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Interior de la Terraza Martini / MARTINI & ROSSI

El lugar ideal para suicidarse

La Terraza Martini de Barcelona se dirigía en un principio a la alta burguesía, pero acabó siendo un lugar donde los carcamales se abalanzaban sobre los canapés

01.07.2019 00:00 h.
5 min

Conocí la mítica Terraza Martini hacia el final de su andadura, cuando allí se celebraban todo tipo de actos, presentaciones, homenajes y paripés varios. Bueno, ésa había sido siempre su función desde que se inauguró en 1961. Cerró en 1980, como dos revistas para las que yo trabajaba entonces --Star y Disco Exprés-- y solo dispuse de un par de años para disfrutar de bebida gratis y croquetas.

Aunque en un principio la Terraza Martini se dirigía a la alta burguesía de Barcelona, hacia el final de su trayectoria la podía alquilar cualquiera que apoquinase la suma requerida. Si no recuerdo mal, fue allí donde la discográfica EMI dio una fiesta en honor a Queen y todos los chicos del underground tuvimos el privilegio de saludar a Freddie Mercury y a Brian May e intercambiar con ellos cuatro banalidades. A mí me impresionó mucho la dentadura de Freddie, que se le salía literalmente de las fauces: entonces aún no sabía que la naturaleza le había concedido más dientes que a los demás mortales. No era muy alto y, visto de cerca, recordaba poderosamente al cantante canario José Vélez.

La Terraza Martini --comandada desde el principio hasta el final por el barman Manuel Villalante-- estaba en la planta número 13 de un edificio que había pertenecido al desaparecido Banco Rural y del Mediterráneo, en el número 16 del Paseo de Gracia, esquina con Gran Vía. Ahora, en la planta baja hay un inmenso Zara, que sustituyó al también enorme Virgin Megastore.

No sé si en sus primeros tiempos se daba cita en la Terraza Martini lo mejor de cada casa, pero yo solo pillé los restos del naufragio: una pandilla de carcamales de ambos sexos cuyos trajes y vestidos parecían haber vivido mejores tiempos y que se abalanzaban sobre las croquetas y los canapés como si ésa fuere a ser su única comida del día. Abundaban las cacatúas pintarrajeadas entre las mujeres y, entre los hombres, los tipos con bigotillo y el pelo teñido a los que de jóvenes alguien les había dicho que se parecían a Jorge Sepúlveda. Dado su aspecto frágil y apolillado, era fácil subvalorarlos y creer que te impondrías a ellos en el buffet de las croquetas, pero lo cierto es que cargaban contra la larga mesa como un regimiento de caballería y si te cruzabas en su camino te podías llevar tranquilamente un codazo o un pisotón.

Yo creo que nos tenían manía a los jóvenes, aunque llevásemos corbata, prenda imprescindible para acceder a aquel Xanadú del trago y el canapé gratis --siguiendo a Elvis Costello y otras luminarias de la new wave, la chaqueta y la corbata con vaqueros y bambas era una especie de uniforme para los modernillos de la época-, al cual daban la impresión de llevar asistiendo desde su inauguración. Si habían sido ricos, ya no lo eran: un rico nunca se habría propulsado de tal modo hacia las croquetas, sin respetar las más elementales normas de urbanidad.

Cuando ya llevabas unas copas, lo mejor era observar la ciudad desde la terraza. Una noche, mi amigo Juan Bufill, con el que compartía curro en Star y Disco Exprés, me comentó: “Este es le mejor sitio de la ciudad para suicidarse, ¿no crees?”. La frase se me quedó grabada hasta hoy porque Juan tenía razón: entre 1961 y 1980, la Terraza Martini fue el mejor lugar de Barcelona para despedirse de este mundo cruel. Una evidencia que, como no podía ser de otro modo, nunca se les pasó por la cabeza a aquellos apolillados gorrones con los que, prácticamente, había que batirse en duelo para pillar un canapé y a los que les daba lo mismo el acto del día: ellos venían por la merienda cena. No estaban el día de la fiesta de Queen, pero creo que se hubiesen asustado al ver la dentadura de Freddie Mercury: semejante excavadora parecía muy capaz de zamparse todas las croquetas de un bocado.

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