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Jorge Herralde, junto a Silvia Sesé, hace unos días, durante la presentación de su último libro en Barcelona / LENA PRIETO

El reconocimiento de un editor

Los cincuenta años de Anagrama son una historia de servicio a la ciudadanía de una lengua, desde Barcelona hasta Madrid, México D. F. o Buenos Aires

05.04.2019 00:00 h.
12 min

“Es un oficio muy extraño, muy apasionado, con una relación muy particular con los autores y expuesto a muchos sobresaltos. Y siempre está el aliciente del descubrimiento de nuevos autores o, para ser más precisos, porque la palabra descubrir es un poco enfática, el reconocimiento de que un manuscrito de un autor desconocido es muy bueno”. Así define Jorge Herralde el oficio que ha desempeñado a lo largo de los últimos cincuenta años en su libro Un día en la vida de un editor (Barcelona, Anagrama, 2019), una recopilación de artículos, discursos y entrevistas que conforman una crónica de su periplo en el mundo editorial, desde los estertores del franquismo y la lucha contra la censura hasta el advenimiento de la democracia y la lenta, difícil y al final exitosa consolidación de su catálogo en la década de 1980.

Cuando habla de “reconocimiento”, Herralde acierta a describir la extraña facultad que diferencia al verdadero editor del simple funcionario del marketing. Es lo que los ingleses llaman the shock of recognition, una especie de anagnórisis por la que el editor no concede nada sino que reconoce una calidad en un manuscrito sin tener en cuenta nada más que la exigencia y la complejidad. Más tarde, durante el proceso de contratación, edición y promoción, llegarán los cálculos y las estrategias, pero en ese momento de estricta lectura, el editor está a solas con su criterio frente a la constelación de las influencias. Si falla esa forma de autoridad que es el reconocimiento, se infecta toda la cadena que hace posible un libro y a la postre se acaba perjudicando al conjunto de la pólis. Los cincuenta años de Anagrama son una historia de servicio a la ciudadanía de una lengua, desde Barcelona hasta Madrid, México D. F. o Buenos Aires. Para decirlo con Shakespeare, “there is magic in the web of it”.

El catálogo de Anagrama está asociado al despertar a la lectura para cualquiera de mi generación, sobre todo gracias a las colecciones Panorama de Narrativas, Narrativas hispánicas y Argumentos. En mi caso particular hay una novela que siempre recuerdo entre las primeras revelaciones de esa editorial y cuyo título me despierta sensaciones sinestésicas de felicidad juvenil. Se trata de Rondó, del escritor polaco Kazimierz Brandys, publicada por Anagrama en 1991, en la estupenda traducción de Sergio Pitol. La novela está escrita en forma de una larga carta al director de una revista para tratar de aclarar las actividades que la organización Rondó, de resistencia antinazi, llevó a cabo en Varsovia entre 1942 y 1944, aunque en realidad el montaje esconde una fascinante historia de amor entre el narrador y Tola, una actriz de teatro.

Rondó, Kazimierz BrandysMi ejemplar lleva la fecha del día que lo compré: el 4 de noviembre de 1997, en compañía de Eva Garrido, que en mi imaginación prestó sus facciones al personaje de Tola. Tal vez por ese primer deslumbramiento, mi iniciación con Anagrama tuvo un gusto centroeuropeo que nunca se ha disipado, ya que enseguida me precipité a leer a otros autores que me parecieron similares, como Andrezej Kusniewicz, de quien Herralde había publicado El rey de las Dos Sicilias y La lección de lengua muerta, igualmente extraordinarias. Fue así como descubrí también a Joseph Roth con La leyenda del santo bebedor, prologada por Carlos Barral, que era ya entonces uno de los editores y escritores, en verso como en prosa, que más admiraba y del que Herralde ha sido algo así como un heredero.

Tuve la fortuna de conocer a Lali Gubern y a Jorge Herralde con veintiún años, muy poco tiempo después de aquellas primeras lecturas iniciáticas, cuando entré a trabajar con Esther Tusquets en Lumen, gracias a Milena Busquets, entonces editora de la casa que su madre había fundado en 1960. De entonces data mi reconocimiento por una de las principales virtudes de los Herralde y que no suele ponerse de manifiesto. Desde el principio, tanto Lali como Jorge dispensaron una cálida atención a todo lo que hacíamos los más jóvenes –Mónica Carmona, María Lynch, Miguel Aguilar, Malcolm Otero– sin importarles en absoluto la procedencia de cada cual, fieles tan sólo a lo que consideraban la hermandad de lo que Giulio Einaudi llamaba “l’editoria”. Esa atención se ha mantenido incólume a lo largo de los años y se ha extendido a todos los que poco a poco han ido ingresando en el mundo editorial y que han merecido su respeto. Esther Tusquets destacaba siempre la lealtad como una de los rasgos morales que definían a Jorge, uno de sus más antiguos y mejores amigos. Esther, que fue un ser humano extraordinario, era muy severa en sus apreciaciones y casi nunca se equivocaba en sus juicios. Esa lealtad puede comprobarse ahora en el artículo que Herralde le dedica a Esther en su nuevo libro, uno de los retratos más justos, vivos y emocionados que se han hecho de la novelista y editora, escrito además en un momento especialmente difícil para ella. 

