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Literatura de tierra adentro / DANIEL ROSELL

Literatura de tierra adentro

Lejos de los códigos bucólicos y del tremendismo de la tradición, resurge una literatura de lo rural de nueva horma con espacio para la denuncia y alternativas frente a la crisis

27.07.2019 00:10 h.
14 min

Hay muchos libros que han hecho parada reciente en algún lugar del camino que va de la ciudad al mar. Por ejemplo, en Monachil, un pueblo enclavijado en las estribaciones de Sierra Nevada. O en Puebla de Sanabria, casi en lo alto de la provincia de Zamora. Otras veces importa menos el nombre, porque hay en sus páginas algo de papiroflexia donde se pliega una esquina de paisaje a la vez que se desliza una aventura. En todas ellas el tiempo importa menos, pero vale más. Como si no bastase con mirar y hubiera que pegarse a la tierra por los pies, como fijando mucho la existencia al suelo.

Son tantas las novedades que han puesto el foco en el mundo rural que podría explicarse esta repentina abundancia como un movimiento generacional, como si los nuevos narradores y poetas hubieran descubierto al unísono que en los escenarios de campo y aldea hay un filón creativo inexplorado. También se le ha ajustado la etiqueta de fenómeno editorial, acaso el último de ellos a tenor de las cifras alcanzadas por sus títulos más logrados, como la novela Los asquerosos de Santiago Lorenzo (diez ediciones y 50.000 ejemplares vendidos) o el ensayo La España vacía de Sergio del Molino, que ha sumado catorce reimpresiones y ha despachado más de 150.000 libros en poco más de tres años.

Esta obra de Del Molino, precisamente, se suele fijar como el último big bang del movimiento. Y, al menos, de su tremendo impacto es indicativo que el título haya servido para dar visibilidad a una realidad –La España vacía o la España vaciada: la despoblación de más de la mitad del territorio español– que antaño se reducía a un enfoque local, siempre reivindicativo, como las demandas lanzadas por plataformas como Teruel existe o Soria ¡ya!. En alguna ocasión, su autor ha explicado el éxito de su ensayo en una especie de afortunada sintonía general: “La España vacía ha conectado con un ambiente, un estado de ánimo que estaba aguardando ese debate pendiente sobre la España rural”.

Alguna reflexión similar ha elaborado Julio Llamazares a la hora de explicar el eco rotundo que tuvo La lluvia amarilla, que vino a profundizar en este surco casi a modo de ejercicio contracultural al plantear la historia del último habitante de un pueblo del Pirineo, Ainielle, en la España del pelotazo, cuando aceleraba hacia los fastos de 1992. “Supongo que el libro tocó una fibra. Alumbró, de algún modo, un tema que muchos estaban viviendo, si no ellos directamente, sí sus padres o sus abuelos: el paso de un mundo agrario y antiguo a un mundo urbano y moderno”, ha señalado el autor nacido en Vegamián, un pueblo leonés desaparecido bajo las aguas de un embalse. Esa circunstancia, sin duda, debe marcar la vida.

 La escritora María Sánchez (Córdoba, 1989), autora del poemario ‘Cuaderno de campo’ y el ensayo ‘Tierra de mujeres’. BLOG MARÍA SÁNCHEZ
La escritora María Sánchez (Córdoba, 1989), autora del poemario ‘Cuaderno de campo’ / BLOG M. SÁNCHEZ

En el sismógrafo de esta explosión neorrural es posible vislumbrar, de nuevo, otra pulsión social: acaso la globalización, acaso la crisis económica. A modo de alternativa al capitalismo. Incluso el ecologismo. O el feminismo, donde se ha ganado sitio el libro de María Sánchez Tierra de mujeres (Seix Barral). “Lo radical y lo realmente innovador sucede en nuestro medio rural. En nuestros pueblos. Lazos nuevos, tejidos que se crean, proyectos rompedores, ideas maravillosas, asociaciones, colectivos… y las que están detrás de todas estas iniciativas, en la mayoría de los casos, son mujeres”, dice esta veterinaria cordobesa, autora del poemario Cuaderno de campo, que cabalga ya en la editorial La Bella Varsovia por la duodécima edición.    

De esa forma de entender el mundo por dentro, por lo sencillo, por donde nunca se agota, hizo magisterio en sus versos el antequerano José Antonio Muñoz Rojas (1909-2009), en cuya estela se sitúan los autores anudados en la antología Neorrurales por el crítico y escritor Pedro M. Domene para la editorial Berenice. Son ocho poetas de distintas generaciones –Alejandro López Andrada, Fermín Herrero, Reinaldo Jiménez, Sergio Fernández Salvador, Josep M. Rodríguez, David Hernández Sevillano, Hasier Larretxea y Gonzalo Hermo– que coinciden, de alguna manera, en reconstruir un universo perdido, casi irremediablemente devastado en el que se ha convertido todo lo relacionado con lo rural.  

Este movimiento –y todas sus réplicas: desde la narrativa al verso– no sirve tanto para explicar qué sucede en el campo sino qué está ocurriendo en las ciudades y, más concretamente, entre sus habitantes. De un lado, una curiosidad por el origen, un interés por saber cómo vivían los abuelos y por qué emigraron los padres. Por otro, una búsqueda de refugio ante tantas inclemencias que han convertido el concepto de progreso en un eslogan hueco. “Toda una vida viendo a la gente dejar de ser para tener”, le resume un abuelo al profesor de Economía Aplicada de la Universidad de La Rioja Emilio Barco en uno de los artículos incluidos en el libro Donde viven los caracoles. De campesinos, paisajes y pueblos  (Pepitas de Calabaza, 2019).  

