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Pessoa, el hombre del cuento

Pessoa, el hombre del cuento

La editorial El Paseo publica una antología de los relatos del escritor portugués sobre la perversión y la locura que documentan sus tempranos conflictos existenciales

12.06.2018 00:00 h.
8 min

Fernando Pessoa es un escritor-acertijo. Toda la obra del poeta portugués se nos presenta como una suma de identidades que, tras la dispersión, oculta el misterio de una personalidad, la suya, que es un monumento al psicoanálisis. Deberíamos dar gracias al Altísimo –en caso de que exista– por el sufrimiento existencial del bardo más gris de la literatura peninsular. Gracias a su dolor y a su tristeza, incluso a la devastación que guió sus escasísimos días sobre esta Tierra –murió por una enfermedad hepática provocada probablemente por el alcohol a la edad de 47 años–, tenemos no sólo una obra que es casi un galaxia, sino un documento preciso de hasta qué punto un hombre corriente duda de quién es y, justo gracias a esta pregunta, nos ilustra sobre quienes somos.

Pessoa fue un ser vacilante. Escindido. Hecho de fragmentos, experiencias y sensaciones sin articular del todo. El mito sobre su figura, construido con la forma de la epopeya de los grandes escritores vulgares, esos exiliados del Parnaso, ha fijado su personalidad en la estatua dorada del café A Brasileira, embajada –junto al cercano Hotel Borges– de nuestros viajes en busca del Atlántico más cercano. Pero no es un retrato fiel. Sólo es la convención que aparece tras ascender la Rua Alecrim desde el British Bar, embajada de nuestros naufragios.

A estas alturas, cuando su literatura es parte capital del canon universal, Pessoa sigue siendo un misterio. Hay que rendirse ante su triunfo: escribió siempre sobre sí mismo –era el tema que tenía más a mano– pero no desveló su vida, sino la nuestra. Su yo es un nosotros. Y sus heterónimos, con los que expresaba las sucesivas personalidades que un sujeto puede tener en el curso de unos pocos años, son en realidad una primera persona colectiva. Al convertir su biografía en retórica, el escritor portugués crea la estampa exacta del hombre contemporáneo. Perdido, temeroso, complejo. Siempre esquivo. Así se manifiesta en un poema firmado por Caeiro –una de sus personalidades ficticias– alrededor de 1913: “Si después de morirme quisieran escribir mi biografía/no hay nada más sencillo./Tiene sólo dos fechas/la de mi nacimiento y la de mi muerte./Entre una y otra todos los días son míos”. Dos momentos ciertos y, el resto, silencio. 

Pessoa 1914. Cavalão

Retrato de Pessoa (1914) / CAVALAO 

La fortaleza literaria de Pessoa radica en esta sinceridad misteriosa, que cuenta y, al mismo tiempo, oculta. Su literatura es una vislumbre, no una certeza. Su existencia discurrió entre la locura fingida y el raciocinio metódico. Parecen términos antagónicos, pero son lo mismo. Quien piensa, duda. Y la reflexión conduce inevitablemente al delirio. De estos conflictos existenciales, convertidos en arte, trata la antología de relatos que la editorial El Paseo acaba de publicar sobre la perversidad de los iluminados, que es la que padecen las almas con aspiraciones trascendentes. La edición, a cargo del escritor Manuel Moya, que también ha traducido para Páginas de Espuma una colección magna de las narraciones completas del escritor portugués, reúne cinco relatos, en su mayoría de juventud, en los que el Pessoa que todavía no es Pessoa ensaya algunas de  las maravillosas digresiones que más tarde agavilla en su Libro del Desasosiego, probablemente su obra capital.

Algunos cuentos, como “La puerta”, tienen un aire doctrinal al estilo del célebre “El banquero anarquista”, esa burla ingeniosa sobre la argumentación como falacia que demuestra que un hombre puede ser al mismo tiempo, sin traicionarse ni caer en la incoherencia, capitalista y anarquista. Otros, como “La educación del estoico”, bucean en la autodestrucción a partir del tópico del Pathei Mathos, enunciado por Esquilo: “En nuestros sueños el dolor que no se puede olvidar cae gota a gota en el corazón hasta que, para desesperación propia, en contra de nuestra voluntad, viene la sabiduría por la gracia horrible de Dios”.

Si algo demuestran estos textos, entre los que se incluye un inédito en español –“Los ojos o el Teatro de Ximéra”–, es que sufrir es la forma más alta de conocimiento, igual que la locura no es realmente una anomalía, sino una forma de mirar con mayor profundidad. Pessoa dice en estos relatos, fragmentarios y en algunos casos incompletos, como esbozos de una pulsión animal, que los locos ven y los cuerdos son los auténticos ciegos. “Enloquecer es comenzar a vivir”, escribe en “Viaje espiritual”. Desde el punto de vista psiquiátrico, probablemente Pessoa sería considerado un individuo enfermo. La ciencia no juzga normal a alguien que inventa un sinfín de personalidades y las lanza a combatir entre ellas. Y, sin embargo, en esta dispersión, en esta guerra de yoes, se encuentra el mejor cuadro de la identidad del hombre contemporáneo.

Raúl Leal, António Botto, Augusto Ferreira Gomes and Fernando Pessoa en el Café Martinho da Arcada (1928) / MARTINHO PESSOA BOTTO.

Raúl Leal, António Botto, Augusto Ferreira y Fernando Pessoa en el Café Martinho da Arcada (1928) / MARTINHO PESSOA BOTTO

Los protagonistas de sus relatos se enfrentan a miedos más domésticos que sobrenaturales, que son los más humanos que existen. Su percepción de la realidad conduce a lo grotesco, que es el nombre de aquellos espantos que acontecen en un entorno cotidiano. Se trata de miedos reales porque no hay nada más cierto que nuestra percepción del mundo, con independencia de lo que digan los sentidos. Igual que Borges, el escritor portugués cree que es la criatura de un sueño ajeno, un extraño atrapado en un cuerpo normal.

Lo asombroso es que estas sensaciones no fueran las del escritor maduro, que todavía tardaría unos años en llegar, sino las de un estudiante de letras, fallido tipógrafo cuyas mediocres aspiraciones industriales lo llevaron a la quiebra, inminente traductor mercantil y aficionado silencioso al aguardiente de las tabernas humedecidas por el respirar del Tajo. El escritor portugués se declaraba enemigo de la ignorancia, el fanatismo y la tiranía. Probablemente porque sufrió en carne propia estos tres males: nunca averiguó cuál era su personalidad, el fanatismo de la duda fue su motor artístico y la tiranía con la que se trató a sí mismo supera –sin duda– la crueldad del peor dictador. Así fueron los días tempranos de Pessoa: una forma de melancolía anfibia.

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