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Calamaro / DANIEL ROSELL

Calamaro, honestidad al borde del abismo

Se van a cumplir 20 años de la grabación de 'Honestidad Brutal', el doble álbum que cambió la manera de entender la música rock escrita en español

20 min

Andrés Calamaro, con un termo para el mate en una mano y una grabadora en la otra, está de pie, en un ángulo oscuro de su recién inaugurado estudio casero, le acompañan tres músicos de su más íntimo cogollito lírico-sentimental: su hermano Javier, Coti y el Cuino Scornick. Los colegas  saben que se encuentra en el epicentro de otra ruptura sentimental, anda jodido y con bronca. Hace poco acaba de llegar a Buenos Aires. Saben que suele saltar el charco cuando intuye que anda al borde del psiquiátrico o de la trena. Ha estado callado la mayor parte de la noche y ahora, después de horas de grabación, Andrelo parece aún más distante, con la mirada perdida en el humo del cigarro mojado, ese canuto hecho de pasta base y ceniza –"te llevaste la ceniza y me dejaste el cenicero, pero igual te quiero"--, de espaldas a la  ventana que enmarca el horizonte del Gran Buenos Aires, un ciudad que "además de cemento es carne y hueso y sangre".

Falta un mes para que cumpla los 36 años y los cuatro creen que han acabado en tres o cuatro sesiones la grabación de su nuevo disco después del éxito de Alta suciedad (DRO, 1997). Los cuatro jinetes de la poca monta tienen ya 19 canciones buenas, directas, dramáticas, atentas a auscultar el pulso de un amor convaleciente, quién sabe si muerto o zombie. Es abril del año 1998. Lo que no saben los integrantes del minúsculo y modesto combo es que la aventura no ha hecho más que empezar. Tienen por delante años de grabaciones maratonianas entre Madrid, Miami, Buenos Aires y Nueva York, jamacucos varios, reyertas, juicios por desorden público, invitados variopintos, nuevos clásicos, aduanas difíciles de cruzar, dos discos mastodónticos, todos los discos el disco, más de mil canciones que cambiarán la historia de la música popular en castellano. Pero rebobinemos.

El palacio de las flores

El pequeño Andresito carece de barrio, pero tiene tren. Vive en pleno centro de la ciudad, frente a la estación Retiro y, vista con perspectiva, toda su carrera parece un esfuerzo por salir de allí –sin perder la esencia– para ganar también los barrios y las villas. En su living ensayan Les Luthiers y es amamantado entre Punta del Este y Palermo. Calamaro se siente integrante de la antepenúltima generación de una familia cultural, atea, socialista y feminista, un mafaldista total. A los ocho, claro, ya toca el bandoneón y poco después, puro golden boy, funda y elimina bandas como Grupo Erecto y Morgan como quien ceba mate dulce. Antes de los 18 se estrena como instrumentista con el grupo folk Raíces hasta que, recomendado por los mayores, se cuela en el supergrupo que Miguel Abuelo –ídolo local, "mezcla rara de ángel y calle"– crea de vuelta de su exilio tras la dictadura.

Andrés Calamaro

Andrés Calamaro durante un concierto / LIVEPICT.COM

“Muchos años atrás, o pocos años, según si pensamos en una vida o en la geografía, Miguel nos reunió como Los Abuelos de la Nada para brindar nuestras canciones a los amigos ausentes, a los prisioneros, a los desposeídos y a la democracia”, diría después AC. Pero el artista adolescente no se conforma, siente la necesidad de “grabar un álbum antes de los veinte con la urgencia del debut sexual”. Calamaro graba y publica sin demasiado éxito hasta cuatro discos como solista. En aquel momento, parece que si el olvido es la meta, él ya hubiera llegado antes. Hasta que una noche de principios de los 90, en una Argentina saqueada por otra de sus crisis crónicas, apenas vende cincuenta entradas para un concierto en el centro. Entonces, como quien abre la puerta por primera vez, decide cruzar el charco y largarse a su erasmus total: doctorado musical en Europa. Al otro lado le esperan Ariel Rot y los colegas en lo que luego serán Los Rodríguez. Patrimonio cultural argentino trasplantado a la península, como si Riquelme, Saviola y Messi se nacionalizaran una tarde para la Roja. 

Sin documentos

Con Los Rodríguez intenta (y la cosa fructifica) una mezcolanza a priori difícil: aunar en una misma salsa el ruedo ibérico y la pista de baile popular latina, Gabinete Caligari y Charly García, la rumba y el rock Consiguen un éxito extraño, como tantos otros grupos españoles, que solo acaba siendo masivo cuando deciden disolverse, como si solo nos gustara aquello que ya no podemos poseer o se ha perdido. Se despiden brindando a lo masivo con su copa vacía: hasta Coque Malla canta en su hit póstumo Hace calor y el propio Calamaro y Ariel Rot entienden que deben emprender carreras en solitario. Rot tirará de la tan querida en Argentina veta stoniana (como con Tequila, pero para mayores) y Calamaro se queda a caballo entre Madrid y Baires  donde graba con todo lujo discográfico Alta suciedad, confirmando su vocación para las masas y su buen gusto en la elección de músicos y productores.

