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Rodríguez, canciones frente al apartheid

Rodríguez, canciones frente al apartheid

Manuel Huertas recupera al comprometido cantante estadounidense que triunfó en Sudáfrica

6 min

La gente aún no se lo creía. Habían ido al concierto, habían aflojado la pasta, pero aún desconfiaban de lo que iba ocurrir. Rodríguez tocaría. Rodríguez estaba vivo. Las luces seguían apagadas, el bajo comenzó a soltar notas a modo de mantra: Mi, Fa#, La, Si, Do#, La… En plena repetición hipnótica se enciende un foco, el porte mítico del cantante se recorta en el haz de luz. El griterío estalla. Rodríguez extiende el brazo y saluda al público con guiños de manos. La instrumentación cesa ante la catarsis. Era como ver a Elvis regresando de entre los muertos, de hecho en ese lugar, en Ciudad del Cabo era más conocido que la estrella de Memphis. Sin embargo, el cantante de Detroit sólo tiene palabras de humildad: “Gracias por mantenerme vivo”.

El bajo irrumpe de nuevo, preludiando la posterior orquestación como cualquier tema de los 70, pero este no era uno más. Comienza con I wonder, un grito que rompió el silencio de la censura, un himno contra el apartheid:

“Me pregunto por qué hay lágrimas en los ojos de los niños / Y me pregunto también por el soldado que muere / Me pregunto si este odio nunca acabará / Eso me pregunto y me preocupa amigo mío”.

'The wall'

De los 60 a los 80, la República de Sudáfrica llevó a cabo una de las censuras más férreas del mundo; hasta la palabra censura fue eliminada del discurso público, en su lugar se empleaba “control de publicaciones”. Por cada escritor había diez censores, pero no todo el escrutinio se remitía a los textos, también a la música. En los archivos de las emisoras aún permanecen sus cicatrices: caratulas tachadas, surcos rayados y un 80% de producto nacional.

En ese clima tan asfixiante de los 70, las canciones de Rodríguez penetraban como dardos afilados entre las grietas del muro. Pero… ¿Quién era ese tipo que aparecía en la portada con sombrero Stetson y postura de jefe sioux? Ni un texto acompañaba al disco, únicamente la autoría y el título del álbum, Cold fact. Lo cierto es que hasta en su ciudad natal era un desconocido. Arreglaba tejados y por la noche tocaba en garitos; el humo y las historias de barra le ayudaban a componer.

En 1967 grabó su primer sencillo, I'll slip away, y tres años más tarde el sello Sussex Records lanzaba sus dos únicos álbumes, Cold fact y Coming from reality. Todo apuntaba a que Rodríguez sería el nuevo Bob Dylan. Sus letras contenían toda la rabia del gueto y su voz era más melódica que la del cascado Nobel de Minnesota, pero en el mercado de la música no hay garantías y los discos fueron un fiasco. Se desconocen las causas: canciones demasiado comprometidas, mala promoción, cualquier razón pudo truncar su carrera. Tras el fracaso en el país del Tío Sam, Rodríguez se bajó de los escenarios sin saber que en Sudáfrica llegó a ser disco de platino. Alguna historia de dinero sucio había detrás de la discográfica, que cobraba los derechos sin que el cantante viese el cobre. Pero lo cierto es que el hermetismo del apartheid actuó como reclamo, e incluso el silencio de su verdadera historia convirtió en proscrito a Rodríguez, ya que se levantó el rumor de su posible suicidio en plena actuación. No fue hasta el comeback del 98, cuando su público incondicional pudo verlo vivito y coleando, contorneándose al ritmo de sus seis cuerdas.

Proteccionismo nacionalista

Se piensa que los discos​ de Rodríguez cruzaron por primera vez el Atlántico cuando una chica norteamericana los llevó a las playas de Ciudad del Cabo. A partir de ahí, numerosas copias subversivas circularon entre los jóvenes, hasta que una empresa local se atrevió a reeditarlos. Nada más atractivo que lo prohibido. El actor Steve McQueen decía que jamás probó las drogas porque nadie le advirtió de que eran malas.

La rebeldía vende y las tendencias globalizadoras afortunadamente no se pueden frenar. Todo proteccionismo cultural y comunicativo parece ineficaz. Sacar del mercado contenidos de los cuales la población ya no puede prescindir es un claro ejemplo de censura obstinada al fracaso. El caso más evidente lo tenemos en el conflicto de 1999 entre la Generalitat de Cataluña y las cinematográficas de Hollywood. Ante las exigencias del Gobierno del doblaje de los films al catalán, grupos empresariales como Sony, Universal, Warner, Disney o News Corporation obtuvieron una obvia victoria.