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Karl Ove Knausgard

'Ove is in the air'

Carlos Robles explica sus sensaciones durante la reciente actuación de Karl Ove Kmausgárd en el festival Kosmópolis del barcelonés CCCB

6 min

El caso es que el escritor Karl Ove Knausgård --o como prefiere pronunciar mi hija atendiendo a la foto de vikingo hipersensible que gasta en sus portadas: Kar LOVE-- se viene a Barcelona para perpetrar uno de esos saraos que organiza el festival Kosmópolis en el CCCB. Se me ocurre que acudir a la cita --algo así como el Primavera Sound de los letraheridos-- es absolutamente necesario para discernir si el éxito que ha cosechado el noruego se debe a las bondades de su prosa o a su innegable carisma fotogénico. 

Las hordas de lectores premium hace rato que andan enfrascadas en una guerra sin cuartel; se dividen en dos facciones milimétricamente exactas e irreconciliables: una lo considera como el nuevo Proust de la vida posmoderna; la otra asegura que es el escritor más sobrevalorado del siglo XXI,  hype total, que si no fuera por su pelazo --bella melena cana de león escandinavo--, otro gallo editorial le cantaría. Si hay algo que nos pirra a la comunidad literaria es encumbrar rápidamente un autor para después poder denostarlo con más saña. Como en la fábula de Monterroso pero al revés. Si allí las ovejas blancas gustan de fusilar a las negras para que una vez muertitas se puedan mitificar, a nosotros nos gusta construir la estatua ecuestre del último fenómeno editorial con nuestras propias manos para después disfrutar con su rauda demolición. 

Por la parte que me toca me he leído los tres primeros tochitos y mi impresión ha ido evolucionando desde la boca abierta del fervor primigenio hasta la del bostezo irremediable. Pero eso no quiere decir nada. Él mismo confiesa que desde el tercer libro ya no reescribe y casi ni edita, que su modus operandi es un tirar palante salvaje que consigue llevar el género hasta extremos que pueden resultar irritantes. Bostezo con gusto no aburre. Se me ocurre que lo suyo es la versión análoga a lo que Andrés Calamaro hizo con su disco El Salmón, obras más allá de su disciplina, intentos a un tiempo fallidos y exitosos.

Me llevo al asunto a mi amigo J., que también es escritor y lector de Knausgård --ahora se me ocurre que el pequeño anillo sobre la “å” parece augurar su canonización como santo laico--. La KarLoveExperience no defrauda. Es sabido que a los homínidos nos gusta más una cola numerosa que a Twitter una linchamiento viral, así que mientras guardamos obedientemente la vez, alguien comenta que las entradas están a punto de agotarse. "Mientras nosotros tenemos que sobornar a nuestros colegas con cerveza posterior para que acudan a nuestras presentaciones, este tipo cobra entrada por soltarnos su rollo, espero que lo tenga muy en cuenta", me suelta J. impertérrito. Una parte de mí secretamente conspira para que el Sold Out suceda y podamos pasar a la famosa cerveza posterior directamente. 

Celebrada pausa para fumar

Pero no, ya bajamos por la rampa de entrada al garaje ultramoderno donde se celebra el evento y el presentador asegura que el bueno de Karl firmará libros al final, después de una rocanrolera pausa para fumar. El respetable ronronea de placer. La fauna parece sacada de una de sus novelas: hay un joven padre acunando un bebé tan silencioso que parece de atrezzo, groupies de ambos sexos e intelectuales varias; buena parte del star system literario barcelonés ocupa las primeras filas: los Anagrama kids con el comandante Herralde a la cabeza, los jóvenes editores de l’Altra, su editorial en catalán y Kiko Amat y Jordi Nopca y Laura Fernández y Villatoro. J. Me dice que pare, que parezco una madame Verdurin cualquiera. 

Knausgård va vestido de Knausgård: las botas prescriptivas, la americana oscura perfecta y la apostura de la celebrity en la que se ha convertido. De repente una chica se acerca al escenario y se arrodilla para sacarle una foto. Los flashes se suceden. A lo largo de la conversación Karl parece estar de un humor excelente y dice cosas sensatas e interesantes. Cuando termina la intervención, antes de las preguntas, salimos raudos hacia el bar y J. dice que es el Kris Kristofferson de las letras, respuestas sencillas para un hombre sencillo y que cada vez habla más de escritura y menos de literatura. Yo, mientras degusto el primer trago de mi copa, pienso que tal vez ahí radique el éxito de su fórmula secreta.