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Mujeres y emociones en la Historia

Mujeres y emociones en la Historia / DANIEL ROSELL

La historiografía ha descubierto una nueva veta para entender el pasado gracias al papel que juegan las emociones, especialmente las femeninas, en la conducta humana

14.09.2018 00:00 h.
14 min

La historia de la humanidad ha sido tradicionalmente la historia de los hombres-varones. La mujere en la historia ha estado condenada al silencio, reducida su presencia al papel sobresaliente que algunas de ellas han tenido en momentos muy concretos, por circunstancias casi siempre azarosas. Recuerdo muy bien, como ejemplo, el libro de J. Onieva titulado Florilegio de mujeres españolas que leí en el franquismo en el que se hacían retazos biográficos de Isabel la Católica, Teresa de Jesús, María Pita, Agustina de Aragón y otras mujeres, reinas, santas o heroínas que habían salido del anonimato histórico en episodios o situaciones muy determinadas y que el mundo de hombres les había reconocido su excepcional significado. Excepcional, porque nada tenía que ver con la oscuridad tácita del rol tradicional de la mujer respecto al varón. El movimiento feminista empezó a consolidarse después de la II Guerra Mundial (el libro de Simone de Beauvoir El segundo sexo se publicó en 1949) y, a caballo del mismo, empezó a desarrollarse una historia de las mujeres muy distinta a la de aquellas ilustres heroínas de antaño como coartada para cubrir el espeso silencio sobre el colectivo femenino.

Paralelamente a los debates teóricos, en el ámbito anglosajón se generaron estudios sobre las relaciones de parentesco, la reproducción doméstica, el discurso heteropatriarcal (trabajos de Gerda Lerner), la tesis de género (con Joan Scott y Joan Kelly como primeras abanderadas) y la política sexual (término de Kate Millett). La historia de la mujer empezó a desarrollarse a través de historiadoras como Renate Bridenthal, Mary Beard, Natalie Z. Davis, las ya citadas Gerda Lerner o Joan Kelly, Elizabeth Fox-Genovese, Arlette Farge, Luisa Accati, Daniela Lombardi, etc. En España en los años 70 se empieza a difundir esta nueva historia a caballo de la labor espléndida de mujeres como Mary Nash y su Centre d'Estudis d'Història de la Dona de la Universidad de Barcelona o María Ángeles Durán con sus Seminarios de Estudios de la Mujer de la Universidad Autónoma de Madrid.

Eugène Delacroix   La liberté guidant le peuple

Alegoría de la libertad guiando al Pueblo, representada por una mujer / EUGÈNE DELACROIX

Se han publicado obras conjuntas de historia de las mujeres en España, como la dirigida por la Isabel Morant (Cátedra, 2005) y han emergido grupos de historiadoras con un impacto extraordinario en la historiografía española. Me refiero a María Victoria López Cordón, Mari Carmen García Nieto, Pilar Folguera, María Angeles Pérez Samper, Mariló Vigil, Elena Sánchez Hortega, Isabel Testón, Mónica Bolufer, María José de la Pascua, María Luisa Candau… Anna Caballé por su parte ha marcado magistralmente el canon de lo que deben ser los estudios biográficos sobre mujeres y de hecho ha surgido una épica feminista a caballo de la memoria de figuras como Mariana Pineda, Clara Campoamor, Flora Tristán, Dolores Ibárruri, convertidas, a veces, en contrapunto ideológico de las viejas glorias de mujeres-heroínas de antaño. 

No han faltado, ciertamente, los problemas teóricos y metodológicos. ¿Pueden los varones abordar la historia de las mujeres o el propio género predetermina e hipoteca? ¿Pueden superarse las raíces victimistas del discurso feminista? ¿Es posible una historia de las mujeres con una nueva periodificación distinta a la de la historia de los varones? ¿La historia de género está condenada a sólo ser historia de la misoginia y la explotación de las mujeres por los varones? 

Paralelamente a este desarrollo de la historia de las mujeres, se ha implementado una corriente historiográfica nueva: la historia de las emociones. Tras los viejos antecedentes de las obras de Febvre, Huizinga o Elias, Peter Burke ya estableció en 2005 los fundamentos de lo que tenía que ser una historia cultural de las emociones, buscando explorar la dimensión afectiva de la experiencia humana que popularizó la obra de Alain Corbin. La historiografía hoy parece estar marcada por lo que Peter Stearns denominará en los años 80 del siglo XX el giro afectivo (affective turn), un replanteamiento de la conducta humana y de los factores que la motivan. Frente a los biologistas, que interpretan las emociones en términos de anatomía cerebral, los historiadores han encontrado en el estudio de las emociones la explicación a muchas decisiones que ni la política ni la economía justificaban. 

Rosie the Riveter

Póster de Rosie the Riveter, uno de los iconos del feminismo

Hoy, el debate está más abierto que nunca entre lo biológico y lo cultural, lo predeterminado o lo construido a lo largo del tiempo. La historia de las emociones ha tenido grandes teóricos, como William Reddy, que estudió unos supuestos regímenes emocionales, dando por supuestas unas emociones normativas y casi virtuales. Bárbara Rosenwein que analizó las llamadas comunidades emocionales, Monique Scheer que sociologizó las emociones, Jan Pampler que por primera vez abordó una recopilación histórica de las mismas… En 2008 se crearon dos centros de investigación sobre historia de las emociones en el Instituto Max Planck de Berlín y en el Queen Mary de la Universidad de Londres, y en el año 2011 acaba de emerger un centro similar en Australia (Universidad de Adelaida).

