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César Manrique, universal desde una isla / DANIEL ROSELL

César Manrique: universal desde una isla

Se cumplen cien años del nacimiento del creador que configuró la imagen moderna de Lanzarote con sus intervenciones artísticas y su lucha contra la devastación turística

17.08.2019 00:00 h.
14 min

Existe una rara magia sonámbula en la isla que llevó a Michel Houellebecq a concluir: “Así será el mundo una vez muerto”. En medio de aquel paisaje alucinado y veteado de energías intactas, el escritor francés afirmó: “Me senté luego sobre un montón de guijarros. De color negro, era evidente que provenían de la erupción volcánica. [...] Tomé uno entre mis dedos: su tacto era suave y no daba sensación de aspereza. En los tres siglos, la erosión había hecho su trabajo. Me tumbé meditando sobre la confrontación, tan directa en Lanzarote, entre dos fuerzas elementales. La creación por el volcán, la destrucción por el océano”, anotó el autor en las páginas de Lanzarote. En el centro del mundo (Anagrama). 

Pero, antes del derrape del autor de Las partículas elementales, Lanzarote ya estaba en los mapas de tantos exploradores de luz o de silencio. Concretamente, lo que comenzó como un territorio de afán inexplorado y extrema periferia tuvo en César Manrique al ejecutor de un cosmos nuevo, algo así como un territorio mítico donde el espacio no limita con nada. O, en todo caso, con el horizonte, con el mar, con el cielo. En una de las instantáneas que le tomó el fotógrafo Linus G. Jauslin –en circulación, ahora, gracias a la exposición Manrique inédito–, el artista asoma abrazado a un mastín como un señor sencillo y profundo, con ráfagas de madurez tardía en el rostro. Nada hace entrever que quien ahí está es uno de los creadores más singulares del siglo XX español.

Así, al menos, queda fijado al hacer escrutinio de su vida y su obra al cumplirse el centenario de su nacimiento. Genio, creador total, hedonista, gran conversador, icono gay, defensor de la cultura popular, padre del ecologismo, César Manrique estuvo también entre los que encendieron a mediados de los cincuenta la lamparita loca del informalismo, poniendo al arte español en hora con el resto del mundo. Y eso que, al revisar las balizas de su biografía, todo indicaba que el destino (en el caso de que algo así realmente exista o tenga sentido) había dispuesto para él una existencia más amable desde el momento en que llegó al mundo encajado en una acomodada familia insular: el abuelo, notario; el padre, comercial del ramo de la alimentación. 

Podría decirse que Manrique fue un arrecifeño de 1919 que conoció de niño la luz de la playa de Famara y aquel hallazgo se le quedó dentro. Pasó por los estudios de arquitectura técnica en La Laguna y por los de pintura en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. Y antes por la Guerra Civil, como voluntario en el bando golpista. De su participación en aquella carnicería tan española se sabe poco, salvo que regresó en 1939 y, aún con el uniforme puesto, besó a la madre y a los hermanos, subió a la azotea de la casa, se desnudó, pisoteó con rabia la ropa, la empapó de petróleo y le prendió fuego. Con todo, según cuentan, esta adhesión a la causa franquista le sirvió de trampolín artístico en las primeras horas a través de becas, encargos y presencia en citas internacionales.   

César Manrique trabaja en el ‘Jardín del Cactus’, una de sus intervenciones en Lanzarote. FUNDACIÓN CÉSAR MANRIQUE
César Manrique trabaja en el Jardín del Cactus, en Lanzarote. FUNDACIÓN MANRIQUE

Sin embargo, pronto fue abandonando aulas y pistolas para quedarse en el universo artístico. Y con sitio propio. De algún modo, la obra de César Manrique es un proceso de descubrimiento y asombro de las posibilidades de la piedra, del metal, del color, de la arena y de la geografía, incluso. Una expedición que tenía en aquello que aún no se ha visto su bujía. Articuló un lenguaje propio con algo de enigma y de acontecimiento que imantaría toda su vida: la primera exposición individual, en Arrecife en 1942; la conexión con los hermanos Millares, especialmente con Manuel, fundador del grupo El Paso; la apertura de la galería Fernando Fé, consagrada al arte abstracto, o su aparición, ya en 1954, por la sala Clan, donde también colgarían Antonio Saura y Chillida.  

Además, en el transcurso de estos años, se casó y perdió a su esposa (Josefa Gómez), y trasladó su centro creativo desde Madrid a Nueva York. Allí recaló a finales de 1964 invitado por el pintor cubano Waldo Díaz-Balart, quien le puso en la órbita de los ambientes más rupturistas y libérrimos. “No he visto ciudad más humana, sorprendente y maravillosa. Aquí todo es posible, y la pintura se manifiesta de la manera más libre y experimental, sin la menor traba ni el menor prejuicio”, anota el artista, quien descubrió allí el amor homosexual. Además, el expresionismo abstracto americano y el arte pop le pusieron a hervir los sesos, como tiene ocasión de exhibir en un par de ocasiones en la galería Catherine Viviano, en Manhattan. 

Al cabo de cuatro años de idas y venidas, algo, llamado quizá añoranza, cortocircuitó la mente del artista. “Siento verdadera nostalgia por lo verdadero de las cosas. Por la pureza de las gentes. Por la desnudez de mi paisaje y por mis amigos [...]. Mi última conclusión es que el hombre en Nueva York es como una rata. El hombre no fue creado para esta artificialidad. Hay una imperiosa necesidad de volver a la tierra. Palparla, olerla. Esto es lo que siento”, confesó por carta a su amigo Pepe Dámaso. Al final de tanta exploración esperaba la casa propia. A los 48 años, se descubrió como un lugareño aferrado al fervor del hogar primero. El artista decidió regresar a Lanzarote. A esa tierra incompleta que es una isla, una piedra épica de puntillas sobre el agua.

