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El escritor EnrIque Vila-Matas / LENA PRIETO

Vila-Matas firma hoy

También es curioso que cuanto mayor se hace el autor, en vez de escribir peor, con menos energía y menos sentido del humor, escriba mejor, novela tras novela

09.06.2019 00:00 h.
8 min

Hoy domingo en la feria del libro de Madrid Enrique Vila-Matas firmará, sobre todo ejemplares de Impón tu suerte, un libro de sus artículos periodísticos y ensayos literarios publicado en septiembre pasado, y de su última novela, Esta bruma insensata, publicada en abril. Supongo que además acompañará algunas firmas con ese dibujo esquemático que suele hacer, una especie de silueta detectivesca sin cuerpo pero con abrigo y sombrero.

A lo mejor también firmará algún ejemplar del catálogo que la editorial Caniche, quizá la más exquisita y con seguridad la más atrevida de España en el campo del arte contemporáneo, le ha dedicado al artista y diseñador barcelonés Guillermo Santomá con motivo de su hiperbarroca exposición en la barroquísima casa-museo Cerralbo. El catálogo acaba de salir y es espléndido, chorreante de color e imaginación. Digo que Vila-Matas podría firmarlo porque además de fotos de las estupendas obras de Santomá y un ensayo de Chus Martínez, riguroso y clarividente como lo son todos los suyos, el catálogo incluye una correspondencia que sostuvimos Vila-Matas y yo a principios de año a propósito de las casas-museo, de los fantasmas y aparecidos, de la ausencia de Bioy Casares en determinada butaca del salón de su hotel en la calle Velázquez, y de un jinete al galope en un grabado de Moreau. La verdad es que me lo pasaba fenomenal aquellos días cuando al consultar mi correo electrónico encontraba, en respuesta de la carta que le había enviado la víspera, otra suya sobre estos y otros temas, carta que me impelía a responder procurando estar a la altura de sus sugestiones delirantes.

(“Me impelía”; aunque no venga a cuento diré que recurrir a este verbo me ha recordado los versos que Nabokov escribió, harto de que nadie pronunciase su apellido con el acento llano que le corresponde, para que no cupiesen ya más dudas sobre este asunto: “The quarrelous gawk of / A heron at night / Prompted Nabokov / To write”, o sea, “El gañido quejumbroso de una garza al anochecer impelió a Nabokov a escribir”).

Preferiría extenderme sobre esa correspondencia, que al fin y al cabo fue un juego y duró solo unas pocas páginas, o sobre los textos de Impón tu suerte, ya que hablar de Esa bruma insensata me resulta difícil, pues desde las primeras frases me “interpeló” angustiosamente, me agarró por la corbata y me impelió a leer sin parar hasta el castillo de fuegos artificiales del febril final.

La primera frase dice así: “Había llegado a ser un artista citador gracias precisamente a que de muy joven no lograba avanzar como lector más allá de la primera línea de los libros que me disponía a leer”. Ya nada más empezar nos coloca el autor ante un mundo paralelo a este, aunque muy parecido, un mundo donde hay una profesión que consiste en coleccionar citas de otros y “vendérselas” a otra persona, nos embarca en una literatura no realista que se complace en decirlo desde el principio, como pasa, por ejemplo, con las Confesiones inconfesables de Dalí, cuyo primer capítulo, “Recuerdos intrauterinos”, empieza con esta inmensa trola (cito de memoria): “Sin duda el lector no guarda recuerdos, o solo muy débiles, de la etapa que pasó en el vientre de su madre, antes de nacer. Pues bien, yo sí, yo recuerdo aquella época como si fuese ayer”.

Así el narrador de Esta bruma insensata tiene el oficio, no muy bien remunerado, de “citador”. Ese glorioso desparpajo --con la abundancia, además, de citas ajenas insertas en el cuerpo del texto, que el lector puede o no descubrir según va leyendo-- es parecido al del gran Ferran Escoda en su libro, de momento e inexplicablemente solo publicado en catalán, Els meus millors pròlegs, o sea “Mis mejores prólogos”, cuyo protagonista se precia de ser el único intelectual del mundo que ha logrado hacer del prologuismo una profesión bien remunerada, por desgracia poco elegida por los muchos ciudadanos con pujos de literato (por usar la formulación de Cansinos Assens), que en su inmensa mayoría prefieren escribir sus propios y vanos libros que prologar honestamente los libros de los demás...

La segunda frase de Esta bruma insensata dice: “La causa de tanto tropiezo estaba en que las primeras frases de las novelas o ensayos que trataba de abordar se abrían para mí a demasiadas interpretaciones distintas, lo que me impedía, dada la exuberante abundancia de sentidos, seguir leyendo”. Bien, eso es lo que me pasa a mí exactamente. Y no solo con los libros, sino con el mundo entero, tiendo a creer que cada mínimo fenómeno merece que lo medite y comente por extenso. Así llega la noche, he perdido el día sin poder hacer nada, y lo peor es que he aburrido a los amigos, incluso a Borís, el portero de mi casa, con mis morosas reflexiones sobre cualquier futesa. Creí que si leía la novela de Vila-Matas con mucha atención encontraría la cura de esa adversidad que el protagonista supera hacia los dieciocho años, pero que a mí se me ha declarado estando ya entrado en años. Naturalmente, al acabar la lectura sucedió exactamente lo contrario de la solución, pues es un final tremendo, teatral, demoníaco. También es curioso que cuanto mayor se hace el autor, en vez de escribir peor, con menos energía y menos sentido del humor, según sentencia del Tiempo, escriba mejor, novela tras novela ganando la apuesta de escribir sobre el hecho de hablar y sobre la posibilidad de callar, de forma apasionada y divertida... Es como si un consumado bailarín de tango supiera llevar a su pareja a dar los ocho grandes pasos sin salirse de los límites de una baldosa.