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Las inolvidables veladas de la sociedad flamenca El Dorado

Las inolvidables veladas de la sociedad flamenca El Dorado

A propósito de la actuación de Rosario La Tremendita, Ignacio Vidal-Folch destaca uno de los más influyentes centros de cultura flamenca de Barcelona

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Volvió Rosario La Tremendita a la sociedad flamenca El Dorado; vino Rosario, hija de el Tremendo y hermana de Tremendo Hijo; y mientras ella cantaba y tocaba --la guitarra, el cajón y hasta el bajo eléctrico, peor haciendo cosas muy flamencas--, junto con Gema Caballero cantando y tocando palmas, conformando otra de las inolvidables veladas que son casi todas las que El Dorado orquesta en el local de Parc Sandaru, yo estaba en Bucarest. Lástima, me lo perdí. Estaba lejos de la voz de La Tremendita, pero acordándome, mientras andaba por la Calea Victoriei, del estupendo y cálido primer concierto que dio allí, en El Dorado, en la calle Buenaventura Muñoz, 21, de Barcelona, hará tres o cuatro años.

Del concierto de hogaño me he tenido que enterar por el relato de mis amigos. Parece que el escenario estaba ocupado por la impedimenta de una obra teatral que se iba a estrenar al día siguiente, de manera que Gema y Rosario cantaron entre el público, prácticamente en la platea, mientras en el escenario se colocaron sillas: el público en el escenario y las cantantes en platea. Surreal manera de conmemorar el décimo aniversario de la existencia de El Dorado.

Diez años de flamenca en Barcelona

En estos diez años los conciertos de El Dorado --a menudo excelentes y siempre dignísimos, siempre flamenco auténtico-- han sido, además de algunas lecturas, el acontecimiento cultural que más me ha conmovido, y en puntuales momentos de zozobra me han recordado que la vida no es tan prosaica y banal como a menudo parece, y que las habas no están contadas. Y ése es precisamente el sentido de la cultura, ésa es su función. En El Dorado los conciertos son siempre en jueves, a las ocho de la tarde, y no suelen durar más de una hora o una hora y media.

En estos diez años he tenido la oportunidad de asistir no una sino dos veces a un concierto de Miguel Ochando, guitarrista de Granada de una lisura y precisión típica de los artistas de su ciudad --pero creo que ninguno es tan docto y tan sabio y estudiado como él, sin quedar tampoco atrás de nadie en creatividad--. Quedo eternamente agradecido a Pedro Barragán y a los miembros de su distinguido equipo de aficionados al flamenco por haberme descubierto a Ochando. En El Dorado he asistido a la resurrección para el arte de la guitarra exquisitamente romántica del maestro Riqueni, después de largos años de dolor y silencio. Ochando, Riqueni, por citar sólo dos acontecimientos en la guirnalda de inolvidables veladas en la sociedad flamenca del Ensanche barcelonés que han pautado estos diez años, y que espero sigan pautando el tiempo durante muchos años más. La próxima cita es el día 26, para escuchar el cante de Sonia Miranda, acompañada a la guitarra por Antonio Luis López. El próximo jueves.