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Retrato de Iván Turguenev por el artista ruso Iliá Repin / WIKIPEDIA

La última obra maestra de Turguenev

El escritor ruso, defensor de las ideas de progreso y modernidad de Occidente, refleja en su obra 'Punin y Baburin' los últimos años del absolutismo de Nicolás I y la transición de Alejandro II

23.12.2018 00:00 h.
7 min

¿A quién prefieres, a Tolstoi o a Dostoievski? Ganas dan de responder: a Turguenev, que aunque no era tan original, aunque su genio era menor que los de ellos, también más amable, más dulce, diría. Y lo sentimos más cercano. Seguramente gracias a los largos años que pasó en Europa estaba libre de las adherencias eslavistas y de la voluntad redentora y las esperanzas espiritualistas propias de aquellos dos colosos. En política era partidario de la razón, de la libertad, de la idea de progreso y modernidad occidental, lo que por cierto le valió que Dostoievski en Los demonios le caricaturizase como Karmázinov, un escritor burgués, pomposo, progresista, estúpidamente comprensivo con los círculos nihilistas. Todos reconocieron a Turguenev en esa feroz caricatura, aunque desde luego él no era así.

En realidad veía las cosas de la política y las pasiones del corazón como el título de una de sus mejores y más famosas novelas de amores fallidos: Humo. En su otra obra maestra, Padres e hijos, plantea con ecuanimidad y penetración incomparables el eterno conflicto generacional entre la mentalidad conservadora de los adultos y la voluntad revolucionaria propia de la juventud, o mejor dicho: entre los jóvenes idealistas e ignorantes y los adultos conservadores y cínicos. Turguenev fue exactamente lo contrario de un dogmático. El clima de sus novelas es melancólico y fatalista.

En el alud incesante de novedades literarias ha llegado también, traducida por primera vez al español, la que fue su última obra maestra, Punin y Baburin (ed. Nórdica). Novela corta, precisa, perfecta, de personajes a la vez admirables y un poco patéticos, perfectamente humanos, cautivos de un momento histórico muy determinado: los últimos años del absolutismo de Nicolás I y la transición reformista de Alejandro II (cuyo asesinato, víctima en 1881 de un atroz atentado, frustró la deriva del acercamiento del imperio ruso hacia los valores europeos).

Turguenev se consideraba carente de imaginación para "crear" personajes y decía que los suyos estaban siempre inspirados en tipos de la vida real a los que había conocido. Y en efecto, parecen calcados de la vida misma el generoso, culto e idealista pero socialmente torpe Baburin, que en sus peregrinajes de empleo en empleo, de donde siempre acaban echándolo por sostener a destiempo su idea de la dignidad del hombre, lleva consigo al simplón e inútil Punin, que le venera como a un redentor, un santo. A ese dúo patético se incorpora, rescatada del abandono de un seductor, la huérfana Muza, una joven ávida de vida, especie de protofeminista desamparada.

La trama transcurre en unos tiempos ásperos en que los siervos vivían en régimen de esclavitud --hasta el decreto de emancipación de 1861--, sometidos a la tiranía feudal de los aristócratas terratenientes que eran dueños de sus vidas y de sus "almas". Era el caso de la familia Turguenev. Los abuelos del escritor literalmente asesinaron a algunos de sus siervos que les habían salido respondones o tontos, según cuenta Juan Eduardo Zúñiga en su ensayo Las inciertas pasiones de Ivan Turguenev. La madre del escritor, dueña de 5.000 almas, malcasada con un cazafortunas que sólo poseía 100, aplicó a sus hijos una severidad propia de un cuento, casi sádica, incluidos los continuos castigos corporales. A su muerte, quizá para escapar de esos recuerdos de una infancia atrozmente infeliz, Turguenev vivió todo el tiempo que pudo y todo lo lejos que pudo de Rusia, en Europa, especialmente en Francia, so pretexto de seguir a un amor imposible pero eterno por la cantante Pauline Viardot de García, una mujer casada, por cierto de origen español.

Cuando los Viardot vivían en el campo, fuese en los alrededores de París o en Baden, Turguenev se hacía construir un chalet en la misma parcela. Cuando se mudaron a París, alquiló el piso encima de su vivienda e hizo practicar en el suelo del despacho donde escribía un tubo acústico que comunicaba con la habitación donde Pauline ensayaba y cantaba, para así disfrutar en todo momento del sonido de su querida voz. 

En París, todos los escritores del círculo de los Goncourt adoraban a aquel ruso enorme, de pelo y barba blancos, tan rico, culto, educado, bondadoso. El año pasado cometí la indiscreción de leer la correspondencia  de Turguenev con Flaubert. La amistad de esos dos escritores fue mítica. Se admiraban mutuamente. El ruso consideraba que Madame Bovary era la mejor novela del siglo y se ocupó que Flaubert fuera conocido en Rusia. El francés, con la mayor vehemencia y entre declaraciones de hondo afecto, le pedía una vez y otra que abandonase París y fuese a visitarle en Rouen, donde le alojaría en su casa y podrían hablar de literatura, a fondo, durante por lo menos tres o cuatro días. Pero el ruso casi siempre tenía otras prioridades, que eran en primer lugar estar cerca de Pauline, en segundo lugar convalecer de los frecuentes y dolorosísimos ataques de gota que le reducían a una condición lastimosa, y en tercero volver a Rusia una temporada para ocuparse de su patrimonio.

"No soy sino un vasallo de la gota", "Siempre he sido el amante desafortunado de mis novelas", confesaba Turguenev. Y Flaubert le escribía que "Nunca los intereses del espíritu han importado menos. Nunca el odio a cualquier grandeza, el desdén por lo bello, la aversión, en fin, a la literatura, han sido tan palpables". Eso en 1872. Suena como a 2018.

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