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La serie 'Mindhunter' se emite en Netflix

Redescubriendo 'Mindhunter'

Esta serie atrapa al espectador de una forma extraña, porque todo es triste, feo y deprimente a más no poder

05.10.2019 00:00 h.
4 min

Hace unas pocas semanas, obedeciendo al necesario consenso entre seres humanos a la hora de tomar decisiones que afectan a todos, me vi obligado a tragarme la segunda temporada de Mindhunter, tras haber abandonado en su momento la primera después del tercer episodio. Empecé el visionado refunfuñando y ciscándome mentalmente en el dichoso consenso, pero acabé totalmente enganchado a lo que veía en la pantalla y reconsiderando mis primeras impresiones sobre Mindhunter, que me parecía una serie lenta, morosa, protagonizada por personajes carentes del menor interés y lastrada por esa estética siniestra tan típica de David Fincher, que consiste en que en la calle siempre llueve y hace frío y los interiores -da lo mismo un despacho del FBI que una sala de autopsias- son de tono sepulcral y más feos y oscuros que pegar a un padre: desde que dirigió Seven, el señor Fincher, que es uno de los directores y productores de Mindhunter, se ha convertido en un maestro de la grisalla, la oscuridad y la fealdad humana y decorativa.

Fue eso lo que me llevó a dimitir de la primera temporada de la serie. Eso y mi escasa paciencia, pues estamos ante un producto que premia la constancia: superado un cierto número de episodios, Mindhunter te atrapa de una manera muy extraña: todo es triste, feo y deprimente a más no poder, pero al final acabas sintiendo una inevitable empatía por los fundadores de la Unidad de Análisis de Conducta del FBI, especializada en serial killers. Cuesta entrar en los personajes de los agentes Bill Tench (Holt McCallany) y Holden Ford (Jonathan Groff) y la doctora Wendy Carr (la Anna Torv que descubrimos en Fringe), intuyo que porque la información sobre ellos nos llega con cuentagotas: Tench es un buen tipo que se enfrenta al mal con la obligación moral de un soldado; Ford es un tío muy raro, dado a saltarse las reglas, que parece carecer de vida privada; Carr es una mujer estricta, severa y autocontrolada que no lleva muy bien su condición de lesbiana. Cuesta un poco cogerles cariño: yo he tenido que esperar a la segunda temporada de la serie para conseguirlo.

Una de las partes más interesantes de Mindhunter es la que muestra las conversaciones de los polis y la doctora con notorios asesinos en serie. La segunda temporada cuenta con un malvado de primera: Charles Manson, cuyo episodio es el más interesante de esta entrega gracias al monólogo delirante del “enano cabrón” -así le llama Tench- que se llevó por delante a Sharon Tate y algunas personas más por vía interpuesta y sin mancharse las manos de sangre. Aunque Ford sigue siendo un enigma con patas, la historia de amor de la doctora Carr con una camarera y el problemón doméstico de Tench con una inquietante gamberrada de su hijo adoptivo introducen el factor humano en una serie que lo estaba pidiendo a gritos.

Hay motivos para desengancharse de Mindhunter: los hechos reales en que se basa, a los que a veces les falta espectáculo; la inicial actitud robótica de sus protagonistas; las famosas atmósferas Fincher, en las que los neones no parpadean como en las películas de David Lynch porque están directamente fundidos… pero, curiosamente, son los mismos motivos que al final te llevan a engancharte. Cómo te puedes sentir a gusto y en un entorno familiar en semejante propuesta es algo que debo consultar urgentemente con mi psiquiatra.