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Pánico y sedición: del 68 a la DUI

Pánico y sedición: del 68 a la DUI

El miedo al futuro es uno de los detonantes de los movimientos violentos

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En la quinta avenida del sordo, Goya pintó directamente en la pared de su hogar un óleo que tituló Duelo a garrotazos. En la obra se muestran dos hombres batiéndose a trancazo limpio. A uno de ellos se le aprecian sus duras facciones: barbado, cejijunto y con la sangre chorreando por el sayo. El otro individuo, de perfil, oculta su rostro con el brazo justo en el momento de lanzar el golpe. El descalabro está garantizado.

No existe mejor denuncia de la violencia sin sentido que la que hace Goya, aquella que brotaba de una sociedad iletrada y engañada como la del siglo XIX. Pero... ¿qué empuja a la sociedad tanto a la sedición como a la violencia? ¿Existe un instinto combativo en el hombre, como dice K. Lorenz (Viena, 1903 - Altenburg, 1989), o por el contrario son los malos hábitos los que le empujan? El historiador ni es psiquiatra ni es psicólogo para perderse por los laberintos de la mente humana, ni mucho menos etólogo como Lorenz, pero si puede aportar algo a este debate.

Como demuestra el estudio de los hechos, la mayoría de las sediciones vienen motivadas por el miedo, como una reacción defensiva hacia un peligro real, imaginario o la combinación de ambas cosas. Un ejemplo de ello fue el coreado Mayo del 68. En el movimiento estudiantil que zarandeó a Francia se aprecian dos detonantes, un pánico conjetural y otro menos preciso. El primero no fue otro que el temor a quedarse fuera de las carreras deseadas, debido al creciente número de universitarios. Al aumentar el temor, los estudiantes se echaron a la calle exigiendo la supresión de las pruebas de acceso y de las oposiciones, así como un mayor acercamiento de los docentes. Una inquietud no carente de fundamentos a la que se sumó otro miedo mucho más difuso. Los jóvenes más interesados en el futuro que los adultos (“Queremos el mundo y lo queremos ya”, que diría el cantante de The Doors) temían que la civilización se equivocase de camino, que la ciudad se volviese inhabitable, que el exceso de tecnocracia y organización fuese una venda de opresión. A la intranquilidad por el futuro se añadía un miedo global, una anticipación catastrófica que hacía reaccionar hasta a los individuos menos politizados.

El mismo miedo reapareció en el 15M. Indignación, sí claro, por los casos de corrupción, los mismos que se produjeron en gobiernos anteriores y nadie alzó la voz, por los desahucios, por la usura de los bancos a los cuales acudieron en tiempos de vacas gordas como carne de matadero. El principal motivo fue de nuevo un repunte de terror ante un futuro desalentador, constituyendo por tanto la repetición de un comportamiento de multitud. Como denominadores comunes estaba la violencia, la furia tumultuaria, la proliferación de lo imaginario, el estallido repentino que a todos cogen por sorpresa, el agotamiento tras una corta epopeya y por último, la mitificación del movimiento en la memoria colectiva. La inseguridad económica sólo actuaba como bomba de extracción de eso temores, ocultos bajo el subsuelo, escondidos tras diversas máscaras, una de ellas el milenarismo.

Mesías electorales

Sí, el milenarismo llegó, como advertía Fernando Arrabal. Esa tensa espera del mesías de pelo largo culminó en Francia con la llegada de Daniel (Cohn-Bendit), en España con la de Pablo y concretamente en Cataluña, con la de Carles. Como todo salvador, prometieron una comunidad feliz en una tierra sin mal, sin mentiras, sin robos, una tierra sin Europa, sin España en nuestro caso. Un salvador que a todos compensa en principio, hasta a los que puedan parecer estar en su contra, porque canaliza las tensiones de la población mediante el voto. La calle se recoge, más tarde quizás salgan, cuando el mesías se vuelva rebelde presa de ese miedo y pastoree a sus corderos a su antojo, propagándoles aún más su temor, como cáncer convertido en metástasis. Sí, también los redentores tienen miedo. Lutero del demonio (veía al leviatán en cualquiera), Hitler de los judíos y Puigdemont del resto España.