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Sor Juana, en portugués

Sor Juana Ines de la Cruz

Uno de los ensayos capitales de Octavio Paz, que dedicó once años de su vida a estudiar la figura y la poesía de la mayor escritora de la Nueva España, es traducido al portugués

10.01.2019 23:55 h.
7 min

El año pasado se tradujo Sor Juana Inés o las trampas de la fe a la lengua portuguesa. El libro lo merece, sin duda alguna, pues se trata es uno de los trabajos más considerables desde cualquier punto de vista de Octavio Paz. En él, tan extenso, se suma a la documentación exhaustiva la capacidad de análisis la intuición del poeta y ensayista mexicano. Ser el enorme poeta que fue le permite, él que jamás obtuvo título universitario a pesar de haber cursado Letras, rayar a mucha mayor altura que un catedrático o mero académico.

Esto hace que, por ejemplo, en el prólogo constate que “el poeta, el escritor es el olmo que sí da peras”. Evidentemente, aquí reverbera el título de su libro Las peras del olmo (1957), obra en el que ya había un importante estudio sobre sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), junto a otros sobre Tablada o Gorostiza. Causa asombro la cantidad ingente de datos y fuentes que maneja Paz; imagina uno las numerosísimas anotaciones o fichas que debió de manejar. Claro que por lo que él mismo declara en su prólogo, al margen de lecturas sucesivas que hizo de la monja sor Juana desde joven el autor dedicó once años, desde 1971 a la publicación en 1982, a este gran libro suyo.

Pero es que, además de las prendas que adornan al contenido, con ese fresco espléndido que pinta de la sociedad novohispana del siglo XVII, y aún antes, el hecho de que el libro se haya puesto en portugués no deja de tener su importancia, su significado, su simbolismo si se quiere. Porque es que hasta once años antes del nacimiento de sor Juana --los mismos años que su intérprete dedicó a su elucidación--, Portugal y España conformaron una misma unidad bajo la Monarquía Católica que aunaba varias monarquías en la Península Ibérica. Portugal y España estuvieron, sí, unidas hasta 1640, bajo varios reyes y hasta Felipe IV. Por consiguiente, Portugal, España y la Nueva España, así como el Brasil, estaban todos bajo la misma corona.

Esto que atañe a la unidad dinástica y a los destinos históricos, al reparto y el ejercicio del poder, tiene hoy su correspondencia en otra unidad, o al menos en una eliminación de distancias y fronteras, gracias al aglutinante de la traducción. Que este libro se haya presentado en la última edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara dedicada precisamente a Portugal no es más que un motivo de felicitación.

Sor Juana Inés o las trampas de la fe, Octavio PazSor Juana tuvo relación de muy diversa índole con el Portugal, ya independiente, de su época. De un lado, hubo monjas portuguesas con las que tuvo estrechos lazos, y que conservaron esos textos suyos tan en boga en el XVII como fueron los enigmas o acertijos. Esto ha sido convenientemente estudiado por especialista como Antonio Deltoro y Sara Poot.

De otro, ahí está la famosa controversia con las ideas expresadas por el jesuita portugués Antonio de Vieyra, o António Vieira, crítica que sor Juana plasmó en su Carta atenagórica (1690). Que una mujer le enmendara la plana a un hombre, hubo de resultar indignante, pues como recuerda Paz “minoritaria, docta, académica, profundamente religiosa pero no en un sentido creador sino dogmático y, finalmente, hermética y aristocrática, la literatura novohispana fue escrita por hombres y leída por ellos”. Por eso está bien que se haga justicia y para ello no hay que atender a criterios de reparación histórica, pues sobran los motivos. 

Curiosa, maravillosamente, en los comienzos de la poesía del Nuevo Mundo destacan dos mujeres. Beatriz Paredes escribe en su texto de contracubierta de la traducción que escribir sobre una monja poeta del siglo XVII no deja de ser un homenaje especial a los millares de mujeres que tuvieron que callar su voz en las sociedades española, portuguesa y americana de influencia ibérica. Sin duda. Pero sucede además que la otra gran poeta cenital del Nuevo Mundo, en su parte más norteña, Nueva Inglaterra, fue Anne Bradstreet (1612-1672), contemporánea buena parte de su vida de sor Juana.

También fue una autora inspirada por motivaciones religiosas en primera instancia, pero como la mexicana capaz de hacer sonar una nota personal, íntima. Ante sor Juana, como bien deja a las claras Octavio Paz, palidecen los otros escritores de la Nueva España. Idéntico es lo que sucede con Bradstreet, auténtica poeta lírica en un panorama oscuro puritano en que otro poeta, Michael Wigglesworth (1631-1705), se torturaba y transmitía la ordalía del Juicio Final, y otro, Edward Taylor (1642-1729), empleaba todos sus recursos literarios en una alambicada poesía religiosa que pese a cierto conceptismo y paradoja barroca tiene más en común con John Milton que con John Donne.

Hasta donde he podido ver, Paz mantiene toda la calidad de su prosa en la lengua de Camoens, gracias al buen hacer de su traductor, Wladir Dupont, quien murió en 2014, justamente el año del centenario de Paz, a quien no solo vertió en esta obra (tradujo su libro La otra voz, además, de La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa y cinco novelas de William Faulkner). Dupont mantuvo en español las citas de los poemas de sor Juana y a pie página incluyó traducciones “libres” (así se indica en la nota a la primera). Paz, que tradujo a Pessoa y fue traducido por Haroldo de Campos, habría quedado satisfecho.

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