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Sexo, drogas & caligrafía posmoderna

Sexo, drogas & caligrafía posmoderna

La música de The Brian Jonestown Massacre, la banda liderada por Anton Newcombe, es una permanente reescritura de la era prodigiosa del rock 'n' roll

03.05.2018 00:00 h.
8 min

Recordamos ahora aquella escena en el jardín casero, con instrumentos desperdigados aquí y allá, músicos fumando y viendo venir el atardecer y uno de ellos, tremendamente crispado, con un cansancio de siglos sobre sus hombros, gritándole a nuestro amigo en cuestión el reproche más hermoso, sofisticado y lúcido que casi con toda seguridad le hemos escuchado a una persona que está reventando de rabia e impotencia en ese preciso instante: “¿Sabes qué? En todas las religiones, en todos los credos, en cualquier puto sistema de creencias de naturaleza espiritual, te consumes en el Infierno por fingir que eres Dios y no ser capaz de dar marcha atrás”. 

La entrañable escena está registrada en Dig!, un documental estrenado con gran éxito en Sundance en el ya lejano 2004, muy tramposo y manipulador en su planteamiento, pero a fin de cuentas bastante divertido (tirando a tragicómico), que cuenta las trayectorias supuestamente inversas y en el fondo complementarias de dos bandas amigas de la Costa Oeste de Estados Unidos a finales de los años 90: los Dandy Warhols, los del pelotazo aquel de Bohemian like you y... nada más en realidad; y The Brian Jonestown Massacre, el proyecto --en aquel entonces mesiánico: las drogas hacían lo suyo-- de Anton Newcombe. Para más señas, nuestro amigo en cuestión. 

Geniecillo exasperante y entrañable a partes iguales, politoxicómano irredento (en aquella época), zumbado perdido en un profundo bucle del espacio-tiempo, Anton Newcombe es un músico de culto

Geniecillo exasperante y entrañable a partes iguales, politoxicómano irredento (en aquella época), zumbado perdido en un profundo bucle del espacio-tiempo, Anton Newcombe, como pudo comprobar --se diría que por enésima vez-- aquel impotente colega, es uno de esos músicos cuya fe casi delirante en la verdad de su camino los aboca a un individualismo radical, al borde o más allá de la tiranía en la relación con sus colaboradores de turno, y en última instancia a caminar por los arcenes de las grandes y relucientes autopistas --de peaje-- de la industria. Llamémoslo también, si se prefiere de este modo, de culto. No sorprende, en fin, que una vez dijera que su intención era “entrar en la historia como alguien que siempre hizo lo que quiso”.

Newcombe 2

Newcombe, el líder de The Brian Jonestown Massacre

La suerte que correrá la primera parte del deseo la desconocemos, pero de la consecución de la segunda, al menos hasta la presente fecha, da testimonio su obra al completo. En activo desde 1990, siempre por medio de sus Brian Jonestown Massacre, una formación volátil como sus prontos, a veces compuesta por una multitud de instrumentistas, otras por él solo produciendo y tocando todo lo que se escucha, pero generalmente integrada por un núcleo duro del que forma parte Matt Hollywood --ese al que dejamos vociferando en el jardín--, Newcombe ha llevado a tal extremo --y con tal ausencia de escorzos-- su puro albedrío y su plena conciencia de encontrarse inmerso y entregado en cuerpo y alma a una incansable exploración del continuum de la tradición rock que, en algún momento, y muy probablemente sin pretenderlo, se convirtió en un calígrafo posmoderno.

Su música podría calificarse como un descomunal pastiche; una reinvención de géneros, sonidos, ambientes y maneras ligadas al canon menos evidente 

Lejos de toda interpretación peyorativa, sino meramente descriptiva, su música podría calificarse como un descomunal pastiche; una permanente reescritura de géneros, sonidos, ambientes y maneras ligadas al canon menos evidente de la era prodigiosa del rock 'n' roll, que salta desde la psicodelia --el sensacional Their Satanic Majesties' Second Request (1996), un rendido y explícito homenaje a The Rolling Stones más ácidos y narcóticos-- a las variaciones country-blues --Thank God for Mental Illness, también del 96--, con centelleos de garage, folk rock à la Love/Byrds, pop cristalino y radiante del que clavaban cuando les daba por ahí los Flamin' Groovies, ecos de The Beatles, Syd Barrett, Bowie y un sinfín más de devociones  comprimidas en citas más o menos expresas y guiños sutiles para los arqueólogos de las cubetas de discos de los años 60 y 70.

Newcombe tiene espíritu hippie y actitud punk. Su líder vive en Berlín, ha dejado el alcohol y las drogas y hace vida de padre de familia 

Pero además resulta que la atiborrada jukebox que es el grupo de Newcombe --espíritu hippie, actitud punk-- se ha adentrado también en estéticas más contemporáneas, desde el noise (My Bloody Underground, 2008) hasta el rock catártico apoyado en loops electrónicos (Who Killed Sgt. Pepper?, 2010), pasando por --de nuevo-- un innumerable catálogo de resonancias que abarcan el grunge a media luz, los medios tiempos con halo melodramático de unos The Cure o los tanteos con esa psicodelia estática y atmosférica de fuerte impronta ambient y kraut-rock que viene entregando esporádicamente, en cuidados singles, desde que hace una década estableciera su hogar en Berlín y, según cuenta, dejara el alcohol y las drogas​ para probar una vida de padre de familia que hace la compra y recoge a los niños del colegio.

Dentro de unos días, a comienzos de mayo según lo previsto, saldrá el primero de los dos nuevos trabajos que el músico ha anunciado para este año. Y a tenor de lo avanzado por él mismo, en una versión sin mezclar en su canal de YouTube, regresa a la neopsicodelia, al familiar sonido de sus guitarras garabateando volutas y remolinos de electricidad flotante. The Brian Jonestown Massacre es un grupo extraño: difícilmente algún álbum suyo será el favorito de alguien, pero un somero peinado de su vasta, casi desmesurada discografía bastaría para crear un fenomenal recopilatorio ad hoc de modestos clásicos envolventes y llenos de feeling para tardes perezosas. Errático prácticamente por una cuestión de principios, casi-sí-pero-al-final-no con mucha frecuencia, Anton Newcombe es, en estos tiempos tan propensos al perpetuo revival, seguramente el más genuino de la numerosa tropa de mediums empeñados en mantener conectada con el presente la energía de aquel pasado ya brumoso pero aún vibrante.

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