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La película 'Horizontes perdidos', de Frank Capra. Imagen del artículo 'Programa doble'

Programa doble

El cine Oriente de Barcelona inició su andadura el 8 de febrero de 1940 con un programa doble compuesto por 'Horizontes perdidos' y 'La casta Susana'

30.09.2019 00:00 h.
5 min

En España, la postguerra duró muchísimo. Yo diría, exagerando un poco, pero tampoco tanto, que hasta los años sesenta, con la aparición del turismo y de los Beatles. Nací a mediados de los cincuenta y no viví la etapa más dura del franquismo, pues me tocó lo que los afectos al régimen definían eufemísticamente como la dictablanda. Extranjeras en bikini y rock & roll: mucho más de lo que habían disfrutado los sufridos barceloneses de los años cuarenta y cincuenta. Eso sí, no me siento capaz de suscribir la peculiar afirmación del Flowers en el documental que se le dedicó: “A mí el franquismo no me afectó: los discos de los Kinks llegaban sin ningún problema. De lo que sí estuve en contra fue de la guerra del Vietnam”.

En la década de los sesenta se conservaban varias cosas de las anteriores, y una de ellas era el cine concebido como un barato entretenimiento a base de programas dobles que te tenían entretenido más de cuatro horas para que no te calentaras la cabeza con otros asuntos. Existían unas salas, llamadas de reestreno, en las que me pasé todas las tardes de sábado de mi infancia en compañía de mi hermano mayor y de mi abuela, que era la que custodiaba los bocadillos de la merienda. Lo de ir a un cine de estreno era algo que en mi casa no se contemplaba. Mi hermano el cinéfilo llegó a saber con exactitud cuándo llegaría determinada película a nuestro barrio, pues en esa época había un circuito de distribución que solía seguir un orden estricto, pasando cada largometraje por diferentes salas, hasta terminar en las más baratas. Solo en mi barrio, tenías a tu disposición cines como el Iris, el Emporio o mi favorito, el Oriente, que ofrecía una alegría extra al usuario: el techo se plegaba y desplegaba, permitiéndote mirar al cielo si la película no era demasiado entretenida. La primera vez que observé ese prodigio, me quedé fascinado.

El Oriente -calle Aragón, 197, entre Aribau y Muntaner- inició su andadura el 8 de febrero de 1940 con un programa doble compuesto por Horizontes perdidos y La casta Susana, cerrando sus puertas en 1975, cuando uno ya tenía cosas mejores que hacer los sábados por la tarde que ir al cine con su abuelita. Entre 1976 y 1984 cambió de nombre, convirtiéndose en el cine Roma, que también chapó, cediendo las instalaciones a una sala X que estuvo en marcha veinte años, cerrando en 2004 ante la evidencia de que el video permitía al respetable meneársela discretamente en casa y al cine porno solo iban onanistas y pervertidos varios, muy necesitados de una fumigación desde un helicóptero que sobrevolara la sala cuando el techo estuviese abierto.

Los cines de programa doble eran un hogar lejos del hogar y, en ocasiones, unos sitios más estimulantes que ese hogar. Cada vez que apagaban las luces en alguno de ellos, yo recurría a un ejercicio mental de lo más pueril que consistía en vivir el momento, en recordarme que luego habría que volver a casa y el lunes al colegio, pero que las cuatro horas y pico que tenía por delante eran todas para mí. Así empezó mi refugio en la ficción: en los tebeos, en los libros, en las películas… Un refugio que todavía me resisto lo mío en abandonar.

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