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Pepón Coromina / ACADÈMIA DEL CINEMA CATALÀ

Pepón Coromina, nuestro Gran Gatsby

Alto, guapo, simpático, alegre. Este hombre sigue siendo, a día de hoy, el productor más carismático que ha dado Barcelona en toda su historia

15.04.2019 00:00 h.
7 min

En los años ochenta del pasado siglo, antes de que la producción cinematográfica se centrara en masa en Madrid, teníamos en Barcelona a un personaje formidable que sigue siendo, a día de hoy, el productor más carismático que ha dado esta ciudad en toda su historia. Alto, guapo, simpático, con un aire a lo Bruce Sprigsteen y un sentido del humor a prueba de bomba --presentarse como Pepón en vez de Pepe ya denotaba su condición bigger tan life, que dicen los anglosajones--, las mujeres lo adoraban y los hombres que tuvimos la suerte de formar parte de sus amigos más cercanos estábamos encantados ante el privilegio. Cualquier cena, fiesta o período vacacional con Pepón resultaba mucho más estimulante que sin Pepón. Tenía el hombre una rara habilidad para levantarte el ánimo y, si hacía falta, convencerte de que el plan que llevabas en la cabeza no solo no era una quimera, sino que podía ser llevado a la práctica si él te echaba una mano.

La naturaleza, que es muy selectiva en estos casos (para mal) y suele conceder cien años de vida a seres inútiles en todos los sentidos, le obsequió con un cáncer y se lo llevó por delante en la Navidad de 1987, con solo 41 años. Acababa de producir Angustia, de Bigas Luna, y ambos se preparaban para una carrera internacional que podría haber salido bien o mal, pero que ahí estaba, como una misión con la que entretenerse a lo grande durante los próximos años.

Hijo tarambana de una buena familia barcelonesa, Pepón anduvo metido en negocios de moda variopintos hasta que se convirtió en productor de cine. Yo lo conocí en 1982, cuando Gonzalo Herralde me propuso participar en el guion de Últimas tardes con Teresa, adaptación de la novela homónima de Juan Marsé que, hasta el momento, pergeñaban autor y director. A los 25 años, semejante encargo --que me iba grande-- me pareció glorioso, como gloriosas fueron las tardes que Gonzalo y yo pasamos en casa de Marsé, con su camiseta imperio, su provisión de bebidas (¿Voleu un quintet?), las apariciones de su señora y su sorna permanente. Me sentía como un intruso, claro está, pero un intruso muy agradecido a Gonzalo y a quien había dado luz verde a mi presencia en el proyecto.

Apenas si pude tratar cinco años a Pepón, pero les aseguro que me alegró esos cinco años como nadie. Me sentía con él como Nick Carraway ante el Gran Gatsby, con la diferencia de que Pepón no era tan turbio como el personaje de Scott Fitzgerald (no negaré que se le atribuían ciertos pufos, pero eso se da por supuesto en el mundo del cine y, además, estoy convencido de que la culpa era de su socio y antiguo compañero de los veraneos en Figaró, un mangante cuyo nombre me ahorraré, pero de cuyas trapisondas también se resintió el pobre Gay Mercader). El verano en que me invitó --a mí y a algunos más-- a su casa de Menorca fue de los más divertidos que recuerdo, una versión en chancletas de Carraway y Gatsby en los Hamptons, con la presencia rutilante de su novia, Marta Molins, y del exnovio de ésta, reciclado en amigo póliza, Jordi Cadena, quien tras unos meses sin dirigirles la palabra a Marta y al amigo que le había levantado la novia, había acabado aceptando su papel de miembro de la familia (disfuncional; o sea, más estimulante que las de verdad).

Cuando a Almodóvar le faltaba dinero para terminar Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, Pepón se lo consiguió. Con él fui a Zeleste a ver a actuar al delirante dúo Almodóvar & McNamara, cuando Pedro era un tipo de lo más normal y el otro aún no había descubierto a Dios ni los encantos de la extrema derecha. Rodó en plan guerrilla Bilbao, la segunda película de Bigas. Produjo al amigo Cadena, a Eloy de la Iglesia, a Josetxo San Mateo y al olvidado Cayetano del Real, director de la primera adaptación de una obra de Eduardo Mendoza, El misterio de la cripta embrujada. Con Bigas formó un tándem con grandes expectativas --"en el cine, el productor es el padre y el director la madre", aseguraba el señor Luna, otro muerto glorioso-- que quedaron interrumpidas en la Navidad de 1987.

A diferencia del funeral de Jay Gatsby, al que solo acudieron su padre, un inmigrante centroeuropeo que no se llamaba Gatsby y el bueno de Nick, el de Pepón estuvo concurridísimo, lleno de gente que le apreciaba y que luego, distribuidos en grupitos, brindaron a su salud, con Marta y el gran José Luís Amposta (último socio de Pepón) como viudas principales y los demás como figurantes/deudos con frase. Sigo echándolo de menos a día de hoy. Y no soy el único

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