La inversión económica será devuelta con creces a la discográfica, que olerá la sangre y pedirá un disco inmediato, cosa que, inesperadamente, Andrés aceptará realizar gustosamente, pero subvirtiendo las condiciones, inaugurando sus músculos contracorriente. Alta suciedad se convierte en una suerte de disco intachable. De una vuelta de tuerca al mainstream en castellano. Joya de música casi instrumental –la voz es tratada como un instrumento más– y es producido por Joe Blaney y sus sospechosos habituales en el pleno centro de Manhattan: músicos de sesión de la talla de Marc Ribot, Hugh McCracken, Charley Drayton y Ken Fradley, integrantes de las bandas, canela fina, de Van Morrison, Tom Waits o Johnny Cash

Honestidad brutal

Andrés parecía haber llegado a su cumbre profesional, ahora sabemos tal vez lo fue en cuanto a ventas, en absoluto en lo artístico. Se van a cumplir 20 años del inicio de la grabación del que debería haberse llamado Aterrizaje forzoso –título demasiado explicativo, según Rodrigo Fresán–. El doble álbum falso, en realidad ocuparía tres longplays y medio en la época de los vinilo, que situó al artista argentino en el centro del mundo musical cantado en castellano, acaso del centro del mundo musical si el mundo anglosajón no considerara a todo lo no cantado en inglés World Music. Honestidad Brutal (DRO, 1999) es un disco total y vocal. Una torre de la canción donde lamerse las heridas –"a las heridas hay que dejarlas ahí, que sangren"-- e infringirse algunas nuevas. El disco​ que podría haberse grabado en una semana, confiesa Andrés, pero entonces el año hubiera sido demasiado largo.

andres calamaro

Portada de Honestidad Brutal

La composición y grabación utilizada como terapia que aleja a la parca, como única rehabilitación posible –"como un Marlon Brando, rompiendo la camiseta"– seguir la deriva tóxica y exprimir hasta el fondo el aguante y la creatividad de todos los presentes. Más allá de los créditos de grabación y producción, Honestidad Brutal carece de ficha técnica respecto a los músicos, nadie recuerda quién grabó qué, y sobre los desmanes del proceso de creación se cierne una especie de omertá, "gente fina delincuente", que Darío Manrique trata voluntariosamente de cercenar en el valioso Honestidad Brutal o la huida hacia delante de Andrés Calamaro, publicado en la colección Cara B de la editorial Lengua de Trapo. 

Si los Beatles tienen su disco Blanco, Honestidad es el disco Rojo de la música popular en castellano. Rojo y negro en la portada, rojo y negro en el interior: sangre, pasión, vino. El primo latino del Blood on the tracks dylanita.  Si el boom fue el movimiento literario que desde América hizo entrar al idioma en la vanguardia de la literatura, algo análogo pasa con la figura de Calamaro y Cía (Fito, Charly, Drexler, Kevin Johansen) con el rock. Las 37 canciones –elegidas de entre un total de 100--  consiguen inaugurar un tiempo nuevo y extraño; reúnen a la parroquia indie y a la comercial alrededor de mismo "tilín en el corazón", coreando el mismo estribillo perfecto, recuperando la memoria sobre viejos tangos y jugando con todos los géneros musicales en una suerte de antología personal. A la vez, también reivindicaba la patria amplia del folclore escrito en castellano pasado por un escuchante de toda la música popular anglosajona.

Que otros se enorgullezcan de lo que tocan, yo lo hago de lo que escucho, parece decir. Lo mismo podías escuchar sus canciones en los 40 que en Radio 3, escribían de él los intelectuales de cabecera y Joaquín Luqui le cubría de epítetos épicos. Salía en la tele en el programa de Buenafuente y era elegido el mejor disco del año por Rockdelux. Por lo que no hacer una nueva gira mastodóntica por España parecía desaprovechar un pase de gol perfecto y Andrés es extramadamente futbolero, hincha de Independiente y de Maradona. Recuerden que estamos a finales de los 90: los festivales no son todavía masivos, los presupuestos de las fiestas mayores municipales son generosos y las tiendas de discos se aprovechan de la todavía considerable oferta musical en televisión. Buenos tiempos para según qué líricas. Aunque el fantasma de Napster ya recorre el continente musical –se creó en 1999– todavía no tiene el impulso que conseguirá en el 2001. Con el siglo nuevo caen las Torres Gemelas y con ellas, poco a poco, lo hace también el modelo de industria discográfica de máximos. 

