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El vigor de la música céltica

El vigor de la música céltica / DANIEL ROSELL

Lejos de ser algo del pasado, la música céltica está más viva que nunca. Lo demuestran discos, conciertos y festivales consolidados como los de Ortigueira y Cáceres

17.08.2018 00:00 h.
15 min

Llega el verano y, lejos de concitar las nieblas que les son propicias, los festivales de música céltica y las actuaciones de solistas y grupos de este género se extienden por doquier, como setas luminosas de sus bosques atlánticos. No es desde luego lo que más se escucha, que la belleza, la naturalidad, la armonía no se prodigan tanto como quisiéramos. Pero sí algo de lo que mejor se escucha (sin excluir otras músicas).

Las tierras célticas son en puridad seis: Irlanda, Escocia, Bretaña, la isla de Man, Gales y Cornualles. A ello hay añadir los territorios donde, siempre emigrantes, los celtas han ido a sentar sus reales, ya sea en los Estados Unidos o en el Canadá (muy especialmente Nueva Escocia), junto con otras extensiones que con más voluntad que realidad histórica (sobre esta dudaba don Álvaro Cunqueiro) se arrimaron a lo céltico, aunque solo fuera porque tenían ya en su música autóctona la gaita, la cornamusa, instrumento principal en la música de estos países. Eso ha propiciado que aires irlandeses fundamentalmente –su tradición es la más vasta– hayan corrido y sonado en el folklore gallego o asturiano, y lo hayan preñado como en un relato de la mitología hibérnica en que cierta gestación comenzó con sólo beber un trago de agua.

thechieftains

El grupo The Chieftains, embajadores de la música céltica

A decir verdad, a mediados del siglo pasado no había muerto la tradición musical en Irlanda, Escocia o Bretaña, pero se mantenía en retirada. ¿Intuían los celtas, maestros en derrotas, que de esa retirada surgiría la victoria que comenzó en los sesenta? Lo cierto es que superando los círculos cerrados de músicos que se reunían a tocar en tabernas, y las bandas de gaitas de regimientos y baladistas que transmitían vetustas canciones, poco se movía por ese frente en la escena musical. Pero surgió entonces un interés generalizado por la música popular, que en América y otros lugares fusionaba lo antiguo con lo novedoso.

Y se vio que hasta Bob Dylan se apropiaba de melodías de la verde Erín a las que quitaba la letra, como si de un vestido se tratara, y le ponía otro, compuesto con las telas de su invención. Es fama que en el Village neoyorquino se topó con los Clancy Brothers y se empapó de su repertorio. Dylan habló muy favorablemente del gran Liam Clancy, una de sus influencias como Woody Guthrie o Pete Seger, y el irlandés hizo lo propio contando en sus conciertos alguna anécdota sobre cómo el de Minnesota, una esponja, les robaba casi sin darse cuenta canciones.

Los Clancy y Tommy Makem recorrieron con sus jerséis de lana blanca típica de las islas Aran tugurios y teatros estadounidenses. También era el momento en el que descollaba en Irlanda un compositor extraordinario, Seán Ó Riada, que ha dejado entre otras dos grandes herencias la pieza Mná na hÉireann (“Mujeres de Irlanda”) y el grupo decano de la orquestación tradicional. La primera se convirtió en éxito mundial cuando Stanley Kubrick la engastó en la banda sonora de Barry Lyndon.

La otra banda, los Chieftains, comenzó una prolífica carrera con el pilotaje de ese capitán pequeño, Paddy Moloney, y se ha convertido en embajadora oficiosa de la música irlandesa en el mundo. Pero también por aquellos años de tantos cambios surgieron grupos que se consolidaron en la década siguiente: The Bothy Band, Clannad, Planxty, De Dannan… Como suele suceder, varios de los músicos emprendieron luego carreras en solitario: Enya se desgajó del grupo familiar, los hermanos Ó Domhnaill fundaron Nightnoise, Christy Moore se convirtió en el gran cantante que aún sigue poniendo los pelos de punta cuando aborda una balada tradicional o alguna de las muchas que él mismo ha compuesto, nunca eludiendo problemas sociales.

