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Una imagen de la serie 'Hoollywood', de Netflix / NETFLIX

Una utopía retro (y cursi)

La serie 'Hollywood' es un buen intento, bienintencionado, pero plantea una realidad alternativa porque la causa homosexual no se defendía precisamente en los años 40

7 min

El productor, director y guionista norteamericano Ryan Murphy es un hombre muy trabajador. Solo o en compañía de otros (frecuentemente, su socio habitual, Brad Falchuk, el miembro heterosexual de la pareja creativa y flamante marido de Gwyneth Paltrow), el señor Murphy ha fabricado series a cascoporro, unas mejores que otras, pero siempre dignas e interesantes: Nip/Tuck, Glee, American Horror Story, Feud o la reciente The politician son algunas de ellas. Hasta ahora, Ryan Murphy había demostrado ser más ingenioso que brillante y más resultón que profundo, pero nunca había incurrido en la ingenuidad, la sensiblería o la cursilería, que son las tres características que definen su última propuesta para Netflix, Hollywood. 

Estamos ante un producto militante en defensa de la causa homosexual en el que Murphy ha incluido también a los negros y a las mujeres para que veamos que es un hombre que se toma muy en serio su compromiso social. Hollywood es una utopía retro que plantea una realidad alternativa a la que imperaba en la ciudad de Los Ángeles a mediados de los años 40, una realidad (en este caso, una patraña cargada de buena intención) en la que, echándole un poco de valor al asunto, se podía rodar una película escrita por un negro gay, dirigida por un medio filipino y protagonizada por una muchacha afroamericana.

Contra todo pronóstico, esa película, Meg, tuvo un éxito apoteósico, se hizo con un montón de premios de la Academia y cambió para siempre la historia del cine norteamericano. Ah, y el novio del guionista, un tal Rock Hudson, se presentó en la gala de la mano de su amor sin que el populacho los linchara a ambos. Ese es, en resumen, el cuento chino (la cosa incluye un homenaje a la actriz de origen asiático Anna May Wong) que se le ha ocurrido al señor Murphy para este desahogo personal que le ha financiado Netflix y que resulta más inverosímil que cualquier ficción sobre la invasión de los extraterrestres o el holocausto zombi: la necesaria suspensión de la incredulidad tiene sus límites.

Vale, de acuerdo, esta miniserie de ocho episodios solo pretende ser lo contrario de una distopía, pero reescribir una realidad que todos conocemos perfectamente arroja un producto de difícil digestión, pues es del dominio público que una película como Meg era imposible de rodar en 1946, cuando a lo máximo que podía aspirar una actriz negra era a hacer de chacha (aunque le dieran el Oscar, como le sucedió a Hattie McDaniel por Lo que el viento se llevó) y los actores homosexuales no salían ni locos del armario por el justificado temor a que su carrera se fuese al carajo. La mezcla de un mundo real con una trama imposible estalla inevitablemente en la cara del espectador, a quien se le acaba indigestando ese cuento de hadas (en el doble sentido del término fairy, que tanto puede significar hada como mariquita) con el que el señor Murphy ha pretendido ponerse sensible, soñador y reivindicativo, como si el pasado se pudiera alterar tan ricamente.

No se puede. En Hollywood, como en el resto de Occidente a mediados de los años 40, imperaban el machismo, el racismo y la homofobia: el galán gay disimulaba su condición, las actrices negras pillaban con suerte papeles de criada y al joven Rock Hudson ni se le pasaba por la cabeza dejarse ver en público con su novio. ¿Un horror? Probablemente, pero así eran las cosas: al señor Murphy le daban tanto asco que se ha visto obligado a fabricar una versión alternativa de la realidad en la que los parias de la tierra se salen con la suya por el bien del progreso y el humanismo. Si hubiese algún premio a la buena intención, habría que dárselo, pero no hay que olvidar que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. Al infierno audiovisual, en este caso.

Hay que destacar la contribución a la catástrofe de todo el elenco juvenil: hombres, mujeres, negros, blancos…Todos actúan rematadamente mal, aunque, eso sí, son muy guapos. El sector maduro hace lo que puede: Dylan McDermott saca adelante su papel de gasolinero que provee de carne fresca a las estrellas en el armario (personaje inspirado en Scotty Bowers, cuyas memorias publicó Anagrama bajo el título de Servicio completo y sobre el que también hay un documental), Joe Mantello compone un brillante ejecutivo gay cansado de su falsa vida, Jim Parsons (el inefable Sheldon Cooper) está brillante en el rol del venenoso agente homosexual Henry Wilson y Patti LuPone, una señora que es a los musicales de Broadway lo que Keith Richards al rock & roll, está estupenda como esposa del gañán que dirige los ficticios Ace Studios. Entre los actores maduritos y un diseño de producción soberbio, uno consigue llegar al final de Hollywood vivo, pero con la sensación de haber perdido miserablemente el tiempo.

Personalmente, quedo a la espera de las nuevas temporadas de American Horror Story y The politician. Un resbalón cualquiera da en la vida (culpa en este caso de una mezcla de trascendencia y militancia gay) y estoy convencido de que el señor Murphy no ha perdido ese toque mágico que te mantiene enganchado a la pantalla cuando no le da por desbarrar y sobreactuar de ciudadano sensible y bondadoso.