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El cineasta Claude Lanzmann

Sobibor, 14 de octubre 1943, 16h

El cineasta Claude Lanzmann trató el Holocausto en sus películas desde el más puro testimonio y la verdad

6 min

Ha muerto Claude Lanzmann, el autor de Shoa (1985), la gran y larga película sobre el exterminio de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Larga película documental que como todas las suyas sobre el mismo tema se abstiene de recreaciones y representaciones y hasta del recurso al material documental de la época. Son películas en que sólo se ven los espacios del exterminio tal como son en la actualidad --vías de ferrocarril, barracones y alambradas, etcétera-- y a los supervivientes y otros protagonistas hablando a cámara, en plano medio o primer plano, contando su experiencia. Con tan austeros recursos conseguía Lanzmann películas de un impacto imperecedero.

Lanzmann además aborrecía los productos de la llamada “industria del Holocausto”: que no es sino el aprovechamiento y explotación comercial de la tragedia ajena so capa de compasión y empatía, y que produce novelas y películas de ficción como La lista de Schindler o La vida es bella con el objetivo de que los espectadores se conmuevan y se sientan sensibles, bonísimos. Esas películas le parecían a Lanzmann de una obscenidad insoportable. Supongo que El niño con el pijama de rayas le haría vomitar. A diferencia de todos esos productos, lo que él filmaba no tenía nada de sentimental, ni de reconstrucción, ni estetización emocional del exterminio. Era puro testimonio. Era sobrecogedor y era verdad.

Confío en que al escribir esto no incurro yo también en esa despreciable “industria del Holocausto”. Recuerdo como si fuera ayer la noche que vi Sobibor, 14 de octubre 1943, 16h en un cine de los Campos Elíseos de París. Creí que llegaría a las salas españolas también, pero si lo hizo pocos se enteraron, y yo no estaba entre ellos.

Esta película reconstruye, contada por media docena de los supervivientes, una de las dos únicas sublevaciones en los campos de exterminio nazis que se saldaron con un relativo éxito, la de Sobibor, en la frontera polaca con la URSS (la otra fue Treblinka, a la que muy pocos sobrevivieron). El levantamiento fue posible en Sobibor porque entre los prisioneros había muchos exsoldados judíos soviéticos que gracias a su entrenamiento militar sabían cómo organizarse en red, constituir comandos y preparar una compleja emboscada contra los guardias del campo.

Además de la guarnición militar que se alojaba lejos del campo, sólo 50 oficiales y soldados de las SS, si mal no recuerdo, llevaban el funcionamiento diario de Sobibor. Estos 50 verdugos además se alternaban para descansar en dos turnos, de manera que había días en que sólo eran 25 en el recinto. Para el éxito de la revuelta era preciso eliminar al mayor número posible de ellos casi simultáneamente y de manera expeditiva, de manera que no tuvieran la oportunidad de reaccionar.

En varios barracones de Sobibor funcionaban talleres de carpintería, sastrería, zapatería, etcétera, cuyos operarios se las apañaron para conseguir autorización de tener algunas herramientas, como martillos y algún hacha para hacer leña, que servirían como armas letales.

El plan se tramó confiando en el riguroso sentido de la puntualidad que tenían los alemanes. El taller de sastrería citó a varios oficiales para que aquel 14 de octubre fueran a probarse las prendas que les estaban confeccionando, uno detrás de otro, con intervalos de 3 minutos. En cuanto el primer alemán entraba en el barracón los sastres se abalanzaban sobre él y lo mataban a martillazos o hachazos, lo arrastraban a un rincón y se preparaban para la llegada del siguiente, que se producía con la misma puntualidad, y que corría la misma suerte: no defraudaron las expectativas de los sublevados, todos llegaban a su muerte a la hora exacta, ni un minuto antes ni uno después.

Cerca de 300 presos escaparon por los bosques y se dispersaron. Muchos fueron cazados y eliminados en los siguientes días y otros se incorporaron a las guerrillas de la resistencia y siguieron combatiendo hasta el final de la guerra.

Desde luego, un hecho histórico exaltante, y una película sobrecogedora en la eficiente austeridad de los recursos para relatar el drama de la lucha por la vida y la dignidad.