios que se utilizan para agrupar colectivos con vistas a dotarles de una identidad que es necesaria para la convivencia.  Los sujetos colectivos, unificados, el todos son uno, permiten estrategias de exclusión (los otros) y de cohesión (los nuestros), de agrupación (nosotros) y de agresión (ellos). Son por tanto manejables para acciones positivas y para otras de extrema violencia. Son necesarios en cualquier empresa (corporación, localidad, cultura) y son el elemento más fácil de manejar para conducir grupos enteros a la catástrofe colectiva (porque como colectivo se pensaron). La emoción de sentirse parte de un pueblo unido no impide razonar que ese pueblo no existe fuera de los manifestantes que gritan: "el pueblo unido jamás será vencido". 

Donald Trump Signs The Pledge 25

Donald Trump, actual presidente de Estados Unidos.

No existe un pueblo que habla sino algunos, muchos, una minoría o una mayoría que utilizan el nombre del pueblo para bien o lo emplean en vano. Y este personaje o colectivo que habla en nombre del pueblo tiene intereses como tal colectivo, no como pueblo a menos que creamos en el dios Bíblico y su pueblo elegido, base de todos los fundamentalismos y nacionalismos radicales.

La débil línea invisible que separa la necesaria agrupación de los humanos y su utilización por gestores concretos de esa misma agrupación es la base del populismo. Decir que el pueblo debe tomar el poder es decir que un grupo concreto debe tomar el poder y que otro grupo debe dejarlo, que unas determinadas élites políticas deben ser sustituidas por otras.

Toda declaración es política. Decir que algo no es político es una declaración política. Todo lo que declaramos ideológico lo es porque expresa nuestras ideas. Decir que tal o cual declaración es ideológica, no hace más que esconder nuestra ideología. Y todo lo que contamos lo articulamos en un relato. Proclamar que todos somos o debemos ser uno’ es falso, pero emociona mucho (para el amor y para el odio a los otros).