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Renée Zellweger, protagonista de 'Dilema', serie de Netflix

Renée Zellweger y el placer culpable

Dilema (What if) es una mezcla de melodrama desgarrado, thriller perverso y culebrón venezolano

08.06.2019 00:00 h.
4 min

Netflix acaba de colgar en su parrilla una serie colosal en su delirio. Dilema (What if) es una mezcla de melodrama desgarrado, thriller perverso y culebrón venezolano que genera en el espectador --o, por lo menos, en un tipo de espectador al que yo pertenezco-- un placer culpable: uno es consciente de que debería estar viendo cualquier otra cosa, pero es imposible desengancharse de la pegajosa trama urdida por Mike Kelley (Chicago, 1967), quien ya nos ofreció otra perla del mismo estilo, Revenge, que iba sobre la venganza de una buena chica convertida en genio del mal para amargarle la vida a una señorona de los Hamptons que le hizo la pascua en su momento, aunque la bruja ni se acuerda ni la reconoce. Madeleine Stowe estaba espléndida en el papel de mala mujer, uno de esos roles que en los buenos viejos tiempos solían caerles a Bette Davis o a Joan Crawford.

La protagonista de Dilema es también una arpía muy retorcida, la implacable inversora Anne Montgomery, a la que da (una especie de) vida Renée Zellweger, aquella chica rolliza, vivaracha y expresiva que hacía de Bridget Jones y que, tras su paso por el quirófano, se ha convertido en una mujer delgadísima que no puede mover ni un músculo de la cara ni levantar la voz para que se le entienda lo que dice, supongo que por miedo a que se desmorone la operación de tuneo llevada a cabo por el cirujano plástico. Esta desgracia, que, en otro tipo de ficción, redundaría negativamente en los resultados, es aquí una baza importantísima para la buena marcha del producto. Desde el inicio, nos queda clarísimo que Anne Montgomery es la mujer más mala del mundo, y poco a poco iremos descubriendo por qué ha elegido a una investigadora científica (y a su marido, paramédico con ganas de convertirse en bombero: un tipo con escasas luces, por cierto) para amargarle la existencia. Operación que lleva a cabo de manera oblicua ofreciéndole 50 millones de dólares cuando su empresa está a punto de quebrar por falta de fondos. Su única condición: pasar una noche con el marido, que está francamente cachas. Para que no se note el plagio, hasta se cita la película Una proposición indecente. Pero ahí terminan los parecidos. Lo que sigue es un culebrón sobre el enfrentamiento entre la inversora y la científica --que parece ocultar algo de vital interés, como descubriremos en el décimo y último episodio de la temporada--, alternado con una serie de subtramas con personajes secundarios, que si bien no añaden gran cosa a la historia principal, te mantienen entretenido y permiten descansar un poco a la señora Zellweger, pues lo de no poder hacer ni una mueca ni hablar a un volumen audible tiene que cansar a la larga (por no hablar de los chutes de bótox que te puedes pegar mientras tanto).

Todo en Dilema es grandioso, exagerado y bigger than life, con una tendencia al camp y al kitsch que a la fuerza tiene que hacer feliz al sector más drama queen del colectivo gay. Aunque los heterosexuales sensibles y con sentido del humor también podemos disfrutar de este delicioso disparate, como lo hicimos en su momento con Revenge y como haremos con la próxima chaladura que se le ocurra al señor Kelley.

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