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Traducir poesía: ¿hay que ser poeta?

Traducir poesía

¿Hay que ser poeta para traducir poesía? Más bien, quien consigue traducir como poesía un poema, ese es poeta

20.11.2017 00:00 h.
7 min

Una pregunta recurrente se agazapa ya en el quicio de este artículo un tanto desarticulado y caprichoso sobre la problemática de la traducción de poesía. Toc toc, ¿se puede? Tictac, ¿no se puede? Dicho de otro modo: lo primero, la llamada, interviene en lo espacial ante la puerta que lleva a la estancia del significado; en lo temporal actúa, por su parte, lo segundo, onomatopeya del reloj. Si no hay ese tictac que es el ritmo, si no se da la “palabra en el tiempo”, la traducción de poesía sirve solo para lo que la dictadura del sentido podría perseguir al espiar o realizar el escrutinio del poema que se haya interceptado a un disidente, a un perseguido por el régimen despótico de la prosa, a un candidato al gulag donde se arrincona lo que carece de función: lo declarado en el interrogatorio, es decir (lo cual es decir muy poco), de qué trata el poema, a quién se nombra, lo que sucede en él. Pero eso, evidentemente, no es el poema sino sus despojos, no su carne sino sus huesos más o menos mondos. Y lirondos, sin lira, sin música.

¿Se dedica el traductor de poesía a un imposible? ¿Lucha no contra molinos sino contra gigantes? Es este un debate que ha ocupado decenas de miles de páginas en todas las lenguas de cultura. Podríamos ser tajantes y responder simplemente con un sí o un no (tan mondos y lirondos como el esqueleto al que me referí antes). Pero estamos hablando de poesía, en particular de la poesía lírica, y esta, si amante de lo breve y de la condensación, no es amiga de lo unívoco. Por tanto, la respuesta que acude inmediatamente a la cabeza es una ristra de nombres y todo un rastro: Ezra Pound, W. H. Auden, Seamus Heaney, Octavio Paz, Julio Martínez Mesanza, Luis Alberto de Cuenca, Leopoldo Panero, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, José María Valverde, Clara Janés, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Ángel Crespo, Ida Vitale, José Manuel Benítez Ariza, Jorge Luis Borges, Alberto Girri, Mark Strand, Yves Bonnefoy, Mallarmé, Fabio Morábito, José Luis García Martín, Tomás Segovia, Eugenio Montale, Pere Gimferrer, Aurora Luque...

Todos los anteriormente citados son poetas que han traducido poesía. Y puesto que los resultados son, como poco, legibles y gozosos, y en algunos casos hasta magistrales, se puede decir que la cuestión está zanjada sin más necesidad de elaborar teorías hasta marearse. No hay que darle más vueltas.

¿Y en qué se puede diferenciar la traducción realizada por los anteriores de otra acometida por alguien ajeno a la poesía? De otra cometida por alguien ajeno a la poesía, quiero decir. Fundamentalmente, la disimilitud está en el foco, en el objetivo: el querer conseguir poemas que funcionen como auténticos poemas en la lengua de llegada. De manera consciente o no, formulada con las mismas palabras u otras parecidas, en la nuestra o en la propia lengua de cada uno de ellos, todos los mencionados arriba suscribirían esta rima de Antonio Machado que, de 1924, es ya nonagenaria y sin embargo actualísima:

Canto y cuento es la poesía.

Se canta una viva historia

contando su melodía.

Qué, cómo, cuánto y cuándo

El qué y el cómo, con el cuánto y el cuándo de la música, es lo que, todo junto, hace el poema y en consecuencia una traducción poética. Ahora bien, tampoco basta con la prosodia y los elementos fónicos, como estos no hacen íntegramente el original. “Góngora no es solamente sonido. Cuando este es el caso, una traducción a otra lengua en prosa no tiene el menor sentido, y Góngora es absolutamente extraordinario en traducción inglesa”, escribió Auden. Y tenía razón. En el doblón de oro de su poesía, y en toda la gran poesía, hay dos lados: cara y cruz, significado y significante. La poesía que solo tiene un plano es plana, una moneda falsa acuñada en cualquier taller menos en el del poeta.

Se ha argumentado muchas veces, pero hay que recordarlo una más: no basta conocer la lengua de partida. Mas tampoco es suficiente tener, sumado a eso, un excelente conocimiento de la de llegada. Shakespeare, por ejemplo, no solo escribe en inglés de finales del siglo XVI y principios del XVII. Tennyson no solo canta en el del siglo XIX. Heaney no lo hace exclusivamente en el del XX, con sílabas mezcladas con terrones de una granja del Ulster. Todos ellos emplean, además, un segundo idioma, universal, que es el de la poesía: en él intervienen los elementos del lenguaje figurado que permiten hasta cierto punto una transliteración en prosa, sí, pero también los de la versificación y la prosodia, que la eluden, y sin las cuales la traducción queda coja, pues esta se sostiene sobre la lengua y sobre la combinatoria poética que parte de esta para ser, ya, otra cosa.

Cuando se me interroga si hay que ser poeta para traducir poesía, pregunta que se convierte en un mantra oído y requeteoído cuando uno se dedica a esto, creo que habría que darle la vuelta a la pregunta, una vuelta total como una especie de cinta de Moebius, y hacerla afirmación: quien consigue traducir como poesía un poema, ese es poeta. Un poeta complejo y de muy difícil traducción, Gerard Manley Hopkins, escribió en un soneto: What I do is me. Lo que hago, eso soy. Ahí está la respuesta.

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