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Víctor Horn, un fotógrafo nazi

El fotógrafo Víctor Horn, ataviado con traje de militar / ‘VÍCTOR HORN. AMB ALTRE OBJECTIU’

Empresario y espía alemán instalado en Reus en los años veinte, registró con su cámara el poder de las nuevas armas y la pobreza de la población durante la Guerra Civil

10.10.2018 00:00 h.
8 min

De Víctor Horn, en realidad, se sabe poco. Apenas unos datos. Que quizás combatió en la Primera Guerra Mundial como piloto del ejército alemán. Que hacia 1922 o 1923 llegó a Reus. Que allí trabajó como gerente de una empresa exportadora de frutos secos. Que en 1926 contrajo matrimonio con Charlotte Bohmke, quizás bailarina del ballet de la Ópera de Berlín, quizás trapecista del famoso circo Kröne. Que ya en la década de los treinta realizó labores diplomáticas para coordinar las relaciones comerciales entre la ciudad catalana y el Reich. Alto, elegante, siempre bien vestido, al parecer, gastaba una educación exquisita, aunque, a veces, sus modales parecían hoscos, severos, muy disciplinados. Era aficionado a los paseos y la montaña. Y un devoto de la fotografía. 

Esa pasión por la imagen es, a día de hoy, el testimonio más rotundo de la existencia de Víctor Horn. Son alrededor de tres mil negativos que cambiaron durante años de  manos –de traperos a anticuarios– a raíz del fallecimiento de su viuda en un asilo de Hamburgo. Todo ese trabajo llegó a manos del fotógrafo Josep Maria Ribas Prous, quien lo revisó y ordenó para la exposición Víctor Horn. Amb altre objectiu, organizada en Lérida, en 1999, por la extinta Caixa Tarragona.       

El relato de ese fondo de imágenes –hoy, en manos de la Fundación Catalunya La Pedrera– da cuenta de su salida de España en junio de 1936, cuando se embarca en un barco italiano como etapa inicial de un viaje a Alemania. Con todo, está de regreso al poco de comenzar la Guerra Civil. 

Pero, ¿qué circunstancias provocaron su precipitado retorno a esa España convertida ya en una terrible carnicería? “No sabemos en calidad de qué regresa. ¿Soldado? ¿Militar disfrazado de civil en misión clandestina?”, se pregunta Víctor Alba, pseudónimo del periodista y escritor Pere Pagès i Elies, quien confeccionó en el catálogo de la citada muestra algo así como una biografía a retales, acaso la única aproximación posible al personaje.

Militares se dirigen a la Seu de Lérida, utilizada de cuartel y prisión durante la Guerra Civil. ‘VÍCTOR HORN. AMB ALTRE OBJECTIU’

Militares se dirigen a la Seu de Lérida, utilizada de cuartel y prisión durante la Guerra Civil / ‘VÍCTOR HORN. AMB ALTRE OBJECTIU’

En esta línea, el autor dispara en su trabajo: “Por las fotografías que va a hacer, podemos imaginar que él tenía una función auxiliar, pero importante, en el complejo de la ayuda militar nazi al glorioso movimiento nacional”. En concreto, Horn va a dar testimonio con su cámara de los efectos de las armas alemanas. Gracias a las instantáneas conservadas, se sabe que asiste en la primera quincena de agosto de 1936 a los Juegos Olímpicos de Berlín, al tiempo que fija en imágenes los desfiles de las juventudes hitlerianas por las calles de Múnich. Eso sí, el espía-fotógrafo está ya el 4 de febrero de 1937 en el puerto de El Ferrol.

Dos meses después, inicia un periplo –“de vacaciones o en misión casi periodística”, puntualiza Alba– por la zona sublevada: Burgos, Salamanca, Sevilla, La Línea de la Concepción (Cádiz) y algunas ciudades del Marruecos español, la zona cero del golpe militar. En este conjunto de fotografías abundan los retratos de soldados y oficiales alemanes de la Legión Cóndor, quienes beben, charlan y realizan prácticas de tiro con las milicias españolas. 

Un grupo de soldados durante unas prácticas de tiro. ‘VÍCTOR HORN. AMB ALTRE OBJECTIU’

Un grupo de soldados durante unas prácticas de tiro / ‘VÍCTOR HORN. AMB ALTRE OBJECTIU’

“Vemos que sus fotografías de guerra nos presentan muchos soldados alemanes junto a sus armas, tanques o algún avión pero, sobre todo, dos aspectos que no tienen un fin propagandístico: las destrucciones y las ‘liberaciones’ de poblaciones tomadas por las fuerzas republicanas”, explica Víctor Alba en el estudio de la exposición Víctor Horn. Amb altre objectiu. “La mirada de Horn, durante la guerra, podría considerarse casi esquizofrénica: la superioridad, la seriedad y la disciplina de las fuerzas alemanas, por un lado, y el aspecto, digamos, folclórico de las fuerzas franquistas”, añade el periodista y escritor, quien adivina en la producción del fotógrafo alemán siempre un punto arrogante, como si mirase a su alrededor con curiosidad o con desprecio.  

Esa perspectiva de superioridad va a estar presente en todo su trabajo, incluso en los comienzos, cuando su fotografía debía estar vinculada más a un interés personal que a perseguir fines políticos o militares. Algo de ese aroma hay, por ejemplo, en sus imágenes anteriores a la Guerra Civil que no atrapan el calor familiar y las ceremonias de orgullo germánico.  

Dos mujeres piden en la calle con un perro y una bandurria. ‘VÍCTOR HORN. AMB ALTRE OBJECTIU’

Dos mujeres piden en la calle con un perro y una bandurria / ‘VÍCTOR HORN. AMB ALTRE OBJECTIU’

Son retratos de gente humilde, condenadas al hambre y la miseria, las mismas que vuelven a aparecer cuando asoma a la entrada de las tropas sublevadas en los pueblos arrebatados a la República. “Parece como si tuviera predilección por las imágenes que pudieran dar de Cataluña, y de España en general, una impresión de país atrasado, dejado de la mano de Dios o de la mano del Führer”, señala Alba.

Acabada la guerra, Víctor Horn regresa a Reus y se incorpora de nuevo a la empresa de exportación de frutos secos. Por un tiempo, ejerce de representante del partido nacionalsocialista alemán en Tarragona –así lo recoge la prensa a comienzos de los años cuarenta–, aunque el giro final de la II Guerra Mundial le obliga a destruir las fotografías más comprometidas –sólo salva los negativos– y a escapar a Barcelona, donde intenta desaparecer. Pasado el tiempo, retorna de nuevo a Reus, donde vive a baja intensidad entre reproches por los duros bombardeos a los que se sometió la localidad durante la contienda, de los que llegaría a jactarse en público. Un cáncer acabó con él en 1948. Sus restos descansan en el cementerio protestante del municipio catalán. Hay quien dice que, durante años, nunca faltaron flores frescas en su tumba.

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