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Al volver a ver 'Milonga' de Carlos Pazos

'Milonga', de Carlos Pazos

El asombroso privilegio Enrique Vila-Matas de ver colgadas en las paredes de la sala Whitechapel de Londres seis o siete de sus piezas preferidas

20.01.2019 12:49 h.
7 min

Tiene el asombroso privilegio Enrique Vila-Matas y, después de él, lo tendrán sucesivamente otros tres escritores, de ver colgados en las paredes de una sala de exposiciones, concretamente una sala de la Whitechapel de Londres, las piezas de arte de los fondos de la colección de La Caixa –que es una colección estupenda, donde hay de todo— seis o siete de sus piezas preferidas.

Para el espectador es una propuesta sin duda interesante, pues tiene que serlo acercarse a una breve colección particular que ha sido seleccionada por el gusto de una mente literaria determinada; una mente que, es inevitable, establece entre las seis piezas relaciones inesperadas en las que él se refleja, se define o se recrea.

Digo que para el espectador es interesante pero para el “comisario” accidental –en este caso para Vila-Matas-- es todo un privilegio: recabar la colaboración de los artistas contemporáneos para explicarse de otra manera, para hablar por boca del esfuerzo y de las visiones de otros. En cierto sentido es hacer realidad el tremendo cuento de Onetti Un sueño realizado

El proyecto de la Whitechapel además es de una gran oportunidad en un momento histórico como éste, en el que como es notorio los literatos tienden a dar la espalda a las artes plásticas contemporáneas, un volverles la espalda despectivo. No sé si se dio en otras épocas un distanciamiento así, que es lamentable y hasta grotesco como provocarse una ceguera voluntaria sin ninguna necesidad. Yo le diría a estos escritores lo que Miguel Strogoff, supuestamente cegado por el traidor Iván Ogareff, le decía a Nadia en el momento de cruzar el lago Baikal, en la novela de Julio Verne:

--¡Mira bien, Nadia, mira bien!

Es verdad que algunos escritores, una distinguida minoría, separándose de esa autopunitiva ceguera, se han acercado con curiosidad a las artes visuales. Y por cierto que éstas se lo han agradecido con creces. Por ejemplo, ahora recuerdo que el mes pasado estuve presentando en Madrid el libro –un libro entero, efersvecente, desbordante de ideas—que Eloy Fernández Porta ha dedicado a la obra de Oriol Vilanova, que le sirve de trampolín para numerosos excursos y meditaciones. Y recuerdo que hace unos meses leí un libro de Aira (el título, en cambio, no lo recuerdo) donde hablaba de su afición apasionada a las revistas de arte contemporáneo como Art Forum por la inspiración que encuentra en las obras más abstrusas de los artistas de hoy. Iván de la Nuez está a punto de presentar en la Alhóndiga de Bilbao una exposición sobre otros escritores que tienen una relación directa y hasta íntima con las artes plásticas.

En el caso concreto que nos ocupa, me impresiona que Vila-Matas haya elegido para su “colección particular”, para su salón efímero, seis piezas de otros tantos autores que para mí también son importantes y muy elocuentes. Por ejemplo una foto colosal del fotógrafo alemán Andreas Gursky. Y un emocionante video de Dora García –creo que es burgalesa y vive en Barcelona-- que meses atrás ya comenté aquí que era de lo mejor que se exhibía en su desigual retrospectiva en el Reina Sofía: La lección de respiración. Por no hablar de una fotografía de Carlos Pazos, “Milonga”, del año 1980, que desde que la vi no ha dejado de inquietarme.

¿Por no hablar de Milonga? Al contrario, hablemos.

Con una reproducción de esa obra supongo que este diario ilustrará estos párrafos, así que me ahorro el trabajo de describir con todo el detalle que merecería esa imagen mesmérica en la que el mismo artista, entonces un joven muy elegante y fitzgeraldiano, acodado en una barra de bar, adopta una pose de meditabunda melancolía cercana a la desesperación. Por encima de él brilla un tubo de neón verde, si no recuerdo mal.

Y si no recuerdo mal, por lo menos en una ocasión en que vi expuesta esa foto el tubo de neón no estaba integrado en el plano del papel fotográfico, sino que era un tubo “real”, acoplado encima de la imagen, aportándole cierta tridimensionalidad de “instalación” y subrayando un sentido de lejanía y de teatralidad respecto a lo que representa. (Pero puede que esto me lo invente y que esa foto tan obsesiva haya ido generando en mi imaginación alguna variante como ésta). Como las canciones de Roxy Music que tanto le gustaban a Pazos, la melancolía es auténtica y a la vez impostada. Aunque estén tan socorridos no me resisto a citar los versos de Pessoa que aquí vienen tan bien: “El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente”.

Creo que hay que ser de mi generación –una generación algunos años más joven que Pazos— para entender la fuerza corrosiva, al mismo tiempo afirmativa e irrisoria, de esa foto. Como siempre me pasa ante las obras maestras sobre todo cuando tienen ese aire de casualidad sin esfuerzo, pensé: “No sabía yo que esto se podía hacer”.

Ahora me sonrío al recordar que me sentí positivamente escandalizado al verla por primera vez. Para explicar por qué tendría que extenderme, pero temo abusar de la paciencia del lector; y además tengo que acabar aquí el artículo porque en estos mismísimos momentos voy a entrar en la Whitechapel. Estoy entrando. He entrado.

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