No se trata del callejón sin salida que propone la literatura apocalíptica –el mundo no tiene remedio: sólo queda derribarlo– sino de una salida de emergencia. Acaso la respuesta a la crisis social y económica está en una vuelta al origen, como defiende el guionista y escritor Rafael Navarro de Castro. “Del mundo rústico me interesan sus valores. Su espíritu independiente, su autosuficiencia, cómo son capaces de hacerlo todo. Nosotros sabemos mucho de una cosa, pero no sabemos nada. Mientras ellos cuidan la tierra, nosotros la expoliamos, la saqueamos, la exprimimos, la envenenamos y la contaminamos. Tenemos que aprender de ellos o tendríamos que haber aprendido porque ya es tarde”, afirma el autor de La tierra desnuda (Alfaguara).

Protesta de ‘La España vaciada’ en las calles de Madrid el pasado 31 de marzo. EFE
Protesta de ‘La España vaciada’ en las calles de Madrid el pasado 31 de marzo / EFE

Este interés ha dado cabida otras veces a la prospección sociológica. Y posiblemente, el barcelonés Marc Badal es quien con mayor fortuna ha escudriñado esa veta. “La ciudad es siempre la morada de algún tipo de poder. Es un centro. La mirada urbana ha escrito la historia. Ha determinado lo relevante y lo memorable. Ha definido a qué nos referimos cuando hablamos de cultura (…). El campo es la distancia a atravesar. Una realidad muda. Un entorno residual, vestigio de un tiempo superado, receptor de todo lo que molesta y no tiene cabida en la ciudad”, se lee en Vidas a la intemperie, publicado por Pepitas de Calabaza. Es un trabajo que acredita que la despoblación no es un fenómeno atmosférico sino la consecuencia de una voluntad política prolongada en el tiempo.

Es lo que también ha venido a certificar el periodismo cuando se ha adentrado en estas coordenadas. Lo hicieron ya en los setenta Eduardo Barrenechea y Antonio Pintado en La Raya de Portugal. La frontera del subdesarrollo, territorio que volvió a pisar en 2006 José Ramón Alonso de la Torre en La frontera que nunca existió. Por esta senda, Paco Cerdà alumbró en Los últimos. Voces de la Laponia española (Pepitas de Calabaza, 2017) la extinción de los pueblos de la Serranía Celtibérica, un territorio repartido entre diez provincias y cinco comunidades autónomas caracterizado por su escasa densidad de población. Sólo 7,34 habitantes por kilómetro cuadrado. Igual que la gélida y boreal Laponia, de la que adoptó, por contagio, el sobrenombre. 

Jesús Carrasco (Olivenza, Badajoz, 1972) reactivó la temática rural en 2013 con ‘Intemperie’. EFE
Jesús Carrasco (Olivenza, Badajoz, 1972) reactivó la temática rural en 2013 con Intemperie / EFE

La nueva hornada de creadores sí parece ocupada en apartar el campo de los códigos bucólicos y del tremendismo donde lo ha situado la propia tradición literaria. Es como si, durante mucho tiempo, fuera del lirismo y del horror no hubiera otro terreno de juego. En La familia de Pascual Duarte, Cela fijó la historia de un asesino en serie nacido en una aldea extremeña; Blasco Ibáñez remató Cañas y barro con Tonet matando a su hijo y suicidándose; Azarías acaba ahorcando en Los santos inocentes de Delibes al señorito Iván, quien humilla y desprecia al campesinado. Con variaciones, esta tendencia a la brutalidad está presente entre las primeras novelas de jóvenes autores como Daniel Ruiz García (Chatarra), Roberto Osa (Morderás el polvo) o Jesús Carrasco (Intemperie).  

Historia de una finca, José y Jesús de las CuevasPrecisamente Carrasco cinceló para su debut literario una alegoría sobre la naturaleza humana con un lenguaje preciso y una historia de contornos espaciales y temporales difusos. Fue recibida por la crítica como una mezcla entre Las ratas de Delibes y La carretera de Cormac McCarthy. El relato sobre la fuga de un niño a través de una tierra hostil y desértica convirtió a Intemperie en una sorpresa sonora, rotunda: publicada en 2013, acumuló veinte ediciones y más de ochenta mil ejemplares vendidos. En su segunda entrega, La tierra que pisamos (Seix Barral), el autor, natural del municipio pacense de Olivenza, se aproximaba sin tanta fortuna a una naturaleza indiferente al ser humano.

A su modo, esa vocación de estilo estuvo en el caudal de la literatura andaluza que se asomó al campo y a lo rural. En Caballero Bonald, por ejemplo. En Manuel Halcón. O en los hermanos José y Jesús de las Cuevas, de los que el sello Athenaica ha rescatado las novelas Historia de una finca y La bodega entrañable, título publicado originalmente en 1957 alrededor del mundo bodeguero de Jerez. También Pueblo lejano de Joaquín Romero Murube, donde, en opinión de Felipe Benítez Reyes, “las evocaciones resultan conmovedoras precisamente por ser recias, e incluso se aprecia un sustrato de ironía en su remembranza de los tipos y tipismos de aquel pueblo más lejano en el tiempo que en el espacio: el ámbito de una forma de vida en extinción”. Esta nueva oleada de literatura rural aspira a depositar toda su potencia en la sinceridad, desplegada a través de una prosa y unos versos donde las cosas son lo que parecen porque no pueden ser de otra manera, lo cual es también terrible, si se mira bien. Mientras la España vacía (o vaciada) no encuentra soluciones para la despoblación, la marginación social o la falta de servicios, se asoma desesperadamente en lo que cuentan estos libros. Esos que nacieron tierra adentro.
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