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A propósito de Kanada

A propósito de 'Kanada'

Carlos Robles repasa la trayectoria del escritor Juan Gómez Bárcena, uno de los más prometedores de la literatura contemporánea en castellano

7 min

"Si no tradujiste a Oscar Wilde antes de los diez años, es que no tuviste infancia", leemos en un meme que se ríe de nuestra nostalgia a la vez que celebra una de las más célebres anécdotas del pequeño Jorge Luis Borges. Georgie tradujo y publicó el relato El príncipe feliz a los nueve en el El País de Buenos Aires. Como lo firmó simplemente como “Jorge Borges”, muchos de los amigos de su padre lo felicitaron entusiastas cuando se lo encontraron aquella tarde en la tertulia del cafetín, pensando que efectivamente era Borges sénior quien lo había traducido.

Algo de ese vértigo ante el golden boy sentimos con la meteórica trayectoria del escritor Juan Gómez Bárcena (1984), esperanza blanca de la literatura escrita en castellano desde hace rato y rotunda realidad tras la publicación de su tercer libro, Kanada. Tercer libro que es en realidad el octavo o duodécimo, porque el oventense --aunque bien podría ser un escritor serbocroata, mexicano o británico-- lleva publicando con fruición desde la casi adolescencia en pequeñas editoriales y encadenando beca tras beca, reconocimiento tras reconocimiento, como el protagonista de una de aquellas primeras películas de Wes Anderson.

"Un pequeño Borges asturiano"

Pero centrémonos en las últimas. En sus hijos reconocidos. Tras debutar en la editorial Salto de Página con el libro de relatos Los que duermen, Jaime Rodríguez Z, director de la revista literaria Quimera por aquel entonces, me puso sobre su pista: "Tío, he encontrado un pequeño Borges asturiano". Y ciertamente algo del celebérrimo escritor bonaerense hay en esas piezas a medio camino entre la historia y la fantasía, entre lo antiguo y lo futurista. Después, en la misma editorial, apareció la novela de literatura-ficción El cielo de Lima, basada en una anécdota casi real, maravillosa pero aparentemente imposible para perpetrar una novela: la correspondencia entre un enamorado Juan Ramón Jiménez y dos golferas estudiantes peruanos que se hacían pasar por una joven limeña prendada por el poeta. Otra vez sortea la dificultad con éxito.

Pero es en Kanada, publicada hace unos meses en Sexto Piso, donde Gómez Bárcena  ha dado el salto definitivo a la alta literatura. Sin aspavientos, ni más alharacas que una segunda persona hipnótica nos sumerge en la vida --o precisando: en los restos que queda de ella-- de un recién liberado de un campo de concentración.

Precisión técnica y calado emocional

Escribir una novela original sobre el holocausto --y sin duda Kanada lo es-- ya merecería nuestro aplauso, pero es que el libro de Gómez Bárcena, escrito en una suerte de realismo alucinado que lo emparenta con el mejor Vonnegut, aúna precisión técnica y calado emocional; rigor histórico y ciencia-ficción. Para empezar, en toda la obra no se pronuncia ni una vez la palabra “nazi”, ni la palabra “holocausto”, ni el sintagma “campo de exterminio”. Y esto, que a primera lectura pudiera parecer un gesto de tecniquería superficial, de doble salto mortal en el circo ludoverbal de los Oulipo, se convierte en un acierto. En una decisión ética.

Me explico: diría que velando los nombres evidentes, los sustantivos gastados por el uso, el relato consigue que veamos lo que falta, lo que no se dice; el extermino aparece más rotundamente de esta manera, haciendo literariamente lo que el director húngaro László Nemes consigue en el largometraje El hijo de Saúl. En la película se opta por desenfocar el fondo --allí es dónde se suceden las pirámides de cuerpos, los crematorios, la máquina de muerte al por mayor-- y, de esa manera, ocultándolo, hace que lo veamos de nuevo, tal vez como nunca. Driblando a la vez el fantasma de la espectacularidad inherente al formato cinematográfico, que tanta polémica ha despertado en la recepción de films como La lista de Schindler o La vida es bella. Acusados por muchos de pregonar un “buenismo” insoportable.

Pero la novela, claro, son muchas cosas más, entre ellas: una reflexión sobre la culpabilidad de las víctimas y un tour de force hacia atrás al manera de La flecha del tiempo de Martin Amis. Declara Gómez Bárcena que el holocausto fue una novela de ciencia-ficción llevada a la realidad, a la historia. En el centro de su novela también hay un elemento de ciencia-ficción, o de fantasía cientifista. Se articula a través de una cita, parece que apócrifa, donde un tal Schenider. La cita es la que el protagonista encuentra en la última página que le queda tras quemar --nada de escrutinio donoso-- el resto de su biblioteca en un gesto desesperado. Esa página consigna una imposible teoría geocéntrica que en sus exactos cálculos presagia que el tiempo puede volver hacia atrás. Y es a partir de allí donde aparece el pasado, la culpa del protagonista, las brumas se disuelven. La novela se construye también como una cinta de Moebius infinita, trágicamente los hechos se repiten sin fin. Tal vez esa cinta de Moebius, ese eterno retorno, sea el que hace que Gómez Bárcena escriba de esa manera sin haber cumplido todavía los 34.