Conversando con Jorge Herralde, hemos comentado muchas veces las memorias de Carlos Barral, uno de los libros fundamentales, en lo estilístico como en lo político, de la segunda mitad del siglo XX. Jorge siempre glosa una escena en particular en la que un joven Barral, escindido entre su vocación de poeta y las obligaciones mercantiles de la editorial familiar, es animado por Giulio Einaudi, durante un paseo por la playa de Calafell, a tomar las riendas de su destino y a dedicarse en cuerpo y alma a la edición. La admonición de Einaudi sigue siendo tan vibrante como entonces y describe igualmente la vocación de Herralde y la de todos los que se sienten llamados al mismo ministerio:

Carlos Barral en su casa de Calafell /E.E.

Carlos Barral en su casa de Calafell /E.E.

“A Einaudi le parecía que yo me planteaba falsos problemas basados en la ambigüedad del punto de vista. Mi radicalismo era tan extremoso como el de los que describían la función editorial ateniéndose a la ortodoxia de las leyes económicas y las reglas del mercado. Me hablaba de la fundación de un gran catálogo como de la obra de una vida. Un catálogo era como un cuerpo vivo que compensaba sus errores, que mantenía en equilibrio sus cantidades de hallazgos y desaciertos y acababa desprendiéndose de estos últimos prácticamente sin ayuda. Y no por la aplicación de las leyes de mercado, sino por las de la simetría y la congruencia. Hablaba de la pasión del descubrimiento, de ventear la oportunidad, de la restitución que se hace a la cultura contribuyendo a su organización. Insistía en el privilegio de mi situación, que no me obligaba más que a reconocer los límites de responsabilidad de una actividad que ya estaba ejerciendo y que formaba parte de mi proyecto de vivir”.

Conocer a Herralde era también participar de algún modo de la aristocracia editorial, a la que él llevaba frecuentando desde 1969 y que ha culminado con la absorción de Anagrama por parte de Feltrinelli, una decisión ideológicamente vinculante. Entre sus afinidades electivas, configuradas en torno a una ética del gusto, destacaban Roger Strauss, Iván Nabokov –sobrino del novelista e hijo del músico Nicolas Nabokov–, Roberto Calasso, Gilles Barbedette, Christian Burgeois, Jérôme Lindon, Christopher MacLehose o la inolvidable Deborah Rogers. Uno de los mejores textos incluidos en Un día en la vida de un editor es precisamente un breve diario titulado “Tres días en Londres”, en el que Herralde asiste a una fiesta organizada por Deborah –la agente de Ishiguro, de Ian MacEwan, de A. S. Byatt y de tantos otros escritores anglosajones– para homenajear a Ann Warnford-Davis, responsable de la venta de derechos de la agencia y con la que Herralde había tejido una especial complicidad a lo largo de muchos años. En esas páginas, uno puede asomarse a la actividad febril y a la pasión de Herralde conversando con colegas, visitando librerías, recabando información, recomendando a sus autores y celebrando la ceremonia del agradecimiento.

Giangiacomo Feltrinelli

El editor italiano Giangiacomo Feltrinelli.

Somos muchos los que recalamos en Barcelona precisamente porque era –y sigue siendo, a pesar de todo– la capital mundial de la edición en castellano. Se trata de una dignidad que está en peligro y de cuya trascendencia deberíamos ser más conscientes. El culto al turismo y la epidemia independentista están vaciando y pervirtiendo una ciudad que puede perder uno de sus elementos primordiales de incardinación europea para convertirse en un pueblo de ocio gamberro y de exaltación tribal. Cuando uno entra en cualquiera de las librerías que Feltrinelli tiene en Italia, suele encontrase con una frase de Giangiacomo Feltrinelli, el fundador de la casa y padre del actual propietario de Anagrama, que dice: “El grado de civismo de nuestro país dependerá también y en buena medida de lo que, aun en el campo de la literatura de consumo, habrán leído los italianos”. Nos esperan tiempos interesantes y el legado de Anagrama, vivo y renovado gracias a la dirección de Silvia Sesé, es una llamada a seguir combatiendo en el mismo frente de excelencia y complejidad que abrió Jorge Herralde hace cincuenta años. Y el primero en seguir haciéndolo es el propio Herralde. No passion spent, Jorge está siempre con un pie en el estribo, de camino a la próxima feria y al próximo reconocimiento.