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Las lecciones de Nixey para recuperar la libertad / DANIEL ROSELL

Las lecciones de Nixey para recuperar la libertad

La historiadora sostiene en 'La edad de la penumbra' que el primer cristianismo quiso destruir el mundo clásico, aunque involuntariamente también lo salvó

18.01.2019 00:00 h.
19 min

Alejandría. La ciudad con la mayor biblioteca jamás vista, con un sistema peculiar para albergar todos los originales. Atracamos en el puerto en el siglo III d.C. Suben al barco los funcionarios del rey Ptolomeo III Evergetes y lo primero que hacen es un exhaustivo examen de las mercancías. Buscan libros. Se requisan, se copian y se devuelven… las copias realizadas por rápidos y hábiles escribas. En la biblioteca se etiquetan los originales bajo el nombre de "de los barcos" y se llega a acumular un tesoro de unos 500.000 pergaminos, que no se concentraron en ninguna otra biblioteca del mundo hasta siglos más tarde. En 1338, la biblioteca de la Sorbona de París --la más rica del mundo cristiano-- prestaba al público unas 1.728 obras, pero 300 de ellas, como señalaban los registros, ya se habían perdido. El mundo clásico se había ido desmoronando y los responsables de su caída, en el Imperio romano, habían sido los cristianos

Esa es la tesis que argumenta Catherine Nixey, educadada en una familia de religiosos, que estudió Historia Clásica en Cambridge y que colabora en la sección cultural de The Times. Con su libro La edad de la penumbra, cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico (Taurus) ha levantado una formidable polémica que le ha ayudado también a conseguir unas buenas ventas. Ella se explica, en una entrevista con Letra Global, y sonríe. Su investigación ha logrado el aplauso de historiadores como José Enrique RuIz Domènec, que celebra la pasión y el rigor de una persona joven, alegre, llena de vida, que quiere aflorar una historia oculta, bien conocida en los ámbitos académicos, pero muy poco difundida al público. 

Era un día luminoso de marzo, del 415 d.C. Hipatia de Alejandría, filósofa y matemática, una belleza, con su túnica habitual y sus oscuros rizos, era una celebridad local. Aquel día salió de su casa para hacer su recorrido por la ciudad. Había intentado mediar entre Orestes, el gobernador, y Cirilo, el obispo, que presionaba para reducir el ambiente pagano y que había protagonizado una serie de represalias contra los judíos, que eran de los más partidarios de las representaciones de baile y teatro. Ayudado por los parabalanos --cristianos que se encargaban de retirar los cuerpos de los enfermos y de los débiles para no provocar enfermedades, como las temidas pestes-- Cirilo iba reduciendo los espacios de libertad que habían sido una de las características del mundo clásico. La libertad de pensamiento, aunque se tuviera que entregar ofrendas a los Dioses, era uno de los orgullos de los filósofos griegos y latinos. 

Hypatia (Charles Mitchell)

Una pintura de Hypatia realizada por Charles Mitchell

A Hipatia se la acusaba de apoyar al odiado gobernador Orestes, que intentaba apagar el fuego de los cristianos. En cuanto la vieron en la calle, los parabalanos, "bajo la guía de un magistrado de la Iglesia llamado Pedro --en todos los sentidos un perfecto creyente en Jesucristo-- rodearon y retuvieron a la mujer pagana. Después, arrastraron a la más importante matemática viva de Alejandría por las calles hasta una iglesia. Una vez dentro, le arrancaron las ropas del cuerpo y, después, utilizando como cuchillas pedazos rotos de cerámica, le arrancaron la piel. Algunos dicen que, mientras respiraba, le arrancaron los ojos. Una vez muerta, despedazaron su cuerpo y arrojaron lo que quedaba de la hija luminosa de la razón a una pira y lo quemaron". Esa es una de las muchas historias que explica Nixey.

La historiadora ha irritado a parte de la comunidad católica, la que interpreta las cosas como si fuera una lucha entre el blanco y el negro. Nixey no niega lo que reclama el catolicismo. "Claro que el cristianismo salvó el mundo clásico, pero sólo una parte, la que le interesó. Lo que hizo fue destruir la mayoría --se calcula que un 99% del legado de la literatura clásica-- y nos llevó a pensar de forma diferente", señala. La respuesta da cuenta de una pregunta: ¿Tiene razón Thomas Cahill, un intelectual que ha ocupado la dirección de publicaciones religiosas en la prestigiosa editorial Doubleday, cuando da cuenta de la importancia de ese legado de los monjes cristianos copistas, en De cómo los irlandeses salvaron la civilización?

