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Las patrias de Cervantes

Las patrias de Cervantes

La España actual padece muchos de los quebrantos del país que le tocó vivir al autor de 'El Quijote': corrupción, servilismo, picaresca y el ideal universal del rentismo

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El lugar común sostiene que don Quijote, tras unas fiebres, transmutado de nuevo en el bueno de Alonso Quijano, su esqueleto de carne y hueso, murió en su pueblo (honor que se disputan un sinfín de localidades manchegas, desde Argamasilla de Alba a Villanueva de los Infantes) pidiendo perdón por sus locuras, testando en tiempo y forma en favor de los siervos de su menguante casa y arrepentido de sus obras tras una milagrosa confesión. Eso dicen, pero no es cierto. Ni siquiera aunque así esté escrito, con una ternura que todavía nos hace temblar, en el último capítulo de la gran novela cervantina, que es el mejor resumen de lo que para muchos todavía significa ese concepto difuso llamado España

Antes de las autonomías, cuando llamar región a un territorio no implicaba ni hacer de menos a nadie ni suponía una ofensa –hablamos de hace apenas tres décadas largas– España, a los ojos de un niño de entonces, era la figura escueta de un hombre que llamaban hidalgo, labrada en madera oscura, que presidía la biblioteca familiar. Aquel figurín, que en una mano sostenía un libro abierto y en la otra esgrimía una espada oxidada, representaba el espíritu de una cultura capaz de compadecer al débil, enfrentarse al poderoso y defender, aunque sólo fuera en el plano retórico, los heroicos principios de la orden de caballería andante. ¿Queda algo de aquel lejano país tras la neblina del tiempo? 

Quien nos dejó fue Cervantes. Los personajes que creó todavía andan vivos por un país que finge ser diferente, pero que es similar a aquel en el que ambos buscaban aventuras

Es un secreto escondido a la luz del día, pero lo cierto es que quien nos dejó, en el año del Señor de 1615, fue Cervantes. Los dos personajes que creó todavía andan vivos por un país que finge ser diferente, pero que a nosotros nos resulta extraordinariamente similar a aquel en el que ambos salieron en busca de aventuras. Desde el ensayo Vida de don Quijote y Sancho de Unamuno ha hecho fortuna la interpretación de que el hidalgo representa los valores tradicionales de un imperio en proceso de hundimiento, incapaz de adaptarse a los tiempos. La cantinela se repite cada vez que nos encontramos en una crisis nacional. Sucedió en 1898. Y pasa también ahora, aunque sin colonias de ultramar. 

Desde Vida de don Quijote, de Unamuno, hizo fortuna la idea de que el hidalgo representa los valores tradicionales de un imperio incapaz de adaptarse a los tiempos

La España cervantina, sin embargo, no es histórica, sino una creación fabulosa. Tan ficticia como perdurable: es un reino mal avenido donde los intereses patrimoniales de sus reyezuelos y gobernantes se colocan por encima de los asuntos generales. Un país encantado donde nada es lo que parece: ni las ovejas son ovejas, ni los molinos de viento, molinos. Don Quijote busca su destino en este espacio yermo donde el famoso Siglo de Oro no aparece ni de costado. Sobrevivir en la España de los felipes (segundo y tercero; ahora reina el sexto de la lista) suponía un esfuerzo sobrehumano.

Con razón don Quijote llama a su tiempo “centuria de hierro”. Todo eran conflictos, epidemias y enfrentamientos. Y, sin embargo, en mitad de aquel infierno algunos escritores fueron capaces de crear obras literarias de primer orden, como si el talento necesitara purgar su brillo en un pozo negro antes de ver el día. Europa construyó la leyenda negra española al mismo tiempo que las grandes cortes quedaban maravilladas con el ingenio cervantino, el teatro de Lope de Vega, la moda que venía del Sur y el francés se llenaba de hispanismos que aún perduran. España era una potencia con los pies de barro. 

