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El secreto de Liv Stromquist

El secreto de Liv

'El fruto prohibido' de Liv Strömquist es un cómic que narra el papel de la mujer en el tebeo a través de una 'historia cultural' de la vulva

8 min

Corre el año 1972 y el astrónomo y divulgador Carl Sagan convence a la NASA​ para incluir en su flamante sonda espacial Pioneer 11 –destinada a cartografiar los polos de Júpiter y los anillos de Saturno– un particular mensaje en la botella. Sagan, con la ayuda de Frank Drake y Linda Sanzman, proyectan la inclusión de una placa de aluminio dorado en la estructura exterior de la sonda. La decisión es polémica ya que algunos científicos alertan que la información que contiene la placa es una invitación ingenua para que posibles civilizaciones extraterrestres nos hagan pupita, nos arrasen sin dificultades con el mapa interestelar que les brindamos. 

La placa incluye –aunque perdimos su pista en 1995, se supone que sigue surcando el espacio junto a la sonda rumbo a las constelaciones de Escudo y Águila-–, entre otras cosas: la longitud de átomo del hidrógeno neutro; la posición del Sol con respecto al centro de la Vía Láctea y la de la Tierra respecto a nuestro Sistema Solar; el dibujo de la propia Pioneer junto a un esquema básico que representa a los dos géneros humanos. Desnudos. El del hombre –un caucásico joven que saluda sonriente a los posibles extraterrestres-- incluye sus órganos sexuales. Lo que la placa no incluye es la vulva. La sonrisa vertical se ha borrado del cuerpo de la mujer joven y caucásica. Y sin embargo, en los diseños originales Sanzman sí que la incluyó. ¿Qué pasó? Parece que Carl Sagan, decidió eliminarla del diseño final al sospechar que la NASA la censuraría y no habría tiempo para diseñar otra.  

La representación del sexo femenino en las diferentes épocas de la historia oscila entre lo sacro y el delito, entre la fobia y el deleite 

De esa y otras desapariciones habla la ilustradora y guionista sueca Liv Strömquist​ (Lund, 1978) en el recién editado El fruto prohibido: historia cultural de la vulva (Reservoir Books, 2018). Un cómic de no ficción que rastrea los diferentes acercamientos, entre lo sacro y el delito, entre la fobia y el deleite, que ha tenido la cultura predominante ante la representación del sexo femenino en diferentes épocas de la historia. A lo largo de los  siete capítulos que lo integran, Strömquist –mediante ilustraciones, entre lo punk y lo cándido, que marida de perlas con la enjundia de los argumentos, construyendo una simbiosis la mar de resultona– explica el desvarío de muchos hombres que se han dedicado demasiado a teorizar y experimentar sobre el tema con resultados terribles; el tabú que todavía existe sobre la menstruación en muchas sociedades; la extraña desaparición del clítoris y de la vulva de muchos libros escolares modernos: se muestran solo los elementos internos del aparato sexual femenino, reduciéndolo todo a la reproducción; el descubrimiento en 1998 de que el clítoris, a parte del glande, tiene una parte interna que llega hasta los 10 centímetros de longitud y que sus terminaciones nerviosas parecen ramificarse todavía mucho más lejos; o la veneración de antiguas civilizaciones por el sexo femenino como un lugar sagrado, casi divino, representado con fruición en estatuas votivas, tomando formas de joya, en ábsides y capiteles cristianos. 

El origen del mundo

Uno se acuerda del poema Mandorla de José Ángel Valente: “Estás oscura en tu concavidad / y en tu secreta sombra contenida, / inscrita en ti. / Acaricié tu sangre. / Me entraste al fondo de tu noche ebrio/ de claridad”. O en aquellos versos de Octavio Paz: “Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida, / bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma, / cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro, / boca del horno donde se hacen las hostias, / sonrientes labios / entreabiertos y atroces, / nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible / (allí espera la carne su resurrección / y el día de la vida perdurable) / Patria de sangre, / única tierra que conozco y me conoce, / única patria en la que creo, / única puerta al infinito”.

Liv Strömquist, Bokmässan 2013 4

La autora Liv Strömquist / Albin Olsson

Es conocida y estudiada la feroz iconoclastia de diversas tradiciones religiosas sobre la figura del dios o del profeta. Menos literatura, al menos hasta ahora, ha suscitado la desaparición de labios mayores y menores, de menarquías, de secreciones vaginales y orgasmos femeninos. Como en los cuadros aparentemente realistas de Kasemir Malevich durante la terrible represión estalinista, en este caso también lo más importante es el vacío que se dibuja entre sus figuras. La desaparición.

El cómic de Strömquist se une a multitud de tebeos escritos y dibujados por mujeres en los últimos tiempos. Maravillas gráficas que pretenden contar la parte del mundo que nos falta

Con la desaparición perpetrada por Sagan --y las anteriores y las posteriores-- lo que estamos borrando en realidad es el mismo origen del mundo. El famoso cuadro pintado por Gustave Courbet permaneció escondido en las bodegas del Musée d’Orsay hasta 1995 pese a que el Estado francés lo recuperó en 1981. Por no hablar de su reciente prohibición por parte del tiquismiquis algoritmo censurador de Facebook. La figura de la mujer en el mundo del cómic, para qué negarlo, se ha visto condicionada por el machismo imperante. Acaso aparecían como heroínas a imitación de los héroes masculinos. En pura condición de personajes secundarios y dóciles. El cómic de Strömquist se une a multitud de tebeos escritos y dibujados por mujeres en los últimos tiempos. Maravillas gráficas que pretenden contar la parte del mundo que nos falta, como los tebeos autorreferenciales de Alison Bechdel, las sugestivas y ácidas escenas cotidianas de Flavita Banana, la lacerante  Una entre muchas de Emma Jane Unsworth o la popular Moderna de Pueblo de Raquel Córcoles.

“Después de sesudos estudios, los especialistas concluyen que el secreto de Victoria es el coño”, titulaba hace unos meses el cada vez más clarividente El Mundo Today para referirse al eufemismo que da nombre a la famosa firma de lencería Victoria’s Secret. El secreto del éxito del libro de Liv es que lucha contra estos eufemismos ridículos con argumentos y humor, consignando todo tipo de elementos históricos y artísticos para armar un alegato feminista –es decir, igualitario-- y gozoso. Y además se lee de una sentada.  La de la vulva es una larga historia que parece que va acabar bien