Eso no lo pone en duda Nixey. Hubo copistas y, precisamente, muchos fueron irlandeses (encabezados por San Patricio) los que llegaron a la isla, con la destrucción de Roma, con sus pergaminos originales bajo el brazo y el conocimiento del latín y del griego. Formaron comunidades en los incipientes monasterios para dedicarse en cuerpo y alma a esa tarea. El libro de Cahill es una maravilla y nos evoca esos pequeños monasterios, con monjes silenciosos, ilustrando y copiando las joyas clásicas. Pero, ¿qué sabemos de Demócrito o de Celso? ¿Por qué mataron a Hipatia? ¿Por qué los primeros cristianos, a partir del siglo II se dedican a destruir esculturas y templos clásicos y vemos ahora las estatuas de Atenea sin nariz o a Zeus sin manos? ¿Por qué rechazan esos cristianos la vida que, hasta entonces, se consideraba como la más alta civilización y prefieren ser mártires --se lanzan por barrancos, o viven en madrigueras-- hasta el punto de que muchos jueces romanos prefieren huir antes que juzgar a gente que, preguntados por sus nombres, sus profesiones, sus preocupaciones, lo único que respondían era un lacónico soy cristiano?

La autora Catherine Nixey, durante la entrevista con 'Crónica Global' /CG

La historiadora Catherine Nixey / CG

Nixey no esconde sus orígenes. Sus padres fueron monjes. Ha crecido en el seno de la religión cristiana pero con la libertad de pensar, la que su propia familia le ofreció. Lo que constata esta historiadora (que presentó este otoño su libro en Barcelona, deleitando a los asistentes en la librería Laie) es que la selección del cristianismo fue enorme. Insiste en que, ayudada la religión --y de qué manera-- cuando el emperador Constantino abraza el cristianismo, en el siglo IV d.C., ésta acaba imponiendo una mirada, una posición en el mundo.

Es Justiniano, emperador del Imperio de Oriente, quien remacha el poder cristiano, cuando en 529 d.C. dicta una ley que "se haría célebre durante los 1.500 años siguientes". Se trata de la Ley 1.11.10.2, como se la conoció: "Prohibimos que enseñen ninguna doctrina aquellos que se encuentren afectados por la locura de los impíos paganos de modo que no puedan corromper las almas de los discípulos". Eso obligaba a cerrar la Academia de Atenas, --la gran escuela de filosofía, la que daría nombre a todas las academías del mundo en los siglos posteriores-- y a forzar la salida de los filósofos de la ciudad, es decir, a expulsar el saber y el conocimiento. 

Uno de ellos, Damascio, que había escrito sobre Hipatia de Alejandría --de quien cuenta una historia que nos llena de rubor al conocer cómo se deshizo de un pretendiente al enseñarle una compresa, para hacerle ver que no todo era tan bonito a simple vista, y nos llena de rubor, precisamente, por el peso posterior del cristianismo-- se ve obligado a huir. Partió de Alejandría, donde las cosas ya estaban feas para los filósofos que no creían en el Dios único del cristianismo, y se instaló en Atenas, para huir después hacia Persia.

Copia en griego de una de las cartas del sabio Synesius a Hipatia.

Copia en griego de una de las cartas del sabio Synesius a Hipatia 

Y es esa ley la que llevó al inglés Edward Gibbon, el autor del enorme volumen Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, a asegurar algo similar a lo que sostiene Nixey, a pesar de que ahora haya irritado a algunos integristas que califican su libro como "un ejemplo paradigmático de fake news". Dijo Gibbon que todas las invasiones bárbaras habían sido menos dañinas para la filosofía ateniense que el cristianismo. Otros historiadores, como la propia Nixey, mantienen que "en ese momento una era oscura empezó a descender sobre Europa". 

Llegaría el Renacimiento y la Florencia de los Medici (la familia rica y corrupta que quiso recuperar toda aquella luz del mundo clásico) que, pese a todas sus limitaciones, era un mundo más tolerante. Un mundo donde, en realidad, el culto a los Dioses era relativo y más llevadero que obedecer a un Dios todopoderoso y capaz de provocar un miedo atroz, como se vanagloriaban de ello San Agustín o Juan Crisóstomo, quien clamaba con fiereza que los escritos de los griegos "han perecido y han sido eliminados".

"El gran problema en aquellos momentos es que para muchos no cristianos, ese Dios era un metomentodo. Entraba en las casas, te decía qué hacer en cualquier momento y eso causó irritación", señala Nixey, que insiste en una característica crucial: "Reír a carcajadas, ser irónico, ver las cosas con cierta distancia; eso se perdió porque se impuso un mundo oscuro, serio, rígido, temeroso". Y eso duró mucho tiempo, muchos siglos, donde el cristianismo logró un enorme poder. Nixey lo refleja en el libro. Grupos de cristianos entraban literalmente en las casas en busca de esas estatuas paganas, de signos de Satán, de todo aquello que aborrecían.

