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Francine du Plessix Gray

La ropa sucia del 'glamour'

La editorial Errata Naturae publica las memorias de Francine du Plessix Gray, hija e hijastra de dos de los mitos de la moda del siglo XX

28.06.2019 00:00 h.
8 min

Es probable que la autora de Ellos y a quienes se refiere, su madre y su marido, no estén en el top ten de los ricos y famosos que memorizamos, y que no pasan de los Rothschild o los Guggenheim, aparte claro de los celebrities patrios, con alguna presunta duquesa espía y otra que se puso el mundo por montera  aunque no consiguió que la pintara Goya, como era tradición en la familia. Pero a medida que el libro se muda a Nueva York y a la época de los felices y derrochadores años sesenta empiezan a desfilar por la historia que cuenta el Who es Who de la época dorada de Hollywood. Y también de la tribu neoyorquina de los Warhol y los Mailer, que consiguieron darle a aquella ciudad la fama de la gran megalópolis de la modernidad. Judíos, hijos de la diáspora que tiñeron de ingenio y talento uno de los momentos más veraces del arte y el pensamiento de los Estados Unidos, escandalizando y creando a partes iguales.

Pero esa es la segunda parte de una memorias tan largas como complejas y apasionantes. Díjerase que la familia de Du Plessix sirve para contar un siglo. No sólo porque estuvieron donde pasó todo lo malo y todo lo bueno, sino porque –en sí mismos– representan toda la complejidad de la modernidad: la belleza y los remordimientos, las relaciones torturadas y el lujo, la huida y la riqueza. 

El padrastro, Alexander Liberman, creador de la biblia de la moda, la revista Vogue, fue el gurú de toda la estética y los hábitos de la alta burguesía mundial. Era quien decidía quién era guapo y quién no, quién mercería pasar a la posteridad gracias a los mejores fotógrafos y quién debía resignarse a una vida en letra minúscula o, todo lo más, a pie de página. Su madre Tatiana Yakovleva firmó los sombreros más estrafalarios, audaces y famosos de aquella época en la que una mujer sin sombrero era una cualquiera,  anónima, nadie o sea.

Ambos, a la mitad de una vida, a su llegada a la América refugio, arrastraban toda la historia de la Europa convulsa del siglo XX. Por los versos que el poeta Maiakovski dedicó, enfebrecido, a la que había sido su amante, Tatiana, ya merecía la madre de la autora pasar a la historia, un par de tesis doctorales y hasta una serie en una plataforma de pago. El amante famoso fue la guinda de una juventud extrema y extraordinaria: la de una joven rusa blanca, hija de otra no menos extraordinaria aristócrata rusa, que vive en París, colecciona amantes, seduce al poeta más laureado y llorado, de la historia rusa ,y casa finalmente con un vizconde francés, que le da apellido y una vida confortable aunque no suficiente, a lo que se ve de sus amoríos extramaritales, y que viene a morir en un acto de guerra contra los nazis, dejando a la hija huérfana y a la esposa libre. Ahí es donde aparece el Él de este Ellos, el estrafalario y genial Liberman que sostiene a la familia y procura la fama a su no menos estrafalaria esposa.

Portada Ellos / ERRATA NATURAESolamente por seguir la ruta de esas familias de exiliados de varias violencias, de la Revolución Rusa y del acoso nazi, solamente por conocer los avatares de esos que habían sido llamados a vivir sin sobresaltos y lo tuvieron todo, merece la pena este largo, ciertamente, libro que ofrece una, digamos, segunda parte no menos impresionante. Es en la América de las oportunidades donde estos judíos y aristócratas encuentran el lugar donde va a brillar su ingenio y donde podrán crear un hogar, o lo más parecido a un hogar.

Ahí, en esta segunda vida, es donde el paisaje exterior es apasionante (con Marlene Dietrich, Christian Dior o Yves Saint-Laurent)  y da forma a un vivo retrato de la Nueva York del lujo y de la locura, del arte y el snobismo. Es ahí, en la adolescencia y en la madurez de la autora, cuando la familia muestra el revés de la fotogenia. Unos padres atrevidos y maravillosos, liberales y libertinos, no garantizan una infancia en armonía, cuidados y felicidad. No, al menos, en su caso.  Sin excesivo dramatismo, la autora que construyó su vida lejos de la imagen de sus padres (escritora celebrada y premiada) cuenta abandonos y también dolores. Los egos descomunales no suelen ser buenos anfitriones de la generosidad. 

Ellos deja la idea al lector de que quien sigue la senda del exceso o muere joven y deja un bonito cadáver, según el adagio de la película de Nicholas Ray, o deviene en puro esperpento con todas las miserias al aire y sin rastro de lo que fuera virtud. A una madre caprichosa y casi cruel se le suma en esta historia la actitud de un marido adorador y paciente que con los años rompe esa docilidad y adopta los extravíos de su adorada. A la muerte de la madre, narrada de forma tan brutal que el doloroso Una muerte muy dulce de la Beauvoir se queda en mantillas, el padrastro, el muy eficaz, eficiente y magnánimo Liberman cae en un precipicio personal y profesional del que es rescatado por una segunda mujer que ejerce de madrastra (fiel al relato infantil) de la autora. Y de manipuladora implacable, según el tópico más vulgar del anciano dominado por una señora más joven.

Prolija y minuciosa, esta es la memoria de una mujer que se ganó la cordura casi por su cuenta, que reconoce el privilegio de haber vivido una época gloriosa y que desnuda, al fin, a aquellos cuyos rostros rozaron la divinidad de los elegidos. Como si se nos permitiera ahondar en la ropa más sucia de los más bellos, hermosos y felices. Publicado por Errata Naturae, el libro nos ha llegado justo casi al mismo tiempo que la muerte de su protagonista, en enero der este mismo año.