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Traducir a los pájaros

Andrés Trapiello en una imagen de archivo

Traducir es emplear al menos el oído y el habla. Requiere prestar atención, escuchar aquello que nos rodea y saber expresarlo

03.06.2018 23:55 h.
7 min

Hugin y Munin, dos cuervos, le contaban a Odín en la mitología escandinava lo que veían por el mundo. En el mismo ámbito, Sigurd entendía el lenguaje de los pájaros gracias a que había tomado sangre de dragón. En la antigua Persia, Farid ud-Din Attar compuso escorado hacia el misticismo un largo poema sobre las aves parlantes: La conferencia de los pájaros. Y siglo y medio después, Chaucer abundó en el tema. La bibliografía es amplia, y hay toda una bandada de ejemplos.

Bien cumplido de aves es el recién publicado libro de poemas de Andrés Trapiello Y (Pre-Textos). Hay aquí ruiseñores (muchos), oropéndolas, abejarucos, jilgueros, chichipanes, golondrinas, rabúos, vencejos, ánsares, cucos y pájaros carpinteros, además de otros anónimos y alguno que, nombrado, no ha tenido a bien anidar en mi memoria y que se habrá ido revoloteando por esos cielos.

Un poema del libro se titula precisamente Pájaros, versos, y en él se reelabora el tema que llevó a escribir a Borges su ensayo El ruiseñor de Keats, que se puede resumir en que las aves individuales mueren, pero la idea platónica del ave es imperecedera, y sigue cantando no importa que el pico que un día oímos se haya callado para siempre. Aquí escribe Trapiello: “El ruiseñor que oímos en las noches / de mayo y la oropéndola / que viene a despertarnos cada día / siguen siendo los mismos / desde que aquí llegamos hace décadas, / e igual las golondrinas que ahora veo / con sus eternos ochos sobre el agua, / signo del infinito.” El poeta reconoce que él mismo es uno más en la sucesión interminable: “Estos versos que escribo se parecen / a otros que escribieron / desde el origen mismo de los tiempos, / como vuelan los pájaros o cantan / para nadie y su estirpe.”    

Pero también hay voces humanas, que ya no habitan el país de los vivos, y hay que traducirlas, luciérnagas de sentido en nuestra oscuridad. En “Una certeza”, Trapiello traduce a su padre muerto, que le susurra: “Vamos, Andrés, despierta.” Y el poeta interpreta, comprende que su padre dice en realidad: “Antes que el día / nos borre como el mar borra la impronta / de unos pies en la playa, / levántate y recuerda nuestro encuentro, / anótalo si crees que podrías / sin querer olvidarlo…” También comprende que un cuco que oyó cantar Cunqueiro es el mismo que el poeta gallego recordó de un poema de Davies, que tradujo “de urgencia” (aquí se ofrece), y el que él mismo oye en los campos extremeños.

Niágara es un poeta que gira asimismo en torno a la traducción, en este caso de lo que nos dicen las cosas, lo que solo por superstición llamamos inanimado: “Me traduzco en la nube solitaria; / en la piedra que un golpe parte por la mitad / y muestra en cada mano / el origen del mundo … / A todo me traduzco, a toda lengua / que se hable o se calle en la mañana / luminosa y rodada como un canto.” Y concluye: “¿Y qué me importa a mí / que sea intraducible la palabra / dolor, si la palabra amor rima con ella?”

En otra página cuenta el poeta cómo oye el canto melodioso de un ruiseñor mientras él está dando golpes con la azada en la tierra: “Después de unos minutos, y aunque no lo veía, / tan escondido estaba, pregunté / sin levantar la voz / qué quería decirme.” Y añade que el ave calla entonces y se pudieron oír los pensamientos: “Hablamos el silencio, nuestra lengua, / pues él no sabe azada y yo no ruiseñor.” No solo la ornitología tiene su idioma: la naturaleza toda lo posee. Escuchémoslo. Por ejemplo, el de un viento que viene sobre el campo: “De los cuatro lenguajes, / el del viento, el del agua, el de la tierra / y el del fuego, mi preferido acaso / es el viento del Sur que empieza a hablar / con las ramas más altas / de ese viejo alcornoque / en tardes de verano como ésta.” “Me gusta de él su deje misterioso / contagio de otras lenguas extranjeras”. ¿Y cuáles son estas? Son “el idioma amarillo de las mieses / o el morse de las tórtolas / o el que le silba en semitonos grises / a la joven que vuelve de la fiesta”.

Son traducciones raras, insólitas, las de Trapiello, que no vierte del inglés o del francés, sino del lenguaje de los pájaros, el de los sueños, el del viento. No en vano, él que está traducido a un puñado de idiomas, cometió hace pocos años la osadía de traducir al castellano actual (esa es la palabra que él emplea para lo que hizo) Don Quijote de la Mancha

Traducir es emplear al menos el oído y el habla. Requiere inicialmente prestar atención, escuchar, que puede ser también aquello que nos rodea. Atender a lo que se manifiesta de maneras variadas, con lenguajes y sintaxis que pueden no corresponderse con los nuestros. Y luego, naturalmente, saber expresarlo. Es lo que hizo Virgilio en un verso del libro primero de la Eneida, cuando habló de las lágrimas que vierten las cosas, también ellas sensibles a nuestras desgracias y capaces de condolerse con nosotros. Sunt lacrimae rerum, conjugó y declinó en su latín. Son las lágrimas de las cosas, su llanto, que, como la campana de John Donne, dobla por nosotros.

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