¿Cómo logró el cristianismo acumular ese poder? Para Nixey fue mucho más llevadero cuando todo un emperador decidió acoger la religión cristiana y los primeros cristianos dejaron de ser una minoría perseguida, aunque lo fueron sólo de forma intermitente, y no únicamente por una cuestión religiosa. Hubo dinero, riqueza y exención de impuestos para los nuevos clérigos. Todo ello lo diseccionó Peter Brown en Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente, 350-550 d.C. (Acantilado). Hubo transmisión de la riqueza a las iglesias cristianas, por donación o a través de legados, que acabaría construyendo lo que se llamaría el patrimonio de Pedro o el patrimonio de los pobres. 

Alejandría (1575) BNE

Grabado de la ciudad de Alejandría hacia 1575 / BNE

Sin embargo, la pregunta que no contesta Nixey y que queda en el aire a lo largo de todo su libro es la que nos llevaría a pensar dónde estaríamos en Occidente sin ese peso del cristianismo. Porque la teoría del atomismo, la de que no hay Dioses que nos hayan llevado hasta aquí, la de que somos producto de un conjunto de átomos, ya la defendía el griego Demócrito. ¡Y no escribió poco! Deberíamos haber encontrado títulos como éstos, referenciados, pero inexistentes: Sobre la historia; Sobre la naturaleza de las cosas; La ciencia de la medicina; Sobre las tangentes del círculo y la esfera; Sobre las líneas irracionales y los sólidos; Sobre las causas de los fenómenos celestiales; Sobre las causas de los fenómenos atmosféricos; Sobre las imágenes reflejadas…. Lo sentenció el físico Carlo Rovelli: "La pérdida de la totalidad de las obras de Demócrito es la mayor tragedia intelectual resultante del colapso de la vieja civilización clásica". Su teoría atómica nos ha llegado por un único volumen del "gran poema" de Lucrecio, que se hallaba en una biblioteca alemana. 

Busto del filósofo Celsius (Celso)Otro autor es Celso, también un intelectual griego, capaz de sentenciar que el Antiguo Testamento es "una completa basura". Celso acusó a los cristianos de ignorantes, y de buscar "activamente la idiotez". Y sabemos de él (por los contraargumentos) que escribió Orígenes, pero no por el legado de sus obras. No las encontraremos. Ningún monje las copió. Se seleccionó, se depuró y, sí, los copistas que se trasladaron a Irlanda hicieron su trabajo. Pero todo con un propósito, que nadie cuestionara el orden cristiano ni al único Dios. 

Una historia que da cuenta de lo que ocurrió, de las diferencias que se iban creando, hace referencia, de nuevo, a Damascio. Con sus amigos filósofos, y ya con 70 años, viajó a Persia, donde se explicaba que su rey, Cosroes, era amante del saber. No salió bien. La vida era peor, el trato a los más desfavorecidos era cruel, con menos respeto que en el Imperio romano. A los muertos no se les enterraba de inmediato sino que se esperaba un cierto tiempo para que los perros se los comieran en las calles. Eso para un griego era inconcebible. 

La decisión es volver a las fronteras romanas. Y se encuentran con el apoyo de Cosroes, que ultimaba en ese momento un tratado de paz con el emperador Justiniano. Incluye, en el último momento, una petición a Justiniano: que permita que esos filósofos regresen sin peligro y que no se les obligue a mantener otras creencias o cambiar su religión tradicional. Nixey escribe: "Esta cláusula fue la única declaración de tolerancia ideológica que Justiniano firmaría jamás. Supuso, en cierto sentido, un hito liberal, y el solo hecho de que fuera necesario, una señal de lo iliberal que se había vuelto el imperio". 

El cristianismo contaría a las generaciones venideras que su triunfo fue celebrado por todos. Nixey lo niega. Hubo damnificados, hubo renuncias forzosas y se sacrificó todo un mundo. La filosofía que no gustaba se dejó de lado. Los monasterios "comienzan a borrar las obras de Aristóteles, Cicerón, Séneca y Arquímedes. Las ideas heréticas y brillantes se convierten en polvo. Se raspan las páginas de Plinio. Se escribe encima de las líneas de Cicerón y de Séneca. Se vela a Arquímedes. Todas y cada una de las obras de Demócrito y su herético atomismo desaparecen". Esa libertad, la de pensamiento, la tolerancia y la necesidad de no imponer nada, esa es la lección que ofrece Catherine Nixey a propósito del cristianismo, en un momento donde, precisamente, se avecina una cierta oscuridad, de nuevo, en Occidente. Y, por favor, vamos a reír, con esa sonrisa amplia de Catherine.