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Viñeta de Don Quijote grabada en cobre en una edición de la novela impresa en Francia en 1618

Don Quijote, en su defensa del ideal caballeresco, postula una forma de estar en el mundo que no es tanto tradicional como universal. Irónica y tremendamente compasiva con el semejante. El veterano soldado de Lepanto, en su edad crepuscular, con el pie casi en el estribo, piensa que se puede vivir –y hasta librar una guerra– sin tener que perder la nobleza de condición, al contrario de lo que ya empezaba a verse en aquellos tiempos infames en los que la vulgarización afectaba incluso al acto postrero de irse al otro mundo. Joseph Pérez, ilustre cervantista, tiene escrito que la decadencia de una nación no es una situación objetiva, sino un fenómeno psicológico. La España de Cervantes vive el éxodo popular del campo a las ciudades y se llena de desocupados. Los campos se abandonan y los artesanos se arruinan. Y, sin embargo, Castilla sostuvo medio siglo más guerras en media Europa, contra el Turco y colonizó América. El precio de semejante alarde fue un inmenso sufrimiento humano: pestes, lisiados de guerra y braceros empobrecidos por la crisis monetaria del famoso vellón de cobre. 

Don Quijote, en su defensa del ideal caballeresco, postula una forma de estar en el mundo que no es tanto tradicional como universal. Irónica y compasiva con el semejante

Coincidiendo con la publicación de la Primera Parte de El Quijote el reino sufrirá una invasión de monedas falsas, acuñadas en Francia y Alemania, que hundieron la economía real. Martín González de Cellórigo, letrado de la Real Chancillería y del Santo Oficio de la ciudad de Valladolid, escribe en 1593 un memorial dedicado a Felipe III donde describe así el estado del país: “Las rentas reales están caídas, los vasallos perdidos y la república consumida”. De nuevo el fantasma de la decadencia, que acompaña a Cervantes a lo largo de su vida y, extinguida su persona, se agarra también a sus dos personajes. 

Igual que ahora, el hundimiento de España es visible por la caída demográfica y la injusticia del sistema tributario. Las causas de la decadencia no son circunstanciales, sino culturales: “En estos reinos se ha introducido el abuso y la depravada costumbre de que el no vivir de rentas no es trato de nobles, no es tenido por honrado ni principal sino el que sigue la holgura y el paseo, a que todos aspiran por ser estimados y más respetados del vulgo”. Endeudada en exceso y llena de listos cuya única industria era la dependencia social. Así era aquella España. “Cellórigo” –puntualiza Joseph Pérez– “es contemporáneo del sevillano Mateo Alemán”. No parece casualidad, sino una cruel carcajada del destino. 

Joseph Pérez

El hispanista Joseph Pérez, experto en la obra de Cervantes / CG

Causa espanto ver las cruentas analogías entre la España de entonces y la actual, ambas patrias cervantinas, aunque sea en grado dispar. Hasta superada la mitad del siglo XVI –léase hasta 2008 en nuestro siglo– todo parecía ir bien en la economía. El cambio de ciclo sobrevino en 1556, cuando Felipe II consolida la ingente deuda regia a través de pagarés jurados que los prestamistas sacaron en horas veinticuatro al mercado, igual que las hipotecas subprime. Con una expectativa de retorno de la inversión del 7%, los títulos de la deuda real provocan una orgía especulativa que apalanca –como diría un economista de nuestros días– el capital circulante, que abandona la economía productiva para trasladarse a la especulativa. El resultado es la famosa nación de rentistas. Un ideal social que aún pervive.

Causa espanto ver las analogías entre la España de entonces y la actual, ambas patrias cervantinas, aunque sea en grado dispar

En aquella España los holgazanes medraban y los braceros se morían de hambre. La picaresca cercaba Castilla y el bandolerismo se disputaba Cataluña. Cervantes presenta en la Segunda Parte del Quijote al ladrón Roque Guinart como un valeroso héroe popular y fija el mito de la cofradía de delincuentes en la Sevilla de Rinconete y Cortadillo. La lectura del primero es positiva; la de los segundos, negativa. Habría que preguntarse las razones, ya que los delitos de los primeros son sangrientos, al contrario que los hurtos de ingenio de los segundos. Joseph Pérez esboza una hipótesis: “Cataluña aún no era la comarca mercantil e industriosa que será en la segunda mitad del siglo XVIII; es una tierra áspera y dura, mientras Castilla sufre las consecuencias sociales y morales de un desarrollo económico que está pasando por una crisis”. Igual que ahora. Cervantes murió hace algo más de cuatro siglos. La España quijotesca sigue viva. Y no es ninguna patria ideal. Es nuestro particular fracaso.