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La obscenidad romana

La obscenidad romana

La imagen de la Roma clásica encuentra su reverso en las prácticas vulgares que muestran los grafitis, las bromas sexuales y los insultos de las clases populares

19.04.2018 00:00 h.
7 min

Los romanos pretendían ser serios. Tan serios y pragmáticos que a veces aburrían. Si celebraban algo era en honor a los dioses, si daban una vuelta, lo hacían bajo un pórtico y si querían leer se iban a las afueras, al cementerio, a entretenerse con las lápidas. En los mármoles se grababa la prensa rosa de la época, leer las inscripciones permitía meter las narices en la vida no tan privada de la sociedad romana​. Y resulta paradójico que para enterarse de lo que ocurría dentro de la metrópolis tuviesen que salirse de ella.

En  el camposanto los difuntos aprovechaban para poner en la picota a los vivos. Aireaban sus vergüenzas o inmortalizaban aquellas palabras que no se atrevieron a decir en vida. Al epílogo lapidario “que la tierra te sea leve”, precedían frases como: “Detente, viajero, y conoce cuál fue mi destino [...] Ahora, adiós y buen viaje”. Paul Veyne recoge algunos ejemplos más en Sexo y poder en Roma (Paidos, 2016). En una lápida, un muerto acusa a su médico de haberle matado. En otra, un padre explica que había desheredado a su hija por indigna. Así eran los romanos, desmentían hasta en su lecho lo que se vilipendiaba en los mentideros de Roma. Lo mismo ocurría con los grafitis.

La Roma de los grandes muros y las esculturas de un blanco marmóreo es en realidad la imagen adulterada por el tiempo. Hoy se sabe que todo aquello estaba pintado, que los muros se enlucían con estuco y se teñían con pigmentos naturales, y que alguno de aquellos “cívicos” romanos agredían el patrimonio urbano. Un ejemplo ello son los grafitis de la domus Gelotiana, antiguo palacio imperial de Calígula. Con un punzón, sobre el yeso de la fachada, alguien grabó un Cristo crucificado con cabeza de mulo. A su izquierda aparece un orante alzando la mano, y a los pies de la cruz reza la siguiente leyenda: “Alexamenos adora a [su] dios”. La imagen sería concebida como un insulto para cualquier cristiano; una acusación en chanza de onolatría (adoración de un asno), algo de tan mal gusto como las pintadas fálicas actuales.

Insultos y falos

Pompeya, quizás por su buena conservación bajo capas y capas de cenizas, se lleva la palma de ciudad con más atributos sexuales​ grafiteados. En el bajo relieve de un gran falo se puede leer: “Aquí vive la felicidad”. En otro, algo más pequeño reza: “Cuando me da la gana, me siento en él”. Sin embargo, lo que parece una frase en clave de humor, podría responder a cierta osadía “prefeminista” contra el culto a Mutunus Tutunus, un dios representado con la forma de un miembro viril. La costumbre consistía en que en la noche de bodas, la recién casada acabase sentándose en la divinidad, para consagrar las primicias de su virginidad.  

Como en la actualidad, con nocturnidad y alevosía, los grafiteros hacían gala de su ingenio para rebelarse, insultar, hacer reír o simplemente, dirigir sus palabras al gran público. Incluso algunos se permitían dar consejos sobre los burdeles de Pompeya: “Harpocras lo hizo aquí estupendamente con Drauca por un denario” o, “Una vulva peluda es mucho mejor que una depilada. Aquella retiene mejor los vahos y tira, al mismo tiempo, de la verga”. También había ofertas: “Soy tuya por dos ases de bronce”; “Félix chupa por un as”; “Esperanza, de complacientes maneras, nueve ases”.

Los desvergonzados grafitis continuaban por las paredes de todo los edificios pompeyanos. En una pensión podemos leer: “Me he meado en la cama. Lo confieso, he cometido un pecado, pero si me preguntas, hospedero, la razón, te diré: no tenía orinal”. Las quejas y los insultos prosiguen: “Oppius: ¡payaso, ladrón, sinvergüenza!”; “Isidoro puteolano, esclavo nacido en casa, cunnilinguamente”; “Cosmo, hijo de Equicia, gran invertido y mamón, es un pierniabierto”. En Roma la actitud pasiva en el sexo, tanto heterosexual como homosexual, estaba tan mal vista que constituía un grave insulto, al igual que el ser cristiano o judío era motivo de mofa. Podemos observarlo en la variante de una pintada clásica: “¡El que lo lee está circuncidado!”.

Moralidad pública

La sociedad romana era bastante exhibicionista. Se tenía por el más religioso​ de los pueblos. Reconocían y veneraban un gran número de divinidades. No podían dejar de mostrarse sensibles al carácter de lo sagrado. Pero cierto es que, en época del emperador Augusto (63 a.C.-14 d.C.), las prácticas religiosas no eran nada más que una mera supervivencia folclórica controlada por los poderes, la moral religiosa apenas existía. El temor al qué dirán era grande.

La gran mayoría de los ciudadanos se guiaban por la responsabilidad cívica, lo políticamente correcto. Las críticas de sus iguales hacían las veces de ley. Así, el refinado Ovidio (43 a.C.-17 d.C.) se vanagloriaba porque su mujer no le engañaba. Y el poeta Horacio (65-8 a.C.) decía no haber sido el mantenido de nadie, y que su difunta esposa no le hubiera engañado ni por todo el dinero del mundo. De este modo, se explican las muestras de rudeza y zafiedad cuando ya no estaban en cuerpo y alma presentes. Pintadas e inscripciones funerarias eran los síntomas de una relación sumisa con la censura de la opinión pública.

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