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Rosario 'de Goya' Weiss

Rosario 'de Goya' Weiss

La artista, fijada por algunos expertos como hija del pintor aragonés, desarrolló una importante carrera como copista y dibujante, truncada por su fallecimiento con 28 años

01.03.2018 00:00 h.
9 min

Lo asombroso en la existencia frágil de Rosario Weiss (1814-1843) es su invencible voluntad de ir un poco más allá. En el arte. Y en la vida, por supuesto. La niña llenó sus pulmones de oxígeno por primera vez en Madrid, donde una matrona --cuentan-- tiró de ella y, al verle la cara, aventuró que aquella criatura traía un misterio que contar. Ella era la última hija de Leocadia Zorrilla e Isidoro Weiss, un joyero de origen alemán que acabó denunciando por adulterio a su mujer, incrustada como ama de llaves de Francisco de Goya al poco de la ruptura.

De ahí que, antes o después, es necesario pasar por las tuberías del pintor para llegar al fondo de Rosario Weiss. Ya en la Quinta del Sordo, ya en el exilio de Burdeos, la niña estableció el anómalo cuartel de su infancia a su sombra, en los dibujos que él le dejaba a medio terminar para que los completara. Ella pintaba. Pintaba mucho. Pintaba siguiendo los trazos incompletos de Goya --ya por entonces aupado hasta los setenta años--, que siempre procuró atenciones hacia la criatura, cuyos primeros años tenían también abrigo de lumbre de cocina. "Mi Rosario", llamaba el aragonés a la chiquilla.

Como una hija... sin herencia

"Empezó a enseñarle el dibujo a los siete años de edad al mismo tiempo que aprendía a escribir; y para no fastidiarla obligándola a copiar principios con el lapicero, le hacía en cuartillas de papel figuritas, grupos y caricaturas de las cosas que más podían llamar su atención, y las imitaba ella con un gusto extraordinario valiéndose solo de la pluma", anotó el periodista, abogado y senador Juan Antonio Rascón en la necrológica que le dedicó en la Gaceta de Madrid a la muchacha, a quien el gas se le agotaría antes de cumplir la treintena. El cólera, al parecer, la abrasó por dentro.

Dada su proximidad con Goya, hay estudios que la han fijado como hija del pintor. "No existen, sin embargo, pruebas que lo confirmen, aunque lo realmente importante es que la quiso como a una hija", señala Carlos Sánchez Díez, comisario de la exposición Dibujos de Rosario Weiss (1814-1843), abierta en la Biblioteca Nacional (BNE) hasta el 22 de abril. De hecho, el artista no incluyó en su testamento ni a la niña ni a su madre, quien, no obstante, según da cuenta en una carta a Fernández de Moratín, rompió en un ataque de cólera un documento donde le dejaba bienes y algún dinero.

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 'Mujeres lavando', dibujo de formación de Rosario Weiss y Francisco de Goya (1821-1824) / BNE

Francia y vuelta a España

Alejadas del reparto por Manuel, el único hijo y legítimo heredero de Goya que sobrevivió a los ocho que el pintor tuvo con Josefa Bayeu, Rosario y su madre Leocadia tuvieron que subsistir gracias a una pensión del Gobierno francés y a la ayuda prestada por los amigos de Burdeos y por Pierre Lacour, profesor de la joven en su academia de dibujo desde 1825. De algún modo, esta formación artística en Francia atemperó la expresividad de sus primeros pasos junto al aragonés, dirigiéndolos hacia un trazo preciso, limpio y ordenado que le permitió triunfar años después en España.

A ello le empujó su madre cuando en 1833 se decretó la amnistía para los liberales exiliados y, por fin, pudieron regresar a España. Según se adivina en sus cartas, Leocadia Zorrilla animó a su hija a desarrollar su profesión artística, que tuvo su primera parada como copista en el Museo del Prado. "Para poder continuar sus estudios i atender a su existencia i a la de su madre [sic] que penden solo del producto de su profesión, necesita como medio único para continuar su carrera copiar los cuadros del Real Museo", pedía en una misiva dirigida a la regente María Cristina.

Consolidación

Asentada ya en suelo español, Weiss compaginó la copia --quizás, la falsificación también-- de obras de grandes maestros como Goya, Velázquez, Tiziano, Rubens o Van Dyck con los dibujos a lápiz de escritores de la época como Espronceda, Zorrilla, Mesonero Romanos y Larra, quien aparece retratado por ella como un pollopera --tupé, barba, gabán y pañuelo al cuello-- antes de que decidiera hacerse un siete de bala en la calavera con un espejo de testigo. También dibujó del natural apuntes de plantas y árboles y ejecutó paisajes de tono romántico con castillos, lagos y ruinas.

En un ambiente testicular, ella consolidó carrera artística, lo que venía a ser un trote único y feminista en pleno siglo XIX. Cuando el talento empezó a hervirle, le abrieron las puertas del Liceo Artístico y Literario y de la Academia de San Fernando, que la hizo "académica de mérito" (las mujeres no eran admitidas allí). "Valga por todas, a fin de no hacer una prolija enumeración de cuantas lo merecen, la señorita doña Rosario Weys [sic], que da a los dibujos suyos una conclusión admirable, y que por su habilidad con el pincel debe considerarse como profesora", anotó sobre ella el humanista José Musso.

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Detalle del dibujo de Adrienne Barre, ejecutado por Rosario Weiss en Burdeos hacia 1832 / MUSEO LÁZARO GALDIANO

Problemas de salud

No han llegado hasta hoy muchas pinturas originales suyas y las que lo lograron --apenas una decena-- son, por lo general, de poco interés artístico. Este hecho ha llevado a los expertos a concluir que Rosario Weiss se valió de su gran capacidad imitativa para ingresar en el mercado laboral del arte, si bien por vías secundarias como la copia, la ilustración o la enseñanza particular al más alto nivel, pues en su último año de vida dio clases a Isabel II y a su hermana. En esta línea, la exposición de la BNE ha fijado el contorno definitivo de la artista en 140 piezas, la mayoría dibujos y litografías.

Sin embargo, los problemas de salud de Weiss fueron un obstáculo para continuar con su labor, ya que, bajo prescripción médica, tuvo que marcharse a Barcelona. Una vez recuperada, regresó a Madrid, pero una súbita recaída la llevó a la tumba. "En la flor de su edad, en la época en que más debía haber brillado su ingenio, vino la muerte a arrebatar a España una artista que hubiera sido su gloria; porque si tan temprano había llegado a sobresalir en el difícil arte de la pintura, en las diferentes clases a las que se dedicara, ¿qué no hubiera alcanzado en lo sucesivo según la marcha progresiva con la que caminaba?", se preguntaba Juan Antonio Rascón en su obituario.

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