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'Homenot' Almagro 2019. Adriana Ozores y el teatro /FARRUQO

Ozores, susurros y voces en el Corral de Comedias

El verano nos devuelve al Festival de Teatro Clásico de Almagro, al barroco y al Corral de Comedias del Campo de Calatrava, donde se homenajeará a la actriz Adriana Ozores

05.07.2019 00:00 h.
12 min

Hace pocas horas, en el pistoletazo de salida del Festival de Almagro, Adriana Ozores ha recibido el premio Corral de Comedias, un doblón de navegante que no precisa de adjetivos. Hace unos años encarnó a Cayetana de Alba en La duquesa, un telefilme aparentemente menor. Y ahí está la gracia de la Ozores: a ella no le duelen prendas los compromisos alimenticios porque, cuando hace un Tirso de Molina, por ejemplo, lo clava con esplendor, como lo que es, una gran dama de la escena. En su momento fue posicionada con esfuerzo y tablas de la mano de Adolfo Marsillach, el renovador del teatro del Siglo de Oro. Y que quede claro para siempre: después de Marsillach nunca más ha habido motivo para sentirse como Rosencrantz frente a Hamlet: “Somos poco país para vuestro ánimo, príncipe”.

No somos poco; somos muchísimo mientras tengamos a mano cada verano festivales como el de Almagro, pulsión profunda del barroco y vínculo con el mundo entero, especialmente en la edición de este año, la 42, dedicada a México, la cuna de una de las más grandes escritoras del castellano: sor Juana Inés de la Cruz. La monja novohispana del seiscientos, recluida en el Convento de San Jerónimo (México), regaló al mundo letra, poesía, música y gastronomía

En las grandes culturas, el individuo se salva (pensaba Emile, el personaje de Rousseau). Una de estas grandes culturas afloró en piezas traducidas, como El misántropo (Moliere) o vernáculas, como El médico de su honra (Calderón), en el Teatro de Comedia de Madrid. Allí, en los años ochenta y noventa, Ozores encontró a su troupe, los Emilio Gutiérrez Caba, Josep Maria Pou o Carlos Hipólito.

Aquello fue la Academia y lo de hoy es la medalla. Lo bueno de Almagro es la permanencia. Los premios se conceden por el valor de una trayectoria “a los que dejan huella”, en palabras de Ignacio García, director del Festival. García abunda así: “Adriana es un ejemplo de cómo una interpretación, absolutamente contemporánea, cuidada y delicadísima, respeta una tradición, la del verso español del Siglo de Oro; una escuela ancestral sobre cómo decir bien el verso y cómo utilizar la palabra de los grandes poetas como una herramienta infalible de transmisión de emociones y de comunicación”. Casi nada. 

Ozores arrancó en 1982, bajo la dirección de Ángel Fernández Montesinos, con la comedia francesa de enredos La señora presidenta. Pero poco después bebió en las mieles del rigor amargo. Fue Isabel en El alcalde de Zalamea y Melibea en La Celestina. Accedió a estos papeles a base de pruebas de las que te cortan el aliento. Lo hizo muerta de miedo y salió airosa, convencida de que su sitio estaba allí. Y allí estuvo hasta 1995. Después voló por platós y exteriores, llevando dentro el veneno del clásico, como le ha ocurrido a Kenneth Branagh, el Hamlet de Picadilly Circus, cuyo éxito en el cine tuvo que esperar hasta la última versión de Asesinato en el Orient Exprés, luciendo el monumental bigote del detective belga de Agatha Christie

Adriana Ozores debió haber intuido el premio antes de conocer la noticia. Los clásicos españoles hibernaron en su recuerdo, mientras repartía su oficio en montajes de nueva planta, en el cine y la televisión. Pero cuesta poco bajar del guindo (no digo caer), cuando el teatro de la Comedia y Almagro te traen volando al oído los versos de Calderón o Fernando de Rojas, tal como ella los trabajó, con directores como Alonso de SantosGerardo Malla o Pilar MiróAunque sea con dulzura, la memoria es la madre del dolor; y algunas veces también lo es de su contrario, el placer. En el galardón de Almagro, a Ozores la preceden los mejores: actores como Sacristán, Gómez, Concha Velasco, Nuria Espert, Julia Gutiérrez Caba o Michel Piccoli, José María Flotats y Vanesa Redgrave. O directores escénicos, como Nieva, Plaza, Miguel Narros o Declan Donella y Nic Ormerod, fundadores de la compañía Cheek by Jowl; y grupos indiscutibles, como la Royal Shakespeare Company; la Comèdie Française o el Teatre Lluire

En el Campo de Calatrava, tierra de encajes y de blondas, el teatro de texto se sirve frío en los soportales. Casi siempre hay algún remolinillo de viento rondando tejados, bajo las gárgolas de los aleros, que desaguan en noches de tormenta. Allí, en los palcos desmayados sobre el espacio escénico, se disfruta como antes, cuando se hacía junto a nobles, reyes y prelados, a partir de variantes nacidas en la tragedia, el drama y la comedia. Ver en Almagro a Pedro Crespo, aquel alcalde labrador, es sentir la plenitud del don de la escena, como lo sienten los visitantes del Mes Moliere (el pasado junio), en Versalles, o del Festival de Aviñón.

