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El escritor Enmanuele Severino

Severino, un presocrático vivo

El pensador italiano, especialista en filosofía griega, descubrió que en el tránsito entre Parménides y Platón se decide el curso entero de la cultura de Occidente

13.08.2019 00:00 h.
9 min

“Aunque la ciencia y la técnica tengan la mayor probabilidad de evitar la catástrofe nuclear, lo que hay en ésta de más terrible, esto es, el aniquilamiento de la raza humana y de la tierra, ha sucedido ya. Mejor dicho, el aniquilamiento de todas las cosas ha sucedido ya. Hace más de dos mil años: con el abrirse del sentido griego de la cosa”. Esta categórica aseveración contiene in nuce el pensamiento de Emanuele Severino, un filósofo​ que este año ha cumplido los noventa en su Brescia natal, aureolado por el prestigio de sabio presocrático que siempre le acompaña. Severino es filósofo de una manera que ya casi no se entiende ni se practica. Su pensamiento ha conseguido asomarse a lo más espantoso que se esconde agazapado en la civilización occidental sin por ello dejar de ofrecer una de las afirmaciones más vibrantes y luminosas que se han hecho en el maravilloso y cruel siglo XX. 

Emanuele Severino se doctoró en 1950 en la Universidad de Pavía con una tesis titulada Heidegger y la metafísica, en la que ya se prefiguran sus principales líneas de investigación. Toda la filosofía de Severino es, de hecho, un pulso con Heidegger y su concepción del ser. Hace poco se ha sabido, gracias al filósofo alemán Friedrich-Wilhelm von Hermann, que el propio Heidegger, tan reacio a admitir en público su interés por otros colegas –ya no digamos si encima eran latinos–, siguió muy de cerca, intrigado e impresionado, los trabajos de Severino. Y no es de extrañar. En 1964, Severino publicó un largo artículo titulado “Ritornare a Parmenide”, luego incluido en Esencia del nihilismo (1972), su obra más programática. Especialista en filosofía griega, Severino se preguntó ahí, con una extraordinaria agudeza filosófica, qué había ocurrido entre Parménides y Platón. Y se dio cuenta de que en ese tránsito se había producido un salto ontológico que había acabado por determinar el curso entero de nuestra cultura. 

Parménides es, junto a Heráclito y Anaximandro, uno de los “pensadores del inicio”, como los llamaba Heidegger. En los restos de su poema sapiencial en hexámetros, el pensador de Elea narra la experiencia iniciática de un joven que se acerca a una diosa para atender una revelación espiritual. La diosa le dice al joven que debe prepararse para escuchar la “verdad bien redonda”, aquella que se aparta de las opiniones de los mortales, seres bicéfalos, hordas de ignorantes. Esa verdad dice que sólo puede ser que haya y que nada no hay, que el ser es “ingénito, indestructible, entero, único, imperturbable e infinito”, un es continuo que elimina cualquier posibilidad de división y ausencia. Severino advirtió que Parménides, al negar la nada, fue al mismo tiempo el primero en nombrarla, abocando a Occidente a una batalla metafísica sin cuartel. En palabras del propio Severino, “Parménides es el sembrador trágico que lanza a la vez la semilla de la verdad y la semilla de la locura”.

El filósofo Martin Heidegger
El filósofo Martin Heidegger

En otro de sus mejores ensayos, Il parricidio mancato (1985), Severino abundó en la problemática parmenidea al analizar la respuesta de Platón al desafío de su maestro. En el Sofista, Platón se encara con Parménides, al que llama “venerable y terrible” (“aidoiós kai deinós”), dos epítetos homéricos, refutando su concepción del devenir como algo necesariamente ilusorio porque si fuera realidad entonces a la nada no le quedaría más remedio que ser. Platón, para poder seguir pensando y construir su edificio, necesita salir del imperativo de Parménides y salvar los no seres, dando carta de naturaleza a aquello que vemos desaparecer y matando de golpe a su padre. Con ello, según Severino, Occidente abandonó definitivamente la ruta del día y se internó para siempre en la ruta de la noche:

“En el parricidio platónico se muestra en qué sentido se debe decir que los no seres son. Pero, al matar al padre, se mata también la verdad, y de una vez para siempre en la historia de Occidente. Desde hace tiempo en mis trabajos se llama la atención sobre el sentido auténtico, y completamente desconocido en nuestra cultura, del parricidio logrado. La alienación que impulsa al pensamiento de Parménides a colocar como nada las cosas, sigue siendo el alma del parricidio logrado, o sea del pensamiento que, con Platón, conduce la multiplicidad de las cosas al interior del ser. Son remitidas al ser, pero manteniendo su nulidad originaria; la nulidad que se expresa en la afirmación de que lo múltiple deviene, sale de y vuelve a la nada. Esta afirmación es el signo de la nada en la que se colocan los entes. Pero es asimismo el signo más indescifrable para lo que llamamos nuestra cultura”.

La escuela de Atenas
Los filósofos de la escuela de Atenas pintados por Rafael Sanzio

Severino demuestra en todos sus trabajos que el estudio de Grecia no es una ocupación humanística ociosa sino que supone tomar conciencia del origen de una forma de pensamiento que ha devenido ya planetaria. Esa fascinación por las cosas que surgen de la nada y vuelven a ella es la idea con la que Occidente ha construido su dominio técnico universal, desde Platón en adelante, incluyendo al cristianismo, que Severino no duda en definir como otra forma de nihilismo, algo que le acarreó serios problemas. Entre 1954 y 1970, Severino impartió filosofía en la Universidad Católica del Sacro Cuore de Milán, pero pronto sus libros empezaron a levantar sospechas en la Iglesia. Finalmente, en 1970, la Congregación para la Doctrina de la Fe --la nueva Inquisición que más tarde dirigiría el cardenal Ratzinger-- proclamó la incompatibilidad del pensamiento de Severino con el cristianismo, dándole sin querer la razón y expulsándole de la docencia. Severino fue llamado entonces por la Universidad Ca’ Foscari de Venecia, donde enseñó hasta su retiro en el año 2001.

El enfrentamiento de Severino con la alta jerarquía católica --algo de lo que, por otra parte, nunca se ha vanagloriado-- prueba la peligrosidad de su pensamiento, que incide en cuestiones que nos siguen incumbiendo y que están ahí, más vivas que nunca, aunque nadie quiera mirarlas. Intentando retomar la ruta del día del poema de Parménides, Severino ha tratado luego de afirmar lo que él denomina “la eternidad de todos los entes”, que, en oposición a la llamada diferencia ontológica de Heidegger, considera que el ser es la suma de todos los existentes y que la vida y la muerte deben ser entendidas como un mero aparecer y desaparecer de un mismo ser inmutable. “Toda cosa está indisolublemente unida a alguna otra. Considerada en su aislamiento del Todo, aquella, por tanto, es nada. El sueño es justamente el aislamiento de la cosa. Lo que, con nuestro actuar, creemos haber conseguido –la felicidad, el poder, la salvación, la solución de los problemas de la vida y de nuestra época– es en realidad nada. No hemos alcanzado nada, porque nos hemos olvidado de ser Todo”. Como todo gran filósofo, como el mismo Parménides, como Heidegger, Severino ha terminado siendo un poeta.

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