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El poeta norteamericano Walt Whitman (1819-1892)

Whitman, poesía sin colgaduras

Dos siglos después de su nacimiento en West Hills, la obra del poeta fundacional de Norteamérica sigue cantando al individuo e influyendo en la cultura contemporánea

30.05.2019 00:00 h.
10 min

Bukowski, a quien nadie se le ocurriría calificar como poeta nacional --su única patria era el espanto-- publicó en la revista underground Ole (1965) un manifiesto --“A Rambling Essay on Poetics and the Bleeding Life Written While Drinking a Six-Pack (Tall)”-- donde escribe: “Whitman lo entendió al revés. Para tener un gran público antes debemos tener gran poesía”. Léase: poesía​ honesta, sincera y cruda. Aunque sea escribiendo lo que –para la estrecha mentalidad decimonónica de la época– eran obscenidades no muy distintas a la pornografía que inspira las mejores piezas del escritor de Los Ángeles, uno de sus involuntarios sobrinos, herederos del espíritu humano, demasiado humano, al que Woody Guthrie, el trovador de la América real, poblada por un ejército de fracasados cuya única hermandad es la desdicha, dedicó un poema al que le puso música Willy Bragg para un disco de Wilco. Prueba de cómo la semilla milagrosa de Whitman sigue dando sus frutos culturales.

Harold Bloom considera la obra de Whitman el centro del canon literario norteamericano: “Ningún poeta occidental, desde mediados del siglo XVIII, es capaz de hacerle sombra”. La devoción del crítico literario es categórica: “No hay nada tan intenso, sublime y directo en la segunda mitad del XIX”. Federico García Lorca le dedicó una Oda de Poeta en Nueva York: “Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,/he dejado de ver tu barba llena de mariposas/ni tus hombros de pana gastados por la luna,/ni tus muslos de Apolo virginal,/ni tu voz como una columna de ceniza;/anciano hermoso como la niebla/que gemías igual que un pájaro/con el sexo atravesado por una aguja,/enemigo del sátiro,/enemigo de la vid/y amante de los cuerpos bajo la burda tela”.

Neruda, el poeta chileno, compuso otra con versos como balas: “Sin /desdeñar / los dones / de la tierra, / la copiosa / curva del capitel, / ni la inicial / purpúrea / de la sabiduría, / tú / me enseñaste / a ser americano, / levantaste / mis ojos / a los libros, / hacia / el tesoro / de los cereales: / ancho, / en la claridad / de las llanuras, / me hiciste / ver / el alto / monte / tutelar. Del eco / subterráneo, / para mí / recogiste / todo, / todo lo que nacía / cosechaste / galopando en la alfalfa, / cortando para mí las amapolas, / visitando / los ríos, / acudiendo en la tarde / a las cocinas”.

Walt Whitman a los 36 años¿Quién diablos era Whitman para suscitar estos elogios? El poeta de West Hills (1819-1892), de cuyo nacimiento se cumplen ahora dos siglos, ha pasado a la historia como el profeta de un pseudocontinente –Norteamérica– que ha escrito su propia historia a partir del fecundo mito de la Nueva Jerusalén. Un territorio marcado por una naturaleza aterradora visto a través de los ojos de un hombre –“yo soy el individuo”, escribiría don Nicanor (Parra), otro cofrade de la estirpe whitmaniana– en busca de la Tierra Prometida. No es de extrañar que ante tan poderosa imagen –la piedra fundacional de una cultura y una mentalidad– las posteriores generaciones de escritores norteamericanos, y especialmente los poetas hispanoamericanos, se hayan rendido sin presentar batalla. Ahí está todo: el hombre moderno, rudo pero delicado, perdido y orgulloso, cantándose a sí mismo, celebrándose. Mostrándose igual que Jesucristo: como un ser irrepetible y poderoso. Un alma, un personaje y también un ser de carne y hueso, enamorado –según las biografías– de un conductor de ómnibus –Peter Doyle (en la imagen)– al que sólo se atrevía a tocar en público la rodilla. Todos conviviendo bajo un mismo nombre.

