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Camilo, rodeado de Ocaña y Nazario, durante el rodaje de ‘Ocaña, retrato intermitente’ de Ventura Pons.

La Santísima Trinidad del 'underground'

Un libro saca del olvido al compañero inseparable de Ocaña y Nazario en la Barcelona de los setenta: el onubense Camilo, actor, modelo, ‘performer’ y pintor

25.01.2019 00:00 h.
9 min

En la jurisdicción del underground que hizo palanca en la Barcelona de los 70, junto a Ocaña y Nazario, estuvo también Camilo, un ser anfibio y singularísimo que vino a completar aquella santísima trinidad de la contracultura con un concepto del arte feroz e intermitente, acaso tan radical que apenas tuvo obra. De él sólo quedan unos pocos lienzos, pintados ciertamente con desgana y a trompicones, y un sinfín de espectáculos callejeros a los que hoy se les reconoce en los museos vuelo artístico: las Jornadas Libertarias del Parc Güell, el Canet Rock, los carnavales de Vilanova y Sitges, las filmaciones de Video Nou, las salidas por las Ramblas...

Podría decirse que Camilo Cordero (1953-1994) fue un camaleón de ojos grandes. Todo empezó para él a la sombra de un pueblo andaluz --el suyo, Moguer, en la provincia de Huelva-- y continuó al trasluz de una ciudad en el punto máximo de su ebullición, Barcelona. Como otros muchos de sus paisanos, allí se trasladó a comienzos de la década de los 70 para encontrar el mejor guante posible a sus fastuosos delirios. Siempre al amparo de una personalidad obsesiva, de un perfil distinguido y de una timidez enfermiza que reventó en acciones sonadas como telonero de Ocaña. Su vida tuvo, al parecer, el mismo punto de extremo inflamable que su obra artística.

De todo eso aparecen por primera vez huellas en la monografía de Isaías Griñolo y Antonio Orihuela Camilo, és perillós abocar-se (Camilo, es peligroso asomarse), que acaba de editar el Ayuntamiento de Barcelona en la colección Biblioteca Secreta. El libro da cuenta de su vida a través de los testimonios de aquellos que lo conocieron, que es una fórmula válida para sacarlo de entre las sombras aunque se echen en falta algunos datos más en firme sobre su caudal biográfico. El escritor Ferran Aisa, el pintor Pablo Sycet, el galerista Fernando Roldán, el gestor cultural Toni Puig, uno de los fundadores de Ajoblanco, y, por supuesto, Nazario airean sus recuerdos sobre los años de Camilo en la capital catalana.   

Camilo, en una fotografía del archivo Manolo Fan reproducida en el libro ‘Camilo, és perillós abocar-se’.Lo que sale de ahí es algo parecido a un genio que renunció a serlo. Más o menos, la definitiva encarnación de la exquisitez. O de la pereza. “Camilo es alguien que no quiso ser lo que deseaba”, resume Griñolo, en un epílogo que lo atornilla entre aquellos que eligieron por convicción apartarse de la mecánica ruidosa del arte. “Lo interesante es que era un artista que supo hacer de su vida su gran obra de arte. Estaba rodeado de otros artistas que hacían obra, pero él no hacía o hacía lo mínimo, se resistió siempre a dejar que su arte se separara de su vida”, explica uno de los autores del libro, convertido también en documental en la cinta Camilo, la vida como performance.

Sobre este punto, el propio Nazario calibra ambiciones. “Se ha hablado mucho de que si aquello que hacíamos en la Rambla eran performances, pero nosotros nos dedicábamos a vivir, no pensábamos en el futuro ni en lo que aquello pudiera ser en el futuro. Lo único que queríamos era pasarlo bien, divertirnos, y la forma de pasarlo bien era disfrazarnos e irnos al Café de la Ópera, que era el lugar donde más público incondicional teníamos, porque en este café se reunían todos los homosexuales, la gente del teatro, actores, actrices, gente del cine. En fin, yo pienso que lo que hacíamos era simplemente divertirnos”. 

En su valoración, Puig coincide con el autor de Anarcoma: “Camilo, Ocaña y Nazario no hacían arte de acción, ni performance; lo suyo era mejor que todo esto, porque la performance tiene un punto falso, de escenificación, y ellos eran así, eran arte, hacían arte genuino. También eran absolutamente inocentes, les salía del alma esta comunicación con la gente, meterlos en el cante, en el baile, en el color, montar una fiesta en La Rambla, invitar a su casa, juntar a gente de Barcelona de todas las edades y todos los estamentos sociales, les salía del alma. Eran unos artistas genuinos, inocentes, increíbles, los tres”. 

Camilo, con la guitarra, y Nazario, en una imagen del archivo del dibujante.

Camilo, con la guitarra, y Nazario, en una imagen del archivo del dibujante.

Sin ánimo de insistir (quizás para driblar al éxito), Camilo se internó en el mundo de la interpretación y de la pasarela. E, incluso, abrió una tienda de antigüedades en el Raval con un novio llamado Antxon, de quien presumía entre los amigos de que pertenecía a la banda terrorista ETA. Sin embargo, su escaso olfato comercial (“No servía para vender, era muy espléndido”, rememora Nazario) y el duro golpe de la muerte de Ocaña lo empujaron, a mediados de los ochenta, de vuelta a Moguer, donde abrió un pequeño bar, BART, que funcionó, durante unos años, más como galería de arte y laboratorio cultural entre la juventud del municipio onubense.

“Mientras todos los demás quisieron crecer como artistas, él quiso ahondar en la vida, y acaso haya sido su mejor obra, el gesto más radical, ensayado por encima de un Ocaña que quería ser pintor o de un Nazario que quería dibujar cómics. Camilo fue más allá en la identificación del arte con la vida y, cuando todos sus amigos se cansaron para volver a sus cuarteles de invierno o a sus estudios para hacer arte, él siguió adelante, buscando nuevos cómplices, ahora en el Sur, en su pueblo, en un último intento de que la fiesta continuara hasta el final, hasta hacerse uno con ella, hasta olvidarse de sí”, expone Antonio Orihuela.         

Aquella aventura apenas duró un par de estaciones. Otra vez, la habitual indolencia, la incapacidad absoluta para organizar la vida según un reglamento, unas normas, un horario... Tras los años de derrape en Barcelona, Fernando Roldán se lo encontró un día, inesperadamente, en Sevilla, antes de que lo matara el sida. “Cuando lo volví a ver, hacia 1993, en la galería Fausto, donde él estaba no sé si atendiendo o echándole una mano, se me cayó el alma a los pies; me dio mucha pena ver en el estado en que se encontraba, fue una imagen muy triste comparado con el Camilo que yo había conocido diez años antes, en pleno apogeo, con 27 o 28 años...”

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