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Hasta que la delación te alcance

Hasta que la delación te alcance

'El compañero que me atiende' reúne una antología de textos sobre los delatores en la cuba castrista, entre los que destaca un relato de Rolando Sánchez Mejías

10.12.2017 00:00 h.
7 min

Al leer los relatos --algunos testimonios autobiográficos, otros obras de ficción "basadas en hechos reales"--, todos son en mayor o menor medida, según el grosor de la piel del lector, pavorosos en esta antología de 75 textos --algunos publicados antes en libros, otros escritos para esta edición-- titulada El compañero que me atiende. Ese compañero es el delator, el espía, el confidente, el judas ilustrado, el chivato, el “seguroso”, el informante, el policía encargado de “atender la cultura”, o sea de mantener con el potencial elemento díscolo una vigilancia cercana, afable, paternal, y a menudo incluso cordial y casi íntima, y por ello más repugnante, en la Cuba castrista desde la década de los sesenta hasta hoy. Meritoria y triste tarea editorial de Enrique del Risco, en la que he tenido la sorpresa (oh, pero hubiera podido imaginarlo) de encontrarme un relato de las Historias de Olmo (Madrid, 2001) de Rolando Sánchez Mejías: Olmo: un Monsieur Teste caribeño y alter ego del autor. El breve relato se titula Hasta que la delación te alcance y dice lo siguiente:

"Tonino le secretea a Olmo que en La Habana ya no se sabía quién era o no era delator. Todos los delatores no tienen por qué ser gorditos, de pelo grasiento y olor a cebolla. Pero el delator del cual hablamos sí era gordito, de pelo grasiento y olor a cebolla, además de ser un poquito jorobado. Se sentó frente a Olmo y le dijo: Te voy a delatar. Olmo amaba la rectitud en la gente. Y la transparencia de alma en la gente. Y la resolución en los ojos de la gente. 'Un delator honrado', se dijo Olmo con las pupilas húmedas. Y lo abrazó, lo abrazó como no abrazaba a nadie hacía muchísimo tiempo".

Aquí se ve claramente la inteligencia del autor y su sentido del humor. Sánchez Mejías llegó a Barcelona en alas del programa de ciudades refugio en el que colaboraba el ayuntamiento, publicó Historias de Olmo con breves relatos como éste sobre la vida en Cuba --y a partir de esa base temática, sobre la naturaleza humana-- y el Cuaderno de Wilflingen, a partir de una estancia en esa localidad alemana, de la que extrajo observaciones que eran como poemas sobre el mundo orgánico en el filo de la meditación abstracta, secos como casi un hueso.

Algunas veces hablamos sobre otros libros que quería escribir, que quizá ya ha escrito. Había publicado también (en Océano) una antología de literatura china, según me parece recordar, pues era, o es, vagamente sinólogo. Fue profesor en la escuela de escritura del Ateneo, y en talleres privados que impartía en el café Lletraferit, de Diego Gary. Reconstruyó o construyó su biblioteca buscando joyas en las librerías de segunda mano del casco antiguo y de la calle Aribau.

'Performance' en el CCCB

Le recuerdo recitando en el Café Europa que dirigía Baskim Shehu en el ático del CCCB. Era un poema sobre un gato que andaba en la nieve. Rolando, tras el atril, leía el poema escrito en un mazo de folios aterrador hasta que comprendí que en cada folio sólo había escrito un verso: el verso de los pasos del gato. Rolando leía el verso y tiraba el folio al aire con gesto rotundo y desdeñoso. Era impresionante. Al cabo de cincuenta versos, de cincuenta folios tirados al aire, el recital o la performance había terminado.

Recuerdo que entre el público estaba ese viejo Julià de Jòdar (qué apellido o aliteración tan apropiada para un novelista de su clase) protestando porque no le invitaban a leer a él, que era catalán y progresista. Hasta había publicado algo titulado Fot-li que som catalans!, en comandita con otros dos catalanistas. Acudió presurosa una azafata tocada con gorrito ladeado y vestida con falda estrecha que la obligaba a dar pasitos muy graciosos, le dio a Jòdar un chupachup y le prometió que, si paraba de joder la marrana, al año siguiente le invitarían. Y Joder o Jòdar cruzando los brazos sobre el pecho aún resoplaba, pero calló, en vistas al festival del año siguiente. Al que seguro que pensaba invitar a sus hijos, sus nietos, tataranietos y amigos. Y al año siguiente... Pero, joder, esto me aleja del tema.

El caso es que acabada la performance le pregunté a Rolando qué era aquello del gato que camina con mullidos pasos dejando las huellas del verso sobre la blanca nieve del papel, "le papier que sa blancheur défend", y me respondió, sorprendido: "Pero hombre, no sabes, es el gato de Mallarmé".

Ah, el gato de Mallarmé. Ah. Yo pensaba en ese preludio de Debussy, Des pas sur la neige, cuyo mejor versión encontró Azúa en un casete que compró en una gasolinera de Suiza, según una página inolvidable de Abierto a todas horas... ¡Qué tiempos! ¡Qué lejanos, a la vuelta de la esquina!

Lleno de talento, Rolando Sánchez Mejías llegó a Barcelona siendo joven, en pos de la libertad y del derecho a escribir y publicar, pero tuvo una suerte muy mala, con graves enfermedades y la larguísima agonía y muerte de su esposa. Al cabo de unos pocos años y unos pocos libros se fue de Barcelona, "ciudad refugio" con garritas de astracán. Ahora creo que vive entre Málaga y Sabadell, con residencia permanente en la literatura. Y en el Guadiana de mi recuerdo. Y en las páginas de El compañero que me atiende.

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