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El periodismo que contó la Transición / DANIEL ROSELL

El periodismo que contó la Transición

La prensa atravesó con una certeza de tiempo grande el paso de la dictadura a la democracia, con cuya clase política estableció complicidades de ámbito generacional

16.11.2018 00:00 h.
12 min

Nunca como entonces el periodismo fue un milagro de todos resumiendo un momento de tantos. Un tiempo exacto. Una historia pasada. Una consecuencia feliz. Con la tinta de los periódicos se podría puntear aquel puñado de años y enterarse, más o menos, de lo que ocurrió al galope de los setenta y ochenta en ese lugar al sol que llamamos España. Si dispusiéramos las noticias, los reportajes y los artículos de opinión en el suelo, éstos tendrían probablemente la condición sobrecogedora que deja el contorno de tiza de un cadáver cuando el juez ordena levantar el cuerpo: el relato de un volantazo democrático que permite entender mejor de dónde suceden las cosas de ahora mismo.  

Los que allí estuvieron cuentan que se trataba de escribir cada mañana colgado de la Historia, dibujando la silueta del día en el folio, bombeando del alfabeto un prodigio cotidiano. La apuesta consistía en sumar futuro a través del presente. Pues el periodismo siempre tuvo entre las cosas de la gente el brillo de su fortuna. Subido a ese trote, bien mirado, este oficio no ha cambiado demasiado de ayer a hoy porque lo suyo siempre ha consistido en contar con los dedos entintados o golpeando una pantalla luminosa lo que sucede en las aceras, acertar con las coordenadas desde donde silban las mentiras. Como si fuera lo único que realmente merece la pena. 

Hoy se sabe que el periodismo atravesó por la Transición con una certeza de tiempo grande. “La democracia se ganó en la calle, en las fábricas, en las universidades, pero también en las redacciones”, ha dicho Fernando Jáuregui, quien recientemente ha armado un libro que parece una asamblea profesional: Los periodistas estábamos allí para contarlo (Teófilo Ediciones). No tratan esas páginas de hacerle autopsia al oficio, sino de enclavijarlo a la actualidad enredando entre el periodismo y la memoria. Sacar la cabeza por la escotilla del batiscafo de un presente en que la profesión parece andar bajo las aguas y mirar al pasado como una pértiga que lanza hacia delante. 

Adolfo Suárez saluda a Dolores Ibárruri, Pasionaria, rodeados de periodistas en la sesión de las Cortes Constituyentes. RTVE

Adolfo Suárez saluda a Dolores Ibárruri, Pasionaria, rodeados de periodistas en la sesión de las Cortes Constituyentes / RTVE

Porque la secuencia de hechos de ese giro hacia la democracia está, sin duda, registrada en el trabajo de los voceros de la actualidad, que se ganaron sitio entre la tripulación que tejió y destejió esa utopía con achaques. Desde primera hora, el periodismo se alistó, en líneas generales, en el bando de las libertades en línea con los deseos mayoritarios de la sociedad y con la dinámica de su propio ejercicio. “La prensa se erigió en una de las principales instituciones democráticas nacientes, en medio del páramo dejado por el franquismo”, señala Jáuregui en ese volumen que acaba de ver la luz con motivo de los cuarenta años de la Constitución de 1978.  

Al principio de la democracia en España, pues, estuvo el periodismo. Y de forma militante. La prensa, por ejemplo, hizo frente a través de editoriales únicos a las tentativas involucionistas, como ocurrió tras el asesinato de los abogados de Atocha el 24 de enero de 1977. “Aunque no prescindimos de la crítica, la gran mayoría de las noticias del proceso constituyente eran positivas”, reconoce el periodista Bonifacio de la Cuadra, quien relató hace años en el libro Crónica secreta de la Constitución --escrito en colaboración con Soledad Gallego-Díaz-- cómo el ánimo informativo chocó en muchas ocasiones con el carácter secreto de las reuniones que dieron forma a la Constitución. 

Ese compromiso de primera hora sirvió de motor de cambio, aunque también deparó interferencias a largo plazo. “Quizás, haciendo autocrítica, tengamos que reconocer que la complicidad del periodismo con el régimen del 78 llevó a pasar por alto situaciones reprobables”, afirma Ricardo Martín, quien sitúa el idilio de la profesión con la Constitución en que ninguna de las crecientes demandas para su reforma se han fijado en el bloque de derechos y libertades. “Es una prueba de que los constituyentes acertaron de pleno en los artículos que particularmente garantizan el libre ejercicio de la profesión periodística”, añade.     

