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ordesa manuel vilas

Vilas, sustantivo común

El aragonés parece haber dado un último salto definitivo hacia la consagración como escritor central de nuestro tiempo

5 min

Manuel Vilas (Barbastro, 1962) suele aparecer en sus poemas caracterizado como Gran Vilas. Un alter ego ficcional, entre lo irónico y lo mítico, que transita autopistas vacías a lomos de coches de media cilindrada, que engulle menús ultrabaratos de comida rápida, que fatiga tragos largos y celebra y denuncia el tardocapitalismo en el que nos vemos instalados, como el fantasma punk que recorre este país en crisis. Vilas ha escrito en su obra poética tal vez el retrato más fiable de la España de las últimas décadas. Ahí es nada. Pero no se vayan todavía, que aún hay más.

Sin menoscabo de su obra anterior, después de la publicación de Ordesa --¿será posible llamarla novela?-- el aragonés parece haber dado un último salto definitivo hacia la consagración como escritor central de nuestro tiempo. Ordesa es una obra autobiográfica que se sumerge en la estructura profunda de la relación entre padres e hijos. La acaba de publicar Alfaguara y ya anda por la cuarta o quinta edición. Su recepción está siendo tan unánime y entusiasta que el escritor parece estar conquistando el estatus de poder llamarse "Vilas" a secas, así en genérico, pura marca propia, o mejor, marca blanca, nombre común.

Prosa sencilla y deslumbrante

La obra, entre otras cosas, disecciona el derrumbe y cerrado por derribo de una familia de clase media-baja finisecular con una prosa sencilla y deslumbrante. Se está convirtiendo en "el desencanto" de nuestra generación, si la película de Jaime Chávarri nos presentaba las hermosas ruinas de una familia falangista en plena transición hacia la modernidad, Ordesa hace una operación análoga con la España postladrillazo. Está llena hallazgos, de reflexiones profundas y superficiales, de amor y horror. Dice Vilas --un fan irredento de Lou Reed-- que la música de esta novela es Julio Iglesias, y sí, pero también está el ritmo del de Brooklyn, en la frase corta y afilada, en la imagen lacerante y hermosa.

Si es posible llamar novela a Ordesa es porque Vilas así lo ha decidido. Ese derecho se ha ganado. Y cómo no, si hasta algunos de sus estados de Facebook podrían merecer ese estatus. Pero qué más dará, si ya el género es más la posibilidad de ser un superventas que no una serie de normas y directrices. Pienso también en cómo la obra de Vilas opera en la realidad, la modifica, la aclara. El género novela como el único capaz de vender de verdad, de darte la posibilidad de ser considerado escritor consagrado. Así las cosas, la operación genial y definitiva no es cambiar su escritura para que se adapte al género, sino adaptar al género para que incluya tu texto. Ya en obras anteriores Vilas jugaba a eso. Su novela España --elegida por la revista Quimera como una de las mejores del inicio del siglo XXI-- es en realidad una colección de cuentos. Incluso hay algunso de sus poemas que podrían aspirar a ese estatus. Pero no importa. También sucede lo contrario. Muchas de sus novelas, repletas de un lirismo raruno, también podrían ser consideradas poemas. Si su dedo índice señala un teléfono de baquelita, este se convierte inmediatamente en una pieza de su museo privado.

Una nueva fórmula

Si una obra de arte puede medirse en relación a la reacción física que provoca, Ordesa es una obra superlativa. Suma a los efectos secundarios habituales --temblores, sudores fríos, fascinación-- la necesidad absoluta de leerla en voz alta, de escanear algunos de sus capítulos para compartirlos, de realizar una obra similar con nuestra propia familia.

Como algunos de los grandes autores de todos los tiempos; como los experimentos más acertados de los Oulipo, como algunos youtubers, Vilas ha conseguido escribir más una nueva fórmula, un nuevo molde, que no un nuevo libro. Y por ahí vamos todos sus lectores fascinados, escribiendo mentalmente el nuestro, trazando nuestro linaje humilde y trascendente, a base de mitología íntima y seats panda.