Los cambios han afectado incluso al propio concepto emoción que se empezó considerando en el Diccionario de la Real Academia: una "alteración de ánimo, intenso y pasajero, agradable o penoso, acompañado de cierta conmoción somática", ha ido incrementado su identidad y abarcando todo tipo de sensaciones, reconvirtiéndose según la propia academia en "la percepción del alma en las cosas espirituales, con gusto, complacencia o movimiento interior", al mismo tiempo que la sensibilidad se define hoy como "facultad de los sentidos para recibir impresiones, particularmente de los objetos que causan pena o gusto". Emoción como movimiento, sensibilidad como capacidad receptora. 

La historiografía española no ha tardado en subirse a ese carro y ahí están, como mejor testimonio el libro ya clásico de James Amelang y María Tausiet: Accidentes del alma. Las emociones en la edad moderna (2009). Ciertamente, la investigación sobre esta temática se ha ido proyectando progresivamente hacia la historia contemporánea como si las emociones hubieran encontrado su tiempo más idóneo en el romanticismo. En España, Javier Moscoso y Juan Pro desde el CSIC han organizado coloquios sobre esta cuestión y debatido profusamente sobre la problemática teórica y metodológica, al mismo tiempo que se publicaban números monográficos como el de Cuadernos de Historia Moderna (2014), dossieres como el de Ayer (2015), y congresos como el organizado por María Luis Candau en La Rábida (2016). El miedo, el dolor, la melancolía, la pasión, la vergüenza, el orgullo, el odio… han sido estudiados tanto en su vertiente colectiva como individual deconstruyendo la vieja dicotomía razón-pasión. 

En los últimos años un cierto cansancio de las biografías de las mujeres ha conducido a hacer converger la historia de las mujeres con la de las emociones como demuestra el último libro de María Luisa Candau. Ciertamente, se ha acostumbrado a contraponer la tosquedad y simplicidad afectiva de los varones a la capacidad pasional y emocional de las mujeres. De hecho, la literatura hasta el siglo XIX abunda en ejemplos de la demonización de la pasión desordenada y destructiva atribuida a las mujeres frente al control racional de los varones. El romanticismo serviría para romper este arquetipo de género fundiendo las emociones de hombres y de mujeres. Curiosamente, el feminismo ha promovido la positividad del concepto de emoción femenina, confrontado a la insensibilidad y torpeza masculinas. La emoción como valor intrínsecamente femenino, instrumentalizado por los varones para el ejercicio de su dominación, sea en el marco que sea, desde la familia hasta los conventos. El amor matrimonial o místico como hipoteca que lastra permanentemente la autonomía de la mujer. 

Representación de la mujer según el Romanticismo

Representación de la mujer según el Romanticismo

Los retos de futuro que plantea el estudio de la historia de las emociones femeninas son múltiples. En primer lugar, encontrar las fuentes adecuadas. Hasta ahora se han explorado autobiografías y correspondencias, la literatura de la época, las fuentes judiciales en las que las situaciones-límite permiten abrir la caja de las emociones, los libros de viaje, las obras psicológicas y médicas, etc. Se ha analizado sobre todo la época contemporánea, con escasas inmersiones anteriores al siglo XVIII, y desde luego el discurso religioso de los tratadistas de teología moral, manuales de confesionario, sermones, constituye un vivero en la gestión de las emociones femeninas todavía inexplotado convenientemente.

El discurso religioso nos puede permitir acceder a la visión que desde el poder se tiene del universo sensorial y emocional femenino, con todo su aparato de prevenciones y anticuerpos en los que se filtran los arquetipos conceptuales que, desde el mundo masculino, se tienen del mundo femenino. Una lectura moralizante de las emociones femeninas en las que se pone en evidencia el cuadro de debilidades de las mujeres, no con el ánimo de estimular resiliencias sino en el de ahondar en la propia debilidad. 

El riesgo que supone tanto estudio de las emociones es el empalagoso sentimentalismo de la sociedad actual que, como ha escrito recientemente Félix Ovejero, intenta sustituir los argumentos por los emociones. La comprensión de la conducta por la vía emocional no justifica los desmanes de esa conducta, ni puede esconder la fuerza de la deliberación emocional.

En definitiva, hemos pasado de la historia de las mentalidades que tanto cultivó la tercera generación de escuela de Annales desde 1968, con su interés por el llamado inconsciente colectivo que ponía en cuestión que las decisiones históricas estuvieran sólo determinadas por la racionalidad, al giro afectivo. En la actualidad, se tiene la convicción de que la propia razón está contaminada de emoción y que la pasión emocional está presente en todas las actividades humanas. No se puede seguir interpretando la realidad histórica sin la asunción de la trascendencia de la variable emocional y olvidándonos del papel fundamental del género en la conducta humana. Lo contrario nos condena a una historia mutilada, alicorta y a todas luces, insuficiente para asumir la complejidad de la realidad.

[Este ensayo es una introducción a un ciclo de artículos que Crónica Global publicará desde mediados de octubre sobre Historias de Mujeres. Cada semana historiadores e historiadoras analizarán el perfil de una mujer, a partir de su mundo emocional, con el objetivo de divulgar el protagonismo femenino en la Historia]

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