Varios ciudadanos se agolpan ante la mesa electoral en las elecciones generales de 1977. CONSTITUCIÓN40

Varios ciudadanos se agolpan ante la mesa electoral en las elecciones generales de 1977 / CONSTITUCIÓN40

A día de hoy, ese vínculo inicial del periodismo con los poderes públicos explica, en buena medida, el latifundio que es la política en el radar de los actuales medios de comunicación en España. El dominio salta a la vista cuando noticias que apenas sobrepasan la esgrima hueca de las declaraciones partidistas relegan por decreto a importantes novedades sociales, económicas y culturales. Esa dinámica ha rebajado la fuerza de propulsión de los cañones del periodismo, que sufre desajustes con el interés ciudadano. A ello se le ha sumado la fuerte dependencia del apoyo de anunciantes y de instituciones públicas por parte de los medios, que han ido perdiendo rigor y sitio.    

Por otro lado, en ese tránsito de la dictadura a la democracia es posible adivinar una huella de generación. Al descorche de edad que vivió la política se le sumó el periodismo, que también ensayaba fórmulas nuevas. “Un tiempo vertiginoso, y un relativo vacío generacional, nos colocó muy pronto en la cresta de la ola”, recuerda Eduardo San Martín, quien observa en esa hornada de informadores cualidades útiles para narrar ese presente tan movedizo: “El periodismo que debía relatar el nuevo tiempo podía encarnarse mejor en generaciones de periodistas aún no (demasiado) contaminadas y que ya habían bebido en las fuentes del que se hacía en otros países”.

Hacia esa misma dirección apunta Julia Navarro, la periodista madrileña reconvertida ahora en autora de novelas de éxito, cuando evoca qué ocurrió el 13 de julio de 1977, el primer día de las Cortes Constituyentes: “Salvo cuarenta diputados provenientes de las Cortes franquistas, el resto nunca había pisado antes el palacio de la Carrera de San Jerónimo, de manera que iban de un lado para otro un tanto despistados. Junto a ellos también llegaba una nueva generación de periodistas dispuestos a ser testigos, después de cuarenta años de dictadura, de la puesta en marcha de las primeras Cortes democráticas”. 

Sin duda, la política convirtió al periodismo en un incendio diario por la leña viva que dejaba en sus huecos. Entre el final de la dictadura y la llegada de la democracia, la realidad estaba continuamente bombeando novedades; algunas extraordinarias, otras directamente dolorosas. Pero ninguna dejó un surco tan profundo en los testigos como el intento de golpe de Estado del 23-F, que tiene algo de lugar de paso inevitable para mantener el prestigio en el relato de la Transición. “Nos hizo ver lo cerca que estuvimos del abismo. Remábamos todos con el temblor de quienes sabíamos lo frágil que era la balsa de la democracia”, explica al respecto el periodista Fermín Bocos.   

La presidenta del Congreso, Ana Pastor, con Fernando Jáuregui y el editor José Luis Teófilo, en la presentación del libro. CONSTITUCIÓN40

La presidenta del Congreso, Ana Pastor, con Jáuregui y el editor José Luis Teófilo, en la presentación del libro / CONSTITUCIÓN40

Tan cerca siempre el periodismo de la Transición de los cafés en llamas de los asuntos públicos, los informadores que estaban en primera línea fijan en el pedestal más alto de su santoral al rey Juan Carlos I y a Adolfo Suárez, de quien se ha referido en muchas ocasiones que la prensa de entonces se ensañó con él. “Todavía no le hemos dado los honores merecidos por su papel en el parto de la democracia tras la demolición del régimen en el que había escalado, pues pocos como él, que se definía como un chusquero de la política, sabían las argucias para recorrerlo, una maestría que le serviría para desmontarlo pieza a pieza”, anota José García Abad sobre el líder de la UCD.   

En el libro Los periodistas estábamos allí para contarlo, Fernando Jáuregui añade méritos a los riesgos que asumieron las fuentes informativas y a las iniciativas de las primeras asociaciones profesionales que denunciaron amenazas, multas, palizas y encarcelamientos a periodistas. Porque los tiempos heroicos también fueron peligrosos. Una bomba estalló el 20 de septiembre de 1977 en la revista El Papus acabando con la vida del portero del inmueble. Hubo otras explosiones en El País y Diario 16, y el director del semanario Doblón, el andaluz José Antonio Martínez Soler, fue secuestrado y torturado tras publicar un artículo sobre una purga de mandos en la Guardia Civil.

No puntúan en la aventura de este oficio los balances melancólicos, ni se acepta que algo pueda quedarse sin contar. En la Transición, la dieta de palabras aún se tenía en cuenta. También entonces fue una forma de concretar la vida, de darle extensión a lo que se anhelaba, a lo a lo que se intuía, a lo que se aguardaba. De algún modo, el periodismo fue el pentecostés de la democracia. Lo que aquí se decía quedaba. Y si era en un editorial, de algún modo envolvía. El periodismo es también una herramienta para descifrar la historia del ser humano. Del que mira. Y pregunta. Y cuestiona. Y duda.

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