Fue, entonces, cuando César Manrique despegó hacia el sol, al que casi llega acompañado por el arquitecto Fernando Higueras. Ambos se conocieron en la cola de una tienda de pinturas en Madrid donde el primero esperaba para pagar unos lienzos y se subieron a la aventura de convertir Lanzarote en una particular isla del tesoro. Así, por ejemplo, eligió como hogar el hueco de una colada de lava que originaron las grandes erupciones ocurridas en Lanzarote entre 1730 y 1736. Estaba en la localidad de Tahíche y la llamó Taro. Aquel lugar mágico se convirtió en la gruta de las maravillas del artista plástico, su laboratorio de pruebas, donde vivió entregado a un tiempo al hedonismo, la austeridad y la complicidad con la naturaleza. 

Panorámica de ‘Jameos del Agua’, el primer centro de arte, cultura y turismo concebido por el artista. FUNDACIÓN CÉSAR MANRIQUE
Panorámica de Jameos del Agua, centro de arte concebido por el artista. FUNDACIÓN MANRIQUE

A este modo de vida le colgó, además, un destino: él aspiró a mostrar al mundo la belleza primitiva de Lanzarote bajo el compromiso de su conservación para generaciones futuras. En este punto, Manrique abanderó, en su momento, una pasión contracultural: sus acciones a favor de la preservación del medio ambiente en aquel rincón del archipiélago canario iban en dirección opuesta a la explosión turística que enarbolaba la España del desarrollismo en la década de los sesenta y los setenta. Si hay que buscarle réplicas a lo suyo, quizás hay que echar mano del land art propulsado en Europa por creadores como Robert Smithson, Richard Long y Christo, aunque el canario gastó en sus actividades una escasa visión comercial.   

Además, dado los tiempos que corren, cabe destacar que su pulsión ecologista nunca estuvo acompañada de algo parecido a la turismofobia. Así, él defendió que la industria turística generaría riqueza y futuro para Lanzarote: “Si a nuestras bellezas naturales les pudiéramos encontrar un complemento este sería nuestro porvenir”, aseguró alguna vez. En consecuencia, se empleó con pasión en introducir procesos de actualización arquitectónica, urbanística y social, aunque, al cabo de pocos años, el suelo de la isla comenzó a ser objeto de una galopante especulación. Quedan fotos del artista al frente de una manifestación, obstaculizando los trabajos de una obra o lanzando encendidos titulares contra la proliferación de coches. Acaso el avance imparable de la maquinaria capitalista fue el punto más débil de su heroica tarea.

Según todos lo testimonios, con el apoyo fundamental de Pepín Ramírez Cerdá –amigo de la infancia, alcalde de Arrecife y, en esos momentos, presidente del Cabildo Insular de Lanzarote–, César Manrique activó una serie de intervenciones monumentales en la isla bajo la premisa fundamental del respeto a la geografía y al paisaje. Entre otras, convirtió unos tubos volcánicos, abandonados entre escombros, en un espacio mágico llamado Jameos del Agua con una enorme cueva acuática en el fondo y un restaurante y una piscina a un lado. A su imaginación también hay que atribuirle un observatorio de extraordinaria belleza, el Mirador del Río, enfrentado a la isla de La Graciosa. La Cueva de los Verdes, el Museo del Campesino y la ruta de los volcanes en el parque nacional de Timanfaya son algunas otras de sus creaciones. 

Una de las estancias del hogar de César Manrique, hoy sede de su fundación. FUNDACIÓN CÉSAR MANRIQUE
Una de las estancias del hogar de César Manrique, hoy sede de su fundación. FUNDACIÓN MANRIQUE.

En paralelo, la creatividad manriqueña se desplegó en otros soportes como la pintura, donde no renunció al atrevimiento al incorporar nuevos colores y materiales, y la escultura, que le sirvió para explorar el movimiento, las formas simples y la evocación campesina en los denominados Juguetes del aire. Una buena muestra de esa actividad está recogida en la exposición Universo Manrique que celebra los treinta años del Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM) de Las Palmas de Gran Canaria (hasta el 29 de septiembre). La muestra, diseñada por Katrin Steffen, selecciona doscientas piezas a modo de inventario de incursiones plásticas, así como diseños, trabajos como interiorista e intervenciones arquitectónicas. Además, cartas, fotografías y documentos de distintas procedencias explican a César Manrique por dentro.

Paradójicamente, a aquel artista alimentado por el extravío de la imaginación y la gramática de la naturaleza le sorprendió la muerte en la carretera. Cuentan las crónicas que el 25 de septiembre de 1992, hacia las dos y cuarto de la tarde, un todoterreno impactó de forma violenta contra el Jaguar que conducía Manrique, quien había ignorado una señal de tráfico al tratar de incorporarse a la vía principal de Arrecife. Tenía 73 años y muchas vidas gastadas por dentro. Queda la duda de si este artista libre y valiente llegó a comprender que pertenecía a la insólita raza de esos seres de los que no importa tanto el origen de su vuelo como el porqué de su impulso. Y de su caída. Acaso él lo dijo con sus propias palabras: “Yo soy un contemporáneo del futuro”. 

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