En Almagro se disfruta el Municipal, una bombonera situada en un edificio neoclásico de finales del siglo XIX donde el público llena los interiores de un teatro a la italiana, con la vista puesta en un tiempo que integró muchos elementos de la Comedia del Arte. La pureza es el Corral, el proscenio en sí mismo, un espacio flanqueado de columnas sobre pie, que fue descubierto en el medio siglo pasado, sin apenas advertir el hallazgo, gracias a los Entremeses de Cervantes.

La experiencia aurea se capta en la Universidad Renacentista, situada en el monasterio de la Orden de Calatrava, inaugurado por Fernández de Córdoba y Mendoza; no hay que perderse el Patio de Fúcares, un palazzo muestra de la pujanza económica de Carlos V. La colección arqueología del barroco almagreño rehabilitado se completa en el Hospital de San Juan de Dios, donde se enclava el teatro de la CNTC (Compañía Nacional de Teatro Clásico) en honor de Marsillach, que lo inauguró en 1993, con Funteovejuna, aquella conjura de todo un pueblo contra el comendador de Calatrava, Pérez de Guzman, obra de Lope sobre un relato original del capellán de Felipe II, Sebastián de Covarrubias.

En todos estos lugares se hace visible la irrealidad naturalista de los clásicos, porque ellos no reproducen la vida, la inventan. En nuestros días, cuando la vida misma se ha revelado irreal, haber creado nuestros sentimientos, hace 400 años, fue ir demasiado lejos. Sea como sea, estamos en condiciones de afirmar que la invención de lo humano, en nuestra latitud, es una obra emprendida por los clásicos españoles del Renacimiento ¿Podríamos concebirnos a nosotros mismos sin la herencia de Calderón?

A riesgo de parecer infantilmente ritual, la pregunta podría formularse así: el carácter español, en caso de que tal cosa exista, ¿sería posible de entender sin el Segismundo de La vida es sueño, como arquetipo? Sobre las tablas no es suficiente con expresar un papel de forma vigorosa; es necesario representar algo más profundo que la realidad; aplicar un ingenio de récord, a condición de que sea simplemente veraz. Si Cleopatra es una señora ligera de edad mediana y Marco Antonio un aspirante a gran guerrero sin batallas reales en su haber, su relación carece de épica; es el espejo en el que nos miramos. Ellos no existen; somos usted y yo, ahogados en sentimientos no heroicos. El teatro clásico conduce a la tierra baldía, no hay catarsis que valga. Te hace mejor, pero su ayuda no es gratuita.

Ozores vivió esta realidad radical en Don Gil de las calzas verdes, la doncella disfrazada de varón, la comedia de enredos de Tirso de Molina propia de la etapa en que el dramaturgo se entregó al bando de la comedia nueva, la corriente creada por Lope. Eso sin duda la marcó para siempre. Después le sobró madera para acercarse a una filmografía de más de cuarenta películas, con títulos potentes, como ¿De qué se ríen las mujeres?, de Joaquín Oristrell; El pájaro de la felicidad, de Pilar Miró; La hora de los valientes, de Antonio Mercero; o Heroína, de Gerardo Herrero. En televisión han destacado sus personajes en series de ficción, como Gran Hotel, Manolito Gafotas, Velvet Collection o Periodistas. Y, en los últimos años, se la ha podido ver en distintos papeles protagonistas en montajes como Sexos, Attchussss o La cantante calva. 

Dicen que entre las tablas y el celuloide hay un camino de ida y vuelta. Es como viajar del gesto a la palabra, dos cosas simétricas y más cercanas de lo que parece. Pero la letra llena el mundo. Cuando te han susurrado al oído un soneto de Quevedo, entiendes que cuando “un poeta ama / se enamora un dios desasosegado...”, escribió en Epílogo Boris Pasternak, a modo de leyenda, quizá para explicarnos el porqué de su Doctor Zhivago. La voz puede más que la mirada.

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