Whitman con su amigo Peter Doyle (1865)

La poesía de Whitman es el punto de arranque, tras los balbuceos románticos, de la literatura prosaica en inglés. Su obra capital – Leaves of Grass– se publicó en 1855, antes de la primera formalización teórica de los poetas franceses sobre el verso libre, que es la gran revolución de la poesía moderna y, en el fondo, una innovación muy antigua, pues toma su espíritu de los extraordinarios versículos de la retórica bíblica, convirtiendo la métrica regular –basada en la repetición rítmica de las sílabas y los acentos– en un espacio abierto al flujo espontáneo de la conciencia del poeta. En este caso, un extraño cuáquero de ojos azules y barbas pobladas, con una sexualidad compleja –se le atribuye la condición de homosexual, aunque también podríamos hablar de un Whitman bisexual o, como señala Bloom, de un onanista– que reelaboraba el mismo volumen de versos una y otra vez, añadiendo poemas nuevos donde desmiente el soniquete con el que –todavía– algunos identifican a la poesía.

Leaves of Grass (1855)Whitman liberó de los corsés heredados el verso tradicional inglés. Y lo hizo por intuición, sin manifiestos. Encontró el vehículo en los salmos y en las oraciones pretéritas que los judíos elevaban, mediante una hábil sucesión de repeticiones que ayudaban a la memorización, a Yahveh, el Dios del Antiguo Testamento. Sus versos violentan la métrica. No parecen versos. Fue también el primero en apartarse de la idea del poeta como un vidente –encarnada por Rimbaud– para convertirse en la voz de un pueblo que, sin embargo, ya no predica desde la colectividad de los arquetipos –como hacían los clásicos– , sino desde la subjetividad individual. Whitman no es parte de un coro. Él solo es el coro. El solista y la orquesta. No ofrece a sus lectores ni belleza de saldo ni dignidad. Les propone otra cosa: la trascendencia artística del mundo terrestre.

Edición de las 'Obras Completas' de Walt Whitman (1902)“La expresión del poeta norteamericano pasa a través de las cosas y va más lejos. Que las épocas y las guerras de otras naciones sean celebradas e ilustrados sus personajes, y que este sea el último verso. No será así el gran salmo de la República”, escribirá. Su épica parte de la experiencia vital, hedonista, excesiva. Su poesía despoja la expresión de colgaduras.

En el Prefacio de Leaves of Grass (1855) proclama: “La soltura y los adornos de los poemas, de la música, de los discursos y las mejores recitaciones, no son independientes, sino dependientes. (…) El amordazamiento y el oropel de un millón de años no prevalecerán (…) El placer de los poemas no está en los más hermosos metros y metáforas y rimas. Sin esfuerzo y sin mostrar en modo alguno cómo se hace, el más grande poeta consigue que el espíritu de acontecimientos y pasiones, y escenas y personas, afecten a tu carácter individual”. Frente a lo que se piensa, Whitman no es un rupturista, sino un reformador. Su poesía persigue la espontaneidad y la naturalidad.

Es un poeta con sombrero que elige bajarse del atrio, hacerse carne y cantar las aspiraciones de un hombre cuya nación acaba de nacer. Lo trascendente para él no son los grandes temas, sino los objetos reales, aunque se canten en “versos imperfectos”. “Empieza a existir un territorio nuevo, más firme, más vasto, al que tendrá que emigrar el genio poético. El Viejo Mundo ha tenido sus poemas de mitos, fábulas, feudalismo, conquistas, jerarquías, guerras dinásticas, personajes y asuntos excepcionales; esos poemas han sido grandiosos; pero el Nuevo Mundo necesita los poemas de la realidad, de la ciencia, del promedio democrático y de la igualdad básica; esos poemas serán más grandiosos porque en el centro de todas las cosas se yergue el ser humano”. Whitman fue un moderno de hace dos siglos cuyas intuiciones todavía iluminan a sus herederos y también a sus generosos apóstatas. Es la virtud de los poetas ecuménicos.

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