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Toreros en las trincheras

Toreros en las trincheras

Al corresponsal del 'Pravda' le sorprendió la celebración de una corrida en plena Guerra Civil, pero los toros fueron un espectáculo utilizado como arma propagandística por ambos bandos

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"Sobre la plaza, llena a rebosar, aparece un avión. El público rumorea alarmado, pero sólo se trata de una pequeña avioneta deportiva. De todas formas, es una locura congregarse sin temer a la aviación a una hora tradicional, conocida de antemano. ¿O tal vez el domingo, a las cuatro de la tarde, hora de la corrida, la Guerra Civil se suspende?". Es el 23 de agosto de 1936, apenas un mes después de iniciarse la contienda, cuando Mijail Koltsov, agente soviético y corresponsal de Pravda, asiste en Madrid a un festival taurino promovido por el ayuntamiento y el Frente Popular. Allí pudo ver, entre otros, al Niño de la Palma, Fernando Domínguez, Félix Colomo y al miliciano Gregorio Hernández, El Pollito, quien lidió al sobrero.

Precisamente, Koltsov, cuya sombra planeará sobre los asesinatos de Paracuellos antes de ser purgado por Stalin, anotó en su Diario de la guerra de España (Planeta) las distintas posturas que habían adoptado los toreros en función del lugar donde les sorprendió el golpe militar: "Los toreros luchan valientemente contra los fascistas. De todos modos, los toreros de la ciudad de Sevilla se han puesto a disposición del general faccioso Queipo de Llano". Al análisis, Indalecio Prieto añadió en Mundo Gráfico el factor de la procedencia social: "Destaca el hecho de que el torero enriquecido se ponga al lado de los fascistas, mientras el torero humilde, que no se ha desprendido del pueblo, se bata en las filas del Frente Popular".

Corridas durante toda la guerra

Hubo toros, muchas tardes de toros, durante la Guerra Civil. Los diestros, los ganaderos y los subalternos vivieron en primera fila los acontecimientos bélicos. Como no podía ser de otra forma, el planeta taurino --el principal entretenimiento de la época-- se vio drásticamente afectado por la sublevación militar y la larga contienda posterior. Todos sus miembros siguieron en aquel trance las mismas pautas que el resto de la sociedad: la ruptura política, las adscripciones ideológicas, de grado o forzadas por el lugar donde les sorprendió la guerra, los apuros personales, los exaltados y los tibios, los cambios de bando por convicción, oportunismo o necesidad.

"La actividad taurina, salvo interrupciones aisladas por la virulencia del conflicto, mantuvo un pulso saludable en ambos bandos. De esta forma, Sevilla, que pronto cayó en manos de los sublevados, y Madrid y Barcelona, que aguantaron estoicamente el asedio hasta 1939, programaron con regularidad festejos durante el conflicto", señala Antonio Fernández Casado en el estudio Garapullos por máuseres. La fiesta de los toros durante la Guerra Civil (La Cátedra). En el lado republicano, los toros salían al ruedo con las siglas de la CNT en el lomo, los diestros levantaban el puño y en los tendidos sonaba La Internacional. En el lado nacional, abundaban los saludos fascistas, las banderas bicolores y las dedicatorias exaltadas...

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Manolete toma la alternativa el 2 de julio de 1939. Al primer toro que lidió, llamado 'Comunista', se le rebautizó con el nombre de 'Mirador' / ARCHIVO SERRANO / ICAS-SAHP

"Tengo el gusto de brindarle la muerte de este toro al salvador de España, general Queipo de Llano, y para que se mueran de rabia los hijos de la Pasionaria. ¡Viva España!", fue la dedicatoria del torero Manolo Bienvenida en la primera corrida en la Maestranza sevillana tras el estallido bélico (18 de octubre de 1936). A la Monumental de Barcelona acudió el 16 de agosto de ese mismo año el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, para oír antes de la lidia las interpretaciones de pasodobles y jotas, además de Els segadors y el Himno de Riego. El público, que abarrotó las gradas de sol, escuchó las composiciones en pie y con el puño en alto. La entrada de los toreros al ruedo fue precedida por un escuadrón de caballería y dos compañías de milicianos.

Las corridas servían para dar la impresión de vuelta a la rutina, de normalidad. Así lo detectó el diplomático Carlos Morla cuando el 13 de junio de 1937 acudió a un festejo en Valencia, con toreros “malísimos” y “cabras” en vez de novillos, “pero el ambiente existe”. Sólo eso evocaba mejores tiempos. “Desde luego, haría falta una catástrofe más grande que una guerra civil para estropear la afición de los españoles por las corridas de toros”, señaló Virginia Cowles, de The New York Times, cuando asistió a un festival taurino, también en Valencia, en febrero de 1938. Todos parecían felices, menos uno que se quejaba porque los toros eran pequeños, pues los grandes, que se criaban en el sur, se los había quedado Franco.

Las cuadrillas, de izquierdas; la élite, de derechas

Además, el mundo taurino se radicalizó con la sublevación militar. En líneas generales, los hombres de las cuadrillas eran de izquierdas. La élite torera, de derechas. Se calcula que unos pocos espadas de segunda fila y cerca de mil subalternos se batieron por el gobierno legal. Banderilleros y picadores se integraron en la denominada Brigada de los Toreros, que al mando de Luis Prado, Litri II, luchó en la sierra madrileña y Aragón. El exnovillero Melchor Rodríguez evitó que, tras un bombardeo fascista, la turba acabará con la vida de los 1.532 presos de la cárcel de Alcalá de Henares. Allí estaban encerrados Serrano Suñer, Sánchez Mazas y los hermanos Luca de Tena, entre otros.

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Alternativa de Pascual Márquez en la corrida del Corpus de Sevilla el 27 de mayo de 1937 / ARCHIVO SERRANO / ICAS-SAHP

Pero toreros y ganaderos fueron asesinados en las cunetas de las carreteras republicanas. Cuentan que Victoriano Roger, apodado Valencia II, tenía más balazos que cicatrices por “torero señorito y fascista”. A Marcial Lalanda le mataron en la finca toledana de La Salceda a seis familiares y miles de cabezas de ganado. Mientras, el torero José García Carranza, El Algabeño, dirigía un escuadrón de caballistas voluntarios que alanceaban jornaleros por las marismas del Guadalquivir para “limpiar de rojos” el campo andaluz. En la plaza de Badajoz las tropas franquistas acabaron con la vida de varios centenares de militantes de todas las organizaciones sindicales y políticas de izquierda.

¿Y las figuras? Juan Belmonte, al que Queipo de Llano multó con 50.000 pesetas, al parecer, por hallarle en casa un libro del autor satírico Luis de Tapia, fue franquista casi a la fuerza. Sorprendido por la guerra en Madrid, Manuel Jiménez Moreno, Chicuelo, toreó en festejos para los dos bandos tras lograr pasarse a la zona de los sublevados. Las autoridades franquistas convirtieron en uno de los iconos del régimen a Manolete, quien tuvo en México buenas relaciones con Indalecio Prieto. Otras muchas primeras figuras optaron por marcharse fuera hasta el fin de la Guerra Civil, con festejos en Francia, Portugal y países suramericanos. La tauromaquia ya no dejaría de ser un arma política.