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La caricatura 'La buena prensa' (1847) muestra a los periodistas conducidos por una alegoría de la censura

La oclusión de la mente occidental

Una “masa de acoso”, según la expresión de Canetti, dicta sentencias por encima del Estado de derecho y condena al ostracismo a todo aquel que no comulgue ciegamente con una determinada causa

18.10.2018 00:00 h.
10 min

Hay ya síntomas claros y alarmantes de que Occidente está organizando un sistema de censura originado en Estados Unidos y que en Europa parecemos dispuestos a aceptar sin demasiada resistencia. Hace poco, Ian Buruma se ha visto obligado a dimitir como director de The New York Review of Books, tras apenas un año en el cargo, por haber publicado un artículo de Jian Ghomeshi, un locutor canadiense caído en deshonra después de haber sido acusado por veinticuatro mujeres de abuso sexual y maltrato físico y verbal. Acusado de cinco delitos, Ghomeshi fue absuelto de cuatro de ellos, siendo el quinto retirado tras negociar con la denunciante.

Al enterarse del caso,  Buruma consideró que sería interesante conocer de primera mano la experiencia de un hombre que había sido acusado, juzgado, luego absuelto pero de todas formas condenado a una pena social. El artículo se publicó en un número de la revista titulado The Fall of Men (“La caída de los hombres”) y en el que había otras piezas que también hablaban de la conducta masculina. 

Tras el escándalo provocado por la publicación del relato de Ghomeshi, Buruma fue sometido a un interrogatorio por la revista digital Slate en el que defendió su decisión, explicando que le había parecido oportuno dejar que alguien exonerado por la justicia pero condenado por la sociedad ofreciera su punto de vista. Las explicaciones no convencieron y Buruma tuvo que dimitir, presionado por las editoriales universitarias que financian la revista y también por los ataques masivos de la red.

Ian Buruma

Ian Buruma, exdirector de The New York Review of Books

Otro caso reciente ha sido el de The New Yorker y Steve Bannon. David Remnick, el director de la revista, había invitado en un principio al que había sido estratega de Trump a un ciclo de conferencias programadas para este otoño, pero las protestas contra la iniciativa convencieron a Remnick de que era mejor retirar la invitación. En cambio, Zanny Minton Beddoes, la editora de The Economist, terminó por entrevistar a Bannon en otro festival, desoyendo las críticas. La conversación tuvo lugar el pasado 15 de septiembre y puede verse en la red.

A principios de este año, la editorial Gallimard anunciaba que suspendía la programada edición anotada de Bagattelles pour un masacre, el panfleto antisemita de Louis-Ferdinand Céline. El editor, Antoine Gallimard, se hizo eco de las protestas y justificó su decisión diciendo que “en nombre de mi libertad de editor y de mi sensibilidad con mi época, suspendo este proyecto, al juzgar que las condiciones metodológicas y memoriales no se dan para contemplarlo de manera serena.”

Estos tres casos ilustran una dinámica que amenaza con devenir hegemónica. Nadie discute, por supuesto, la necesidad de denunciar y juzgar a presuntos maltratadores, de combatir el discurso de los portavoces del populismo o de condenar el antisemitismo de un clásico de las letras francesas, pero empieza a ser peligrosa la tendencia a desautorizar el criterio editorial en aras de una justicia digital paralela y desbocada.

A Ian Buruma se le ha acusado de no haber mostrado “empatía” con las víctimas de Ghomeshi, exigiéndole una efusión sentimental que no tiene por qué exhibir y que no debería dominar el juicio de ningún editor serio. Antoine Gallimard, en cambio, ha aducido sensibilidad con su época para privar al lector de la primera edición rigurosa de un documento histórico, obra del mejor novelista francés después de Proust y cuyo contenido execrable todo el mundo conoce de oídas pero nadie ha leído en un texto debidamente fijado, anotado e interpretado desde el final de la segunda guerra mundial. 

Portada de The New York Review of BooksTan importante como la libertad de expresión es la libertad de juicio. Hasta ahora, el oficio de la edición más exigente se basaba en el ejercicio de una autoridad intelectual que seleccionaba, disponía y publicaba textos de índole diversa y aun opuesta, configurando así un constelación bibliográfica que era el reflejo de la sociedad a la que servía, arriesgando y tratando de ofrecer una visión amplia y compleja del mundo. Ahora, esa autoridad racional e individual está siendo puesta en cuestión, desplazada por una “masa de acoso” --la expresión es de Canetti-- que dicta sentencias por encima del estado de derecho y pretende condenar al ostracismo a todo aquel que no comulgue ciegamente con una determinada causa.

¿De verdad estamos aceptando con normalidad que un editor de una revista como The New York Review of Books, fundada en 1963 por escritores y editores para fomentar el debate crítico, tenga que dejar su puesto por haber publicado un artículo, susceptible, por lo demás, de ser contestado en esa misma publicación? ¿De qué sirve que el New Yorker se inhiba de discutir con quien está propagando su toxicidad demagógica por medio mundo y gracias a la red que ha encumbrado a Trump?

Zanny Minton, la editora de The Economist, justificó su decisión de entrevistar a Bannon precisamente por la necesidad elemental de desafiar unas ideas opuestas a las que defiende su periódico. ¿Y estamos los europeos despertando hoy, inocentes, de la pesadilla del siglo XX? ¿De verdad no puede Francia asumir la edición de un texto que por otra parte se leerá, si se quiere, igualmente en internet, consagrado por el malditismo de su autor y mitificado por una censura contraproducente? ¿Cuál será el siguiente paso? ¿Expurgar la obra de autores incómodos, es decir, de casi todos los grandes?

Nuestra sociedad está recuperando, de forma inconsciente y en nombre de la venganza, las tensiones entre lo sagrado y lo profano, precisamente la forma de dominio que empezó a impugnarse con la invención de la imprenta y la paulatina emancipación intelectual del dogma religioso. El miedo frente a una censura anónima y ubicua, capaz de destruir reputaciones, desterrar sine die a profesionales de su trabajo, difamar y castigar, se parece mucho al terror que ejercía la Iglesia en nombre de Dios. Si empezamos a obedecer irreflexivamente a esos dictados, estamos perdidos. ¿Hasta cuándo debe durar el castigo de un hombre absuelto por la justicia pero expulsado por la sociedad? ¿Y quién define la naturaleza de su culpa? ¿Tiene derecho a la reinserción? Hacerse hoy en día estas preguntas puede ser una blasfemia

Allan Bloom

Allan Bloom, autor de The Closing of American Mind

No es fácil detectar el origen de este estado de las cosas, pero el hecho de que hayan sido las editoriales universitarias las que han presionado para provocar la dimisión de Buruma parece darle la razón al profesor Allan Bloom, que en 1987 publicó un ensayo muy polémico y muy vendido, titulado The Closing of American Mind (“La oclusión de la mente americana”) en el que ya denunciaba que la degradación de la educación universitaria y el olvido de los grandes libros de Occidente --Bloom era especialista en filosofía griega-- estaban fomentando en Estados Unidos un relativismo deletéreo, menoscabando la capacidad crítica de los estudiantes y eliminando el punto de vista.

Es difícil estar de acuerdo con todo lo que decía Bloom en aquel libro, pero lo cierto es que muchos de sus temores se han cumplido con creces y ya estamos viviendo en una sociedad que, si bien por una parte ha conquistado más libertades y cuenta con nuevas herramientas para denunciar delitos y atropellos que antes quedaban impunes, por otra se está volviendo más cerrada y despótica, aprendiendo a maldecir pero negándose a contemplar el rostro de Calibán en el espejo. 

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