El último disco del  XX y el primero del XXI

Se pueden escribir canciones a la Cohen o a la Dylan. Leonard le preguntó cuánto había tardo en escribir Knockin’ on heaven’s door al de Minessotta, Bob le dijo que unos quince minutos. Después, Dylan le preguntó cuánto había tardado él en escribir Hallellujah, Cohen respondió que aproximadamente unos cinco años. Calamaro, en esto, es de los de Dylan, su velocidad de escritura es de vuelta rápida, metiéndose de lleno en la zona sucia –se oye hasta el moco–, tecleando en la pecera de al lado mientras los músicos acaban su parte. La lengua popular de Calamaro no desdeña americanismos, anglicismos o casticismos, no hace ascos a ninguna tradición musical que sienta propia (tango, funk, bossa, rock, pop, ranchera). 

Bohemio

Portada de Bohemio

La relación de Calamaro con el lenguaje también es intensa, problemática a lo Finnegans Wake. Hace unos años publicó Paracaídas y vueltas, suerte de autobiografía-- y escribe regularmente en prensa y en las redes sociales. Y sin embargo, pese a su  calidad, no es ahí donde encuentra la excelencia. Sí en algunas letras de sus canciones, escritas en una suerte de patois castizoporteño, donde conjuga argentinismos del palo con casticismos en un mejunje especiado y sabroso. Un idiolecto a tener en cuenta. No hemos hablado de canciones porque el concepto unitario del disco –ese objeto obsoleto y sin embargo significante– está por encima de individualismos de tres minutos, pero el tiquitaca de Honestidad Brutal tiene sus Messi y sus Iniestas: Los aviones, Te quiero igual, Clononazepán y circo o Aquellos besos son cumbres –así sin ambages– de la música popular finisecular, dicho queda.

Como si dentro de su estudio –bautizado como Camboya Profunda por la influencia de Apocalipsis Now-- hubiera tenido acceso a un subterráneo donde hubiera dado con un Aleph de lo musical. Lo importante no es tanto verlo –el Aleph contiene todos los momentos del universo condensados en un solo punto—si no saber que hacer con ellos. En el famoso cuento de Borges se muestran dos posibilidades. El personaje Carlo Argentino Daneri decide narrarlo todo de manera barroca y fracasa,  la opción del propio Borges –que también sale como personaje de ficción– es contarlo mediante la elipsis. Digamos que Honestidad Brutal rinde tributo al método de Borges y El Salmón (DRO, 2000) –su siguiente “disco”, por llamarlo de alguna manera– a Daneri. La manera que tenía Andrés y su troupe de llegar a ese Aleph era, por decirlo así, más psicotrópica, sí, pero las miradas fueron igual de fructíferas. Hay dos maneras de enfrentarse a la totalidad, parece explicar el cuento. Las dos maneras son Honestidad Brutal y El salmón.  

Calamaro

Calamaro, en uno de sus estudios domésticos de grabación

A Calamaro sí que parece haberle afectado el efecto 2000. Entre el final de Honestidad y el inicio de El Salmón apenas parece existir solución de continuidad escatológica, de final de los tiempos.  Les une el mismo proceso de grabar, editar, crear y volver al trabajo, pero llevado hasta las últimas consecuencias. Podríamos considerar a Honestidad como el último mejor álbum en castellano del siglo XX --moderno pero todavía deudor de cierta estructura discográfica profesional-- y a El Salmón –un pentacampeón de 104 canciones-- el precursor de lo que será el inicio del siglo XXI. Anticipador  en su desmesura la superación del formato CD finisecular, casi una infinita playlist antes de que existieran las playlists, un tutorial didactiquísimo del do-it-yourself venidero, un reunir versiones casi traperas y avalancha de datos sin demasiado filtro, buque insignia del marasmo anticipatorio del completismo de las descargas o Spotify. Por no hablar de sus ramas posteriores, los centenares de canciones colgadas en la página web Deepcamboya, la música es de los que la quieren escuchar y nadie más. Pero El Salmón merece historia propia.

Epílogos

Todo el mundo tiene derecho a su década prodigiosa, declaró, tal vez jocoso, Calamaro a El País hace algunas semanas, tal vez ya reconciliado con su pasado. Hasta ahora, manifestaba la perplejidad de que en Europa no le hiciéramos caso a sus últimas obras postsalmón--. Desde su nueva vida ordenada --qué diferentes resultan las mañanas después de haber dormido durante la noche-- tal vez la situación se vea más clara y declara el orgullo por las consideradas por crítica y público sus obras mayores

Aunque algo de razón lleva, cuando los escuchamos contemporáneamente, creemos que los nuevos discos de Calamaro ya no nos gustan tanto, acaso rescatamos una o dos canciones de la colección. Es un problema de expectativas claro –cada uno de esos discos contiene un par de nuevos clásicos– y quién sabe si de tiempo. Si volvemos a discos posteriores como El cantante, Tinta roja, La lengua popular o El palacio de las flores no podemos más que regocijarnos ante su calidad y libre albedrío. Con AC parece que sucede algo parecido que con las películas de Woody Allen, siempre nos parecen más buenas las de hace una década. Dejaremos pues, pasar el tiempo necesario para juzgar con equidad sus últimos trabajos mientras él, sin poder controlar la risa loca de saberse tocado por la musa, ya está en otro lugar.