Escocia hizo lo propio con los McCalmans, la Battlefield Band o, maestros también de la gaita, los Tannahill Weavers. Sumaba a ello un raudal de cantantes en Scots, la lengua del poeta nacional Robert Burns, o en gaélico, con tantos talentos, muchos de ellos femeninos: la tradición del canto gaélico en Escocia es notabilísima, con las llamadas canciones de enfurtir en las que las mujeres trabajan la lana mientras acompasan los golpes con letras de naufragios, amores por un noble o alegorías de ciervos y salmones. De aquí brota, por ejemplo, el manantial de Capercaillie.

Sin ser ya céltica, la limítrofe Inglaterra también vivió un revival en el que grupos como Fairport Convention, Pentangle o el de John Renbourn sacaron punta al cancionero de Albión con espectaculares resultados. The Young Tradition vigorizó el canto a capella, que en Irlanda tiene su exponente en el sean nós (estilo antiguo) y Escocia en el port à beul (melodía vocal).

Gwendal

Portada de un disco de la banda Gwendal, uno de los grupos míticos del género

Por su parte, Bretaña, la Bretaña francesa, la península armoricana, recuperó su música gracias a un visionario Alan Stivell, que desempolvó el arpa cuando el instrumento estaba en decadencia, y en melodías mágicas o canciones protesta a favor de la lengua bretona llenó salas y soledades. Renacimiento del arpa celta es sin duda uno de los diez discos más importantes del género en cualquier latitud. Con la bombarda y cantando al modo kan ha diskan (canto y contracanto), Stivell hizo una carrera fulgurante a veces escorada al sincretismo, como le sucedió a otro grupo mítico de su tierra, Gwendal, que para el gusto de los puristas se ha acercado demasiado al jazz, aunque dejó dos primeras grabaciones que se cuentan entre lo más luminoso y alegre que ha dado Bretaña, incluido un vaso de buena sidra.

Gwendal, viejo visitante de esta otra península nuestra, toca en algunas ciudades españolas este verano. Pero el estío está lleno de festivales y conciertos en diferentes lugares. Dublín programa siempre actuaciones del primer nivel: en el National Concert Hall acaba de celebrarse un homenaje al compositor Mícheál Ó Suilleabháin, que hace que el piano obtenga pasaporte irlandés. En agosto compartirán escenario Paddy Keenan (The Bothy Band) Frankie Gavin (De Dannan) y Dermot Byrne (Altan). No hay que olvidar el Fleadh Cheoil, enorme festival que reúne a miles de personas con continuas y simultáneas interpretaciones en las calles, que este mes de agosto se celebra en Drogheda tras varios años hacerlo en Ennis.

En cuanto al Hebfest, este anima en julio la isla de Lewis, en las Hébridas. El festival de Edimburgo brinda dentro de su amplia programación varios conciertos, Lorient mantiene su Festival Intercéltico del 3 al 12 de agosto. Glasgow deja como siempre para enero Celtic Connections. Quien quiera aprender tiene el sitio en la Belast Summer School of Traditional Music con maestros “tan malos” como Mery Bergin, prodigio del tin whistle, o el guitarrista de acompañamiento Seamie O’Dowd.  

Cartel del 40 aniversario del festival de Ortigueira.

Cartel del 40 aniversario del festival de Ortigueira

En España, el coruñés Festival de Ortigueira promovido por su Escola de Gaitas cumple cuarenta años este 2018, y ya va por su decimoquinta edición el Fleadh de Cáceres (asociado a la festividad de todos los santos, el antañón Samhain, origen de la pamplina hodierna de Halloween). En Galicia siguen al pie del cañón Milladoiro, Luar na Lubre o el gaitero Carlos Núñez, que tantas veces ha ido de giro con los Chieftains. Habría que reivindicar también al delicado, maravilloso Emilio Cao, que en los ochenta dejó joyas espléndidas.

Está además el gaitero Hevia en Asturias, o sin salir de allí tantos músicos que pasan por el programa televisivo del escritor Xuan Bello. También la mediterránea Cataluña tiene su conexión atlántica y céltica. Hace unos años Jordi Savall grabó un disco en el que adaptaba a su viola un nutrido puñado de piezas para arpa de Irlanda y Escocia. El libreto que lo acompaña ofrece cumplida información no solo en castellano, inglés o catalán, sino también en los vernáculos irlandés y gaélico de Escocia.

El sello Guimbarda creado en 1978 por Manuel Domínguez acercó con más modestos folletos los discos de muchos de estos músicos en aquellos álbumes en vinilo que también grabaron ellos mismos la sensibilidad de tantos. Su fresco lema era Descaradamente folk. Luego vinieron los compactos y muchos de aquellos sones pasaron a estos, aunque hay grabaciones que nunca se han reeditado (algunas de las cuales se pueden encontrar, sí, en Internet).

Desde las ondas radiofónicas Ramón Trecet divulgó asimismo este acervo. Lo hippy, cierta psicodelia, fueron buenos aliados modernos de esta música antigua, y Robin Williamson lo mismo fijó de manera ortodoxa un repertorio de arpistas escoceses que tomó el camino de los porritos y el flower power en su aventura con la Incredible String Band. También a finales de los ochenta y en los noventa tuvo sus concomitancias con la New Age. La sofisticación de lo sencillo se ha alcanzado más recientemente con The Gloaming, cuyo dotado violinista, Martin Hayes, reside en Madrid con su esposa española cuando no está de gira.  

Karan Casey

Portada de Distant Shore, uno de los discos de Karan Casey

¿Por qué la música céltica goza de buena salud en la actualidad? ¿Qué tiene que apela por igual a mayores y jóvenes, sin olvidar los danzarines pies de los niños? Una cosa posee, incuestionablemente: hermosura sin afeites, una vía de comunicación con lo más intenso e interno del corazón de cada cual. Miremos por ejemplo la irlandesa: es una música que, como se cuenta en la literatura antigua del país, podía hacer llorar y reír y llevar a estados extremos a quienes la escuchaban. Tiene hondura y gravedad en el adiós del arpista Carolan, solemnidad en un aire lento, ritmo desenfrenado y creciente en un conjunto encadenado de reels, invitación al baile, historias de dolor y añoranza. 

Existen músicas industriales y tóxicas que contienen elementos artificiales como una salsa de tomate, una hamburguesa o las patatas fritas de sabores. La música céltica, aunque se acerque en ocasiones a otros géneros, no ofrece trampa ni cartón, y sí virtuosismo: ahí están los virtuosos que se reúnen por ejemplo en las Transatlantic Sessions (cónclave de americanos e insulares), ahí las voces feéricas de tantas cantantes en las que lo sobrenatural, y sobrecogedor, no está reñido con lo natural. Es para la inmensa minoría, como diría Juan Ramón Jiménez. Quien no conoce las mejores canciones de Karan Casey o de Mícheál Ó Domhnaill no sabe lo que se está perdiendo. No hay música igual para la relajación o el deleite. 

No es esta una música anquilosada, muestra de la arqueología. La tradición se renueva de continuo y se van añadiendo instrumentos como el bouzoki (instrumental en ello ha sido Dónal Lunny). Hay además un elemento de rebeldía en no conformarse uno con lo que a granel le vierten y paladear una buena cerveza lenta o dar cuenta de una taza de té. Pertenece a la emoción cuando todo es epidermis. Y proporciona, en fin, además el placer de la búsqueda, de hallar el camino propio, de bucear en las raíces cuando